Maye Cierro la puerta tras de mí. Mi estudio está cálido en comparación con el gélido aire de Nueva York, cortesía del electricista de Salvador y del calentador recién instalado. Me quito las botas de un empujón y cuelgo mi abrigo antes de llamarlo. —¿Ya estás en casa? —pregunta él. —Sí —le digo—. Y eres un sobreprotector. Él suspira al otro lado de la línea. —Caminar a casa de noche sigue siendo un riesgo. —Uno pequeño. Estaba en el bar justo al lado del trabajo. Tardó quince minutos en llegar a pie. —¿Con tus compañeros? —Sí. —Me siento en la cama y encojo las piernas—. Sabes, después de haber trabajado con ellos unos meses, realmente no creo que el infiltrado esté en mi departamento. Hay una sonrisa en su voz. —No me sorprende que pienses eso. —No es porque sea parcial. —Por s

