¿Cuáles son las probabilidades?

1535 Words
Salvador ¿Cuáles son las probabilidades? Bajísimas. Jodidamente bajas, eso es. No había conocido a nadie en el salon dorado a través del trabajo ni una sola vez, y apenas unas cuantas en un entorno privado. Pero Mayela Umaña es la becaria en prácticas de mi empresa, así que está tan fuera de límites que es como si llevara un cono fluorescente de tránsito en la cabeza. El recuerdo perfecto del sábado por la noche queda manchado para siempre, ahora que sé que ella me ha conocido: a mí, al verdadero yo. Y yo no soy un capo de la mafia. Me recuesto en la silla y presiono los talones de las manos contra los ojos. La joven insolente que redactaba esos correos era… recta. Formal. Impecable. No logro que las dos imágenes de ella se fusionen en mi cabeza. La seductora de cabello oscuro, coqueta y provocadora el sábado. La joven correcta, de falda tubo, sosteniéndome la mirada al otro lado de la mesa de juntas. Todo el punto de ir al Gilded Room es la anonimidad: garantizar que yo conserve el control. Había levantado un maldito muro de concreto de tres metros entre mi vida privada y mi vida profesional, y de alguna manera ella había conseguido arañarlo y treparlo como una planta hermosa pero mortal. Y, por supuesto, está en Estrategia, de todos los departamentos posibles: el único lugar del que estoy convencido que filtra información a nuestros competidores. Nuestros movimientos comerciales habían sido anticipados por otras consultoras demasiadas veces como para que fuera simple coincidencia. Había estado vigilando ese departamento muy de cerca durante el último mes… y ahora mi campo de visión incluye a una mujer cuyo sabor conozco, pero a la que no puedo volver para un segundo intento. El teléfono del escritorio vibra y presiono el botón del altavoz. —¿Sí? —La escuela de su hijo está en la línea, señor Almeida. St. John’s Prep siempre me llama, y solo una de cada tres veces es por mi hijo. El resto… ¿quiere donar para la feria escolar? ¿Acompañar una excursión al Zoológico del Bronx? ¿Participar en la venta de pasteles? Es tan pérdida de tiempo como generador de culpa. —Comuníqueme. Suena un chisporroteo de estática y luego una voz profesional al otro lado. —¿Señor Almeida? —Aquí estoy. ¿Joshua está bien? —Sí, lo está, pero dice que le duele el estómago y quiere irse a casa. —Su tono es casi disculpándose—. No quería que lo llamáramos, señor. Ya estoy buscando mi celular. —Estaré ahí en diez minutos. —Perfecto. Lo estaremos esperando. Cuelgo, cierro el portátil del trabajo y lo deslizo dentro del maletín. Joshua casi nunca tiene dolor de estómago, y jamás quiere irse temprano de la escuela. Mil escenarios distintos giran en mi cabeza. ¿Olvidé algo? ¿Una cita médica? ¿El aniversario de la muerte de su madre? No y no. Paso por el escritorio de mi secretaria. Levanta la vista de la pantalla y su rostro adopta la máscara profesional que siempre usa. —Hay que despejar mi tarde —le digo—. Y cualquier reunión a partir de las tres pásela a llamada telefónica. Trabajaré desde casa. Ya está tecleando. —Por supuesto, señor. ¿Todo bien con Joshua? Paula lo sabe todo sobre todo desde que tomé el control de Montviva. Es invaluable. —Sí —respondo, ya encaminándome hacia los ascensores—. Nos vemos mañana. Me paso todo el trayecto hacia abajo golpeando el suelo metálico con el pie, y sé que no podré soltar la preocupación hasta llegar a St. John’s. Ryan detiene el coche en la zona de descenso y salgo disparado, subiendo los escalones del viejo edificio de ladrillo. Joshua, Joshua… ¿dónde estás? Está esperando con la señora Kim dentro de las puertas principales de la escuela, sentado en una banca y moviendo las piernas en el aire. Me lanza una mirada avergonzada bajo su masa de rizos oscuros. —Gracias por venir —me dice la señora Kim—. Lamento haberlo llamado en horario laboral, pero temo que Joshua tenía mucho dolor. A esas palabras, él se encorva, rodeándose el estómago con un brazo. —Hizo bien en llamar —digo—. Gracias por avisarme. Ella suelta el aire, aliviada. ¿Temía que yo me enfadara? Tal vez no oculté tan bien mi fastidio con las llamadas de la venta de pasteles como pensé. Joshua y yo salimos de la escuela, y le paso una mano por el cabello. —Hola, papá. —Hola, campeón. ¿Dolor de estómago, eh? —Sí. Ajá. —¿Está demasiado fuerte como para comer helado en el parque camino a casa? Levanta la vista hacia mí, serio tras sus gafas. —Creo que el helado podría mejorarlo. Me aprieto los labios para no sonreír. —Entonces, helado será, campeón. Joshua deja la mochila en el coche y Ryan se marcha, de vuelta al apartamento. Nosotros caminamos a casa, lado a lado, con las manos en los bolsillos. Los robles altos de Central Park nos llaman al final de la calle. Un oasis en este mundo de piedra. —¿Tuviste Matemáticas e Inglés esta mañana? Asiente. Las solapas de su uniforme están torcidas y me inclino para acomodárselas, ignorando su bufido irritado. —¿Y? ¿Cómo te fue? —Matemáticas bien. Inglés también. Tuvimos que recitar un poema y luego decirle a la clase qué creíamos que significaba. Alzo las cejas. —¿Uno que escribiste tú? —No, de un libro. —Su voz se ensombrece—. Nos tocó uno a cada quien y tuvimos que pararnos junto a nuestros pupitres y leerlo en voz alta. —¿Y cómo te fue? —Bien, supongo. Me tocó uno fácil. Entonces no fue por eso el dolor de estómago. Entramos al parque y vemos cómo un perro cruza corriendo frente a nosotros, con la correa arrastrándose sobre el pasto oscuro. Un adolescente corre detrás. —¿Ves? —digo—. Por eso no tenemos perro. —Yo sí sujetaría la correa —protesta Joshua—. Y no tiene que ser un perro grande. —Nosotros no somos una familia de perros pequeños. —Somos una familia sin perro —murmura—. Yo voy a pedir fresa. —Buena elección. Creo que yo pediré mango. Gime. —Siempre pides mango. —Es mi favorito, campeón. —Le vuelvo a revolver los rizos—. Nunca voy a dejar de hacer esto, ni aunque seas tan alto como yo. Su madre tenía esos mismos rizos. —Si no está roto, no lo arregles —recita con un suspiro. Es una de mis frases favoritas. —Exacto. Además, a ti también te gusta el mango. —Sí, pero no todo el tiempo. —Soy viejo y me aferro a mis costumbres. —No estás tan viejo —frunce el ceño—. ¡El papá de Mike tiene más de cincuenta! Suelto una risa nasal. A los treinta y cuatro, supongo que es agradable que mi hijo no me considere tan viejo. Pero con nueve, todos los adultos son viejos. —Bueno, la gente tiene hijos a distintas edades. —O consigue hijos a distintas edades, como tú me conseguiste a mí. —Exactamente así, sí. No suena molesto. Para Joshua, las muertes de sus padres no son algo que recuerde. Solo conoce el accidente de avión de mi hermana y su esposo en las Montañas Rocosas por lo que le han contado, aunque él estaba vivo en aquellos días terribles en que los equipos de rescate buscaron el avión fletado. Tenía dos años. Firmé los papeles de adopción de Joshua seis días después de que se declarara oficialmente muertos a sus padres. Nos detenemos en el puesto de helados del lado este de Central Park. Está a un tiro de piedra de nuestro apartamento, y venimos seguido. Algunos dirían que somos clientes habituales. Larry, por ejemplo. —¡Mis habituales! —exclama al vernos acercar—. Y mírate tú, muchacho guapo. Con uniforme, como tu papá. Joshua mira hacia arriba, hacia Larry en la caseta. —Papá no usa uniforme. —Un traje casi es como un uniforme —digo. —Sí, pero no es como el de un policía o un bombero. Ellos salvan vidas. —Y añade—: ¡y tienen perros! Larry me lanza una mirada cómplice. Lleva meses, si no años, oyendo el deseo de Joshua por un cachorro. —Sus perros son perros de trabajo, campeón. Son parte del cuerpo. ¿Chocolate otra vez? —No, gracias. Para mí fresa. —Fresa será. —Larry ni siquiera me pregunta el mío, porque nunca cambia. Un minuto después pago los dos helados: uno de mango y otro de fresa. —Nos vemos la próxima semana, chicos. —Gracias, Larry —digo. Joshua se da la vuelta con la concentración puesta únicamente en su helado. Tomamos el camino largo a casa, pasamos junto al estanque. Joshua me mira, sorprendido, cuando me dirijo a una de las bancas del parque, pero no protesta.
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