Helado en Central Park

1263 Words
Salvador Estiro las piernas frente a mí. Es un día precioso de otoño, estoy en el parque con mi hijo y tengo helado en la mano. Hora de hacer un poco de trabajo investigativo. —¿Cuándo empezó el dolor de estómago? Silencio. Deja de lamer el helado. —Papá… —¿Sí? Suspira. —En realidad no me dolía el estómago. Me muerdo el labio para no sonreír. Si hay algo en lo que mi hijo es terrible, es en mentir. Espero que nunca aprenda. —¿Ah, no? Entonces, ¿qué pasó? Mira el suelo bajo nuestros pies, estira una pierna y patea una piedrita suelta. —No quería que te llamaran. Sé que estás ocupado. —Nunca estoy demasiado ocupado para ti. —Pensé que llamarían a la casa y Marianne podría venir por mí. —Marianne no tiene autorización para recogerte en horario escolar. Solo la familia puede. —Había tenido que firmar autorizaciones para que Marianne y Ryan pudieran recoger a Joshua después de clases. St. John’s Prep se toma la seguridad tan en serio como la educación, una de las muchas razones por las que la elegí. Joshua guarda silencio, pero es un silencio pesado. Está reuniendo valor para decir algo, y sea lo que sea, es importante. Pruebo a ciegas. —¿Tuvo que ver con la chica nueva? ¿La francesa? Joshua gime y deja caer la cabeza contra el respaldo. —Papá, ¡me está yendo fatal! Bingo. Paso un brazo por detrás de él en la banca y lo acerco. —Cuéntame. —Ella no sabe que me gusta. —Ajá. —He pensado en decírselo —dice, muy serio—, pero ¿y si a ella no le gusto también? —Puede pasar —admito—. Ese es siempre el riesgo. —Entonces decidí que primero debía hacerme su amigo y conocerla, y luego decírselo cuando supiera que por lo menos me aprecia como amigo. —Muy inteligente —comento. —Pero hoy oí a Dexter diciéndole que a él le gusta. Y ella dijo que él le gusta también. Sus hombros se encorvan y veo cómo el helado de fresa gotea en su mano, olvidado. —Ay, campeón… eso es horrible. —Lo es —dice—. Lo es mucho, mucho, mucho. Le limpio la mano con una servilleta. —Pero mira, ahora están en la misma clase. La conocerás todo el año escolar, quizá incluso el próximo. Y ella podría cambiar de opinión. —Dexter es horrible. Sé con certeza que Dexter, en algún momento, fue considerado amigo en esta casa. Creo incluso que ha venido a jugar a nuestro apartamento, pero me guardo ese comentario. —Danielle puede cambiar de opinión. Las niñas a veces lo hacen. Los niños también, ¿sabes? Suspira el suspiro del amor no correspondido. —¿Pero cuándo? —No lo sé, campeón. Puede que nunca pase, pero no puedes perder la esperanza. Intenta ser su amigo de todos modos. Todavía quieres conocerla, ¿no? —Supongo —murmura. —¿Porque es buena y divertida? —La más buena. —Entonces serás su amigo, porque eso ya es algo valioso, y al mismo tiempo esperas que sus sentimientos cambien. Se queda callado, procesándolo. Cuando termina, salta de la banca. —Vámonos a casa. —¿Dolor de estómago curado? Pone los ojos en blanco. —Nunca me dolía, papá. —Claro. —Sonriente, tiro nuestras cosas en un bote cercano y pongo una mano en su espalda, entre los omóplatos—. Ya verás, ella cambiará de opinión. Pero su mente ya parece haber pasado a otra cosa. —¿Qué vamos a hacer en Acción de Gracias? —¿Acción de Gracias? —María va con su familia a Canadá. Turner va a celebrar en la casa de su abuelo en Martha’s… algo. —Vineyard —corrijo. —Vineyard —repite—. ¿Qué vamos a hacer nosotros, papá? La pregunta me deja en blanco. Los años anteriores siempre celebrábamos con mi madre, que volaba desde Florida por las fiestas: comida, unos cuantos juegos y el desfile en la televisión. Antes eso bastaba. —La abuela no viene este año —digo—. Se va a Nueva Orleans con unas amigas de su comunidad de jubilados. —Se sentía culpable, pero en su voz oí que de verdad quería ir. Le dije que fuera y que nos veríamos en Navidad. —Lo sé —dice Joshua. Se sube a un bordillo bajo y comienza a caminar en línea recta, un pie delante del otro—. Pero ¿qué vamos a hacer? Podemos hacer lo que queramos, papá. —Supongo que sí. ¿Qué te gustaría hacer? Piensa, con los brazos abiertos para mantener el equilibrio. Con nueve años es lo bastante grande como para creer que ya no necesita tomarme de la mano, pero camino a su lado por si acaso. —El papá de Mike va a hacer un Día Familiar de la empresa en Acción de Gracias. —¿Un Día Familiar de la empresa? —Sí. Es como una feria grande, y dijo que habrá algodón de azúcar para todos los empleados y sus hijos. —¿Dónde trabaja el papá de Mike? —En Coney Island. Eso lo explica todo. —Bueno, mi empresa no es así. —¡Yo no sé cómo es tu empresa! —se queja—. ¡Hace unas semanas tuve que explicarlo en clase y me inventé cosas! —Compro empresas, me aseguro de que funcionen y luego las vendo —le digo. Ya se lo he explicado antes, pero entiendo que para un niño no tiene mucho sentido. Joshua salta del bordillo y aterriza con las rodillas flexionadas. —¿Y qué vas a hacer tú por tu empresa en Acción de Gracias? ¿Cómo es que estoy teniendo esta conversación con mi hijo justo después de haberla tenido con Mayela Umaña? Ni siquiera soy una persona de fiestas. Pero cuando miro los ojos grandes y brillantes de mi hijo, sé que es hora de empezar a serlo. Joshua se merece lo mejor, pero está atrapado conmigo, así que me toca ponerme a la altura. —No lo suficiente —admito—. Han trabajado muy duro para mí, pero no se los he dicho. —Acción de Gracias es la época del año para decirle esas cosas a la gente —me sermonea Joshua—. El año pasado escribimos notas de agradecimiento a nuestros compañeros con cosas que nos gustaban de ellos. ¿Quizá deberías hacer lo mismo en tu empresa? —Quizá debería —murmuro, apoyando una mano en la parte de atrás de su cabeza—. Eres inteligente, campeón. Me mira. —Por eso fingí lo del dolor de estómago. Nunca me había pasado, así que sabía que lo iban a tomar en serio. Le devuelvo la sonrisa. —Astuto, pero la próxima vez no huimos cuando las cosas se ponen difíciles. —Lo sé, papá. Una hora después, cuando ya estamos seguros y tranquilos en nuestro apartamento con vista a Central Park, me siento en mi despacho en casa y abro el portátil. Asunto: Celebración de Acción de Gracias en la empresa Sra. Umaña: Su presupuesto para este proyecto acaba de incrementarse de manera significativa. Tan significativa, de hecho, que no existe límite alguno para sus sugerencias iniciales. ¿Quizá algo que incluya a las familias de los empleados? Piense en grande, señorita formal. Salvador Almeida CEO, Montviva Global
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