La idea ganadora

1797 Words
Maye Pulso el control para avanzar las diapositivas en la pantalla. A mi lado, William y Luke se desplazan ligeramente, observando al público. —Bien —digo—, aquí tienen las tres opciones para que puedan compararlas con facilidad. No duden en decirnos qué les parecen. Salvador y Clive nos observan desde el otro lado de la sala de reuniones, flanqueados por dos mujeres del equipo de Recursos Humanos y planificación de eventos de Montviva. Salvador tamborilea los dedos sobre la mesa y estudia la diapositiva expuesta con una expresión indescifrable. Las tres opciones presentadas cuentan con presupuestos, cronogramas y conceptos claramente definidos. La primera: un almuerzo de Acción de Gracias a cargo de la empresa, alquilando un restaurante cercano. La segunda: un bono en efectivo para todos los empleados, con una escala variable. ¿La tercera? Alquilar Wilshire Gardens, en Central Park, por una noche: el parque de atracciones que se instala durante algunos meses cada otoño. Invitar a amigos y familiares de todos… y reservar un bar cercano para que los solteros continúen la noche después. Es escandalosamente caro, pero el correo de Salvador había solicitado de forma explícita algo apto para familias. También incluía ese apodo. Formalita. Sacado del entorno íntimo donde habíamos acordado dejarlo y traído al lugar de trabajo. Lo había eliminado antes de reenviar el correo a Luke y William y decirles que teníamos que pensar en grande. Y ahora Salvador no dice nada. Solo mira fijamente las tres opciones, con los ojos entrecerrados, pensativo. Las personas a su lado se miran entre sí. Una vez. Dos veces. Esperando su veredicto. Cruzo los brazos sobre el pecho, negándome a dejar ver los nervios. —¿Qué le parece? —¿La opción tres es viable dentro del plazo? —pregunta Salvador. Asiento. —Absolutamente. Ya hemos contactado con el parque de atracciones para consultar la disponibilidad. Clive frunce el ceño. —El coste es considerable. —Es elevado en comparación con las otras dos —admito—, pero en términos de alquiler de un espacio, en realidad es bastante razonable. Salvador asiente despacio, con la mirada fija en la mía. —Bien. Entonces nos quedamos con la opción tres. Gracias por una excelente presentación. Las miradas se vuelven hacia él y se produce un segundo de silencio atónito. —Señor —interviene una de las mujeres con cautela—, esto supondrá un recorte importante del presupuesto anual de personal. Salvador hace un gesto con la mano. —Lo repondremos con los ingresos del cuarto trimestre. Soy plenamente consciente de que los recortes del último año han afectado a la moral. ¿Cuántos de los que están a mi lado de la mesa tienen hijos? Clive y las dos mujeres asienten, aunque no parecen comprender del todo a dónde quiere llegar Salvador. —Y todos ustedes han pasado muchas noches aquí —continúa—. No. Vamos a alquilar Wilshire Gardens por una noche y a organizar un Día Familiar de Acción de Gracias, todo a cargo de la empresa. Me aclaro la garganta. —Excelente elección, señor. Luke, William y yo comenzaremos a planificar de inmediato. Tendremos los contratos de alquiler listos para que la empresa los firme antes de que termine la semana. —Así será. —Salvador se aparta de la mesa de conferencias. Los demás se apresuran a hacer lo mismo, recogiendo sus notas—. Entonces hemos terminado. Señorita Umaña, me gustaría hablar con usted antes de que regrese al Departamento de Estrategia. Asiento con rigidez, muy consciente de las miradas sorprendidas del resto. William y Luke se agrupan a mi lado mientras desconecto el portátil del trabajo. —No puedo creer que haya elegido la feria —murmura William, enrollando el cable—. Pensé que era una vía muerta. —Demuestra lo poco que sabemos sobre la dirección —susurra Luke. Ambos miran por encima del hombro antes de desearme suerte en voz baja. La puerta se cierra tras ellos y, después de que Clive se marche con una expresión curiosa, quedamos solo Salvador y yo. Señala una silla junto a él. —¿De quién fue la idea de Wilshire Gardens? Me siento al otro lado de la mesa. —Mía, señor. —¿Y cómo se le ocurrió? —Usted mencionó a la familia en su correo. No hay muchas opciones por aquí que atraigan a los niños y que, al mismo tiempo, funcionen para los empleados que no los tienen. —Resulta que fue una sugerencia excelente. —Gracias. El silencio se alarga entre nosotros y me aclaro la garganta. —Disculpe, ¿pero por qué me pidió que me quedara? —Quería preguntarle quién había tenido la idea primero. —Entiendo. Aunque, sin Luke ni William aquí para corregirme, podría atribuirme el mérito de ideas que no son mías. Alza una ceja. —¿Lo está haciendo? —No —admito. —No lo parecía. —Aun así… delante de toda esa gente, señor. Podrían empezar a pensar algo indebido o a… sospechar. Salvador se pasa una mano por el cabello, apretando los labios en una línea tensa. Tardo un momento en darme cuenta de que es para no reír. —Ni una sola persona en esta sala conoce mi membresía en cierta sala. Y desde luego no conocen la suya. ¿Cómo podrían sospechar? Apoyo las manos sobre la mesa. —Las reputaciones son frágiles. Estoy segura de que los otros becarios me preguntarán luego qué quería discutir conmigo en privado y, si no tengo una buena respuesta, podrían surgir rumores. La diversión desaparece de su rostro. —No me gusta lo que está insinuando. —A mí tampoco, pero no cambia los hechos. —No hablarán. Saben que no deben hacerlo. Hace un gesto amplio con la mano. Tal vez en su mundo eso funcione. El poder y el prestigio lo superan todo. En el mío, no. —¿Por qué solicitó entrar en esta empresa? Levanto las cejas. —¿Eso es lo que realmente quería saber? —Sí. La última vez fue muy clara al decir que había trabajado duro para llegar aquí y que quería específicamente el Departamento de Estrategia. Dígame por qué. Muerdo mi labio inferior con nerviosismo. ¿Está bromeando? Montviva tiene una de las mejores reputaciones en consultoría. Es una firma multinacional al borde de unirse a las Cinco Grandes, convirtiéndolas en las Seis Grandes. La respuesta debería ser obvia. Pero la intensidad de su mirada no tiene nada de broma. Es un lado de él que había intuido el fin de semana pasado, pero que no había visto con tanta claridad hasta ahora. Puede bromear, pero en el fondo es serio. —Estuve entre los primeros puestos de mi promoción en Wharton —digo—. Licenciatura y MBA. Trabajar en consultoría es un sueño para cualquier graduado en negocios. No hay otro campo que ofrezca tanta exposición empresarial. —¿Wharton? Asiento. No había sido fácil, ni financiar los estudios ni cursarlos. —Ambos, licenciatura y MBA. —Así que está aquí para aprender. —Totalmente. —¿Por qué Estrategia? Sostengo su mirada. —Mis asignaturas favoritas en la universidad fueron estrategia empresarial y gestión estratégica. Es el arte de conectar el pasado con el presente para crear el futuro. El departamento de Estrategia es donde se toman las decisiones reales. Es… bueno, no hay ningún otro ámbito que me interese tanto. Asiente despacio. —La estrategia es el alma de una empresa. —Exactamente. Las compañías viven o mueren según su solidez, y Montviva cuenta con algunos de los mejores estrategas corporativos del país. —Del mundo —corrige. Sonrío, sin discutirlo. Probablemente tenga razón. Se recuesta en la silla y cruza los brazos sobre el pecho. A pesar de que ahora conozco su nombre, Salvador Almeida sigue siendo un misterio tan grande como lo fue en aquella fiesta a oscuras. No conozco su pasado, su edad, sus intereses ni sus aficiones. —¿Qué fue esto? —pregunto—. ¿Una segunda entrevista? Sus labios se curvan levemente. —Nunca hablo con los becarios. Pensé que era hora de cambiar eso. —Entonces, ¿por qué Luke y William tuvieron que irse? —Usted sabe por qué tuvieron que irse. Aparto la mirada de la atracción de sus ojos, con los nervios recorriéndome la espalda. —Este Día Familiar de Acción de Gracias puede haber empezado como un castigo —digo—, pero quiero darle las gracias. Al elegir el parque de atracciones, este podría convertirse en el proyecto más grande que lidere durante mi estancia aquí. —¿Castigo? —Por mi primer correo —respondo—. Sé que quizá fue más directa de lo que está acostumbrado. Alza las cejas. —¿Cree que mi personal no me dice la verdad? —Por lo que vi hoy, todos en la sala se sorprendieron cuando eligió la opción del parque de atracciones, pero solo Clive expresó realmente sus reparos… y solo una vez. —Usted no parece compartir sus aprensiones. Suelto el aire. —De verdad quiero trabajar aquí, señor Almeida. Pero creo que ya le di motivos suficientes para despedirme con ese primer correo… y aun así no lo hizo. Espero que no lo haga en el futuro. —Es una apuesta grande —comenta, con una sonrisa apenas perceptible—. Para que conste, no le di este proyecto como castigo. —¿No? —La Maye que respondió a mis correos, que por cierto aún no se ha disculpado, se negó a dar marcha atrás. Quería ver de qué era capaz esa persona cuando se le daba la oportunidad. Ah. —No lo decepcionaré. Salvador asiente una sola vez. —No lo espero. Nuestras miradas se cruzan y se sostienen, anclándome en el lugar. Como en la fiesta, cuando atravesó a la multitud y la música para marcarme donde estaba. Esta vez solo hay una mesa de conferencias entre nosotros y el silencio es tan profundo que se podría oír caer un alfiler. Cuando por fin recupero la voz, sale apenas en un susurro. —¿Eso es todo, señor Almeida? Se aclara la garganta antes de responder. —Sí. Y si alguien pregunta, puede decirle a sus colegas la verdad. —¿La verdad? —Que quería saber quién había tenido la idea ganadora. Me pongo de pie, recogiendo el portátil y la libreta, sosteniéndolos como un escudo contra el cuerpo. —Gracias. Golpea la mesa con los dedos, demasiado grande para esta sala de conferencias, como si amenazara con engullirme por completo. —¿Y señorita Umaña? —¿Sí? —A pesar de los problemas que ha causado, me alegra que haya elegido esta empresa.
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