Maye
—¿Qué sueles hacer en estas fiestas?
—¿Buscando inspiración?
—Tal vez quiero saber con quién estoy tratando —murmuro.
Se reclina, echando los hombros hacia atrás.
—Lo que pasa en estas fiestas no sale de ellas.
—Estamos en una fiesta de la Sala Dorada —digo—. Así que hablar de experiencias pasadas no rompería esa regla.
Su labio se curva, reconociendo el vacío legal.
—Sabes… llevo intentando decidir si entraste aquí por tu inteligencia o por tu belleza, y es jodidamente difícil escoger.
—¿Tiene que ser una u otra?
Hace un gesto amplio hacia la fiesta.
—La mayoría paga una membresía, más los hombres que las mujeres, después de ser aprobados por el comité de selección. Pero siempre hay algunas mujeres que no pagan y reciben la membresía solo por su apariencia.
—Eso suena sexista.
Él ríe, y la mano detrás de mí roza la piel desnuda de mi hombro.
—Así que no eres una de esas mujeres. Aunque podrías serlo.
Lo miro con el ceño fruncido, lo cual solo hace que sonría más.
—¿Entonces soy de las mujeres que podrían beneficiarse de un vacío legal que, de por sí, es bastante sexista?
—Nunca dije que mis halagos fueran políticamente correctos.
—No, no lo dijiste.
Ignorando los nervios que regresan, me quito los tacones y recojo las piernas sobre el sofá. Sus dedos no se apartan de mi hombro.
—Te vi hablar con una mujer antes. ¿Se te acercaron?
—Varias personas —reconoce—. Pero tú ya me habías sonreído desde el otro lado de la sala. Les dije que me habían llamado.
Los nervios suben otro nivel.
—Oh. ¿Fui tan intrigante?
—Nunca te había visto aquí.
Pongo mi voz juguetona.
—Y viste a alguien que parecía necesitar orientación. Qué amable de tu parte.
—Soy un santo.
—Te dije que me gusta esto del anonimato —digo—. Y sí. La idea de no tener ni idea de qué hace la otra persona durante el día. Tal vez pasaste todo el día trabajando como cirujano en un hospital infantil.
Levanta una ceja.
—No fui honesto cuando dije que era un santo.
—Entonces quizá pasaste todo el día huyendo del Departamento de Policía de Nueva York, porque eres el jefe de una red de crimen organizado.
Me giro hacia él en el sofá y él responde igual; su mano libre cae sobre mi muslo. El toque es casual, pero el acelerón de mi corazón no lo es.
—¿Crees que voy a hacerte una oferta que no puedas rechazar?
—Puedes intentarlo. Pero es emocionante no saberlo, ¿no crees?
—Lo es. ¿Tengo a mi lado a una princesa europea? ¿A una joven actriz de Hollywood? ¿A una cirujana de hospital infantil?
—Nunca lo sabremos.
—Un misterio completo —asiente.
—Me gusta. Aunque sí se siente extraño no tener un nombre para llamarte, o siquiera para referirme a ti en mi cabeza.
Sus ojos brillan con una diversión ardiente.
—Hay un montón de cosas que puedes llamarme.
Me acerco un poco, apoyándome en el respaldo del sofá.
—Sabes… viniste a hablar conmigo. Aunque no podías.
Levanta una ceja.
—Vine. Pero esperé a que tú hablaras primero.
Su voz se vuelve más profunda; es el tipo de voz que uno debería oír en una pantalla gigante, narrando una película, leyéndome mi audiolibro favorito. Se desliza por mi piel como una caricia oscura.
—A pesar de todas las mujeres que se te acercaron. A pesar de la… fascinante presentación que está ocurriendo.
Su mano sube un centímetro en mi muslo, el único punto donde nos tocamos. El pulgar roza el dobladillo de mi vestido n***o.
—¿Hay una pregunta en todo esto?
—No estoy segura de estar lista para hacerla.
—Estoy perfectamente cómodo donde estoy —murmura—. Así que no hace falta que me preguntes nada.
—Podría reformularla. Para que sea hipotética.
Sus labios se curvan otra vez.
—¿Hipotética? Claro.
—Considerando que te acercaste a mí, y considerando lo que sueles hacer en estas fiestas, yo…
—Lo que tú crees que suelo hacer en estas fiestas —interrumpe—. Tengo la impresión de que gran parte es conjetura.
—¿Me estás diciendo que no participas?
Su sonrisa se vuelve lobuna, una ceja alzada.
—Participo.
Un deseo mareante, mezclado con nervios, me recorre el estómago. ¿Cómo se sentiría su mano más arriba en mi pierna? ¿Sus labios sobre los míos?
¿Soy lo bastante valiente para esto?
—Por supuesto que sí —digo—. Probablemente te buscan mucho.
Se pasa una mano por el cabello corto y oscuro, espeso entre los dedos.
—Rara vez las mujeres me halagan.
—¿Te gusta?
Sacudiendo la cabeza, como incrédulo, toma mi copa de champán y se la lleva a los labios. Hay diversión en sus ojos mientras da un largo sorbo.
—¿Robándome mi bebida?
—Creo que la necesito más que tú.
—¿Soy tan difícil?
—No —dice, y su pulgar dibuja un círculo sobre mi rodilla—. Y sí. Esta conversación no se parece en nada a las que he tenido antes en la Sala Dorada.
—Oh.
Entrecierro los ojos. ¿Entonces todas son discusiones sobre sexo? Aunque supongo que eso mismo estamos haciendo, solo que no de forma tan directa.
—Puedo ver que estás pensando otra vez —dice—. Correctita.
Frunzo el ceño.
—Esa no puede ser la forma en que vas a llamarme.
—¿Ah, no? ¿Cómo quieres que te llame?
Al ver mi expresión, suelta esa risa oscura otra vez.
—Entonces te sorprenderé.
Me aclaro la garganta.
—Aún no te he hecho mi pregunta hipotética.
—Te preguntabas si quería acostarme contigo —dice—. Y la respuesta es sí.
Se me seca la garganta, pero no aparto la mirada de la suya, firme sobre mí.
—Oh. Bien. Vale.
—Te vi al otro lado de la sala, la forma en que me sonreíste, y supe que te quería debajo de mí.
Me humedezco los labios.
—¿Esto se parece más a cómo suelen ir tus conversaciones con las mujeres aquí?
Niega con la cabeza.
—No. Son mucho más clínicas.
—Bueno, supongo que rara vez tienes que seducir a alguien aquí —murmuro, todavía aturdida por sus palabras.
Su mano sube y se acomoda alrededor de la curva externa de mi muslo.
—Lo estoy encontrando agradable.
—Entonces eso es lo que estamos haciendo. —Paso un dedo por el borde de mi copa, y sus ojos siguen el movimiento—. Seduciéndonos.
—¿No es toda conversación una forma de seducción?
—Definitivamente un jefe mafioso —susurro.
Su risa sorprendida me calienta la piel.
—Puedes pensar lo que quieras de mí.
Apoyo una mano en su pecho ancho y la dejo allí, los dedos planos sobre la fuerza bajo su camisa. Es más tangiblemente masculino que los hombres con los que suelo tratar, como si lo hubieran forjado y endurecido en acero. Si así son los hombres de treinta y tantos, me he estado perdiendo de algo. ¿O será solo el tipo de hombres que frecuentan lugares como la Sala Dorada?
—No sé si soy lo bastante atrevida para esto —admito.
Su sonrisa es tranquilizadora.
—Tendremos que intentarlo y ver. Otra regla de la Sala Dorada es que no hay expectativas.
Deslizo la mano hasta su cuello, pasando con cautela los dedos por la barba áspera que cubre su mandíbula cuadrada, esa sombra de las cinco.
—Hay cosas que podemos probar desde la comodidad de este sofá.
—Estoy de acuerdo. Pero primero quitémonos esto…
Alza la mano lentamente, dándome tiempo de oponerme. No lo hago; me quedo quieta mientras desata la máscara y la retira de mi rostro.
—Así —murmura—. Mucho mejor.
Nos quedamos suspendidos, casi rozándonos, mientras la dulce sensación de cercanía me invade. Mis ojos se cierran cuando él cruza la distancia y presiona sus labios contra los míos. El beso es hábil y cálido, y mi cuerpo reacciona como una flor al sol. El calor se extiende por mis extremidades y mi boca se abre para él con un suspiro suave.
Su lengua roza mi labio inferior, y su mano se curva alrededor de mi muslo en un agarre firme. Mis nervios se derriten; no tienen ninguna oportunidad contra su destreza, su calor, la manera en que mi cuerpo se enciende.
Esto es lo más fácil del mundo.
Levanta la cabeza apenas para hablar.
—No creo que besar vaya a ser un problema —murmura.
Le respondo besándolo de nuevo, atrapando su risa en mis labios. Mi mano se desliza a su cabello; las hebras espesas son sedosas entre mis dedos. Él gruñe en mi boca cuando tiro.
Este es un riesgo que vale la pena. No hay forma de saber cuándo volveré a tener a un hombre así tocándome: un hombre atractivo que irradia poder, competencia y un ingenio oscuro y astuto.
—Yo no soy esta chica —le digo.
Sus manos me sujetan de las caderas, pegándome a él.
—Lo sé —dice, con la voz ronca—. Solo hace que te desee más.
Sus palabras me envían escalofríos deliciosos por la piel. Embriagada por él, por mi propia valentía, paso una pierna sobre su regazo y lo monto. Puede que estemos ocultos en este rincón oscuro, pero seguimos en una fiesta, y hay gente moviéndose cerca.
Sus manos suben por los costados de mi vestido, rozando como fantasmas junto a mis pechos.
—Bésame otra vez, Correctita.
—No es mi apodo —le digo, y él sonríe.
Lo cubro con mis labios y volvemos a perdernos en la química entre nosotros, en esa magia que ocurre cuando sus labios y los míos se encuentran. Mi deseo golpea al ritmo de la música, hipnótico y sensual. Debajo de mí, la dureza de él es prueba de su propio deseo. La sorpresa me hace apartarme.
Él no pierde el ritmo: se mueve a mi cuello. Una mano grande me toma el pecho y el pulgar se desliza por la tela, encontrando la punta tensa de mi pezón sin esfuerzo.
—Te quiero —dice, con los labios sobre mi piel—. ¿Quieres buscar una habitación desocupada?
Trago saliva contra la sequedad de la garganta.
—Todavía falta una tercera presentación. Escuché que habrá pirotecnia.
—Creo —murmura— que todo el fuego que necesitamos está aquí mismo.