Maye —Podríamos ir al lugar de las ensaladas —le digo a Quentin—. O al de sushi de al lado. Él frunce el ceño. —No, siempre están a tope a la hora del almuerzo. Toby, ¿te acuerdas de cuando tuvimos que hacer cola durante treinta minutos? Toby emite un gruñido vago desde su escritorio. Quentin no hace comentarios. Ningún "¿no terminas pronto?" sarcástico o un "¿qué te retiene?". Nada en absoluto. Lo miro de reojo, pero su rostro no revela nada. Aun así, estoy convencida de que algo ha pasado. La tensión entre ellos ha cambiado de matiz. Me apoyo en el escritorio de Quentin. —¿Hasta qué hora se quedaron en el bar la otra noche? Su mirada se desliza hacia la mía. —No tanto. —Ajá. —Mi expresión es neutra, pero él entrecierra los ojos de todos modos. Le devuelvo una mirada inocente. No s

