Lanoche que dejé de ser correctita I

1750 Words
Maye Su brazo es fuerte alrededor de mi cintura mientras atravesamos la fiesta. Pasamos junto a la mujer desnuda en el sofá, entretenida por los dos hombres que la complacen. Me sorprende mirándola y me dedica una sonrisa amplia y satisfecha. Mira lo que conseguí. Me inclino hacia el desconocido a mi lado. —¿No es lo tuyo? —murmura. Niego con la cabeza. —Creo que eso requiere más hedonismo del que hay en mí. —Ya sabes lo que dicen —responde—. En las circunstancias adecuadas, cualquiera haría cualquier cosa. —¿Ves? Que digas cosas así es lo que te coloca directamente en la columna de la mafia. Al girar por un pasillo oscuro, pasamos frente a la puerta abierta de una habitación del hotel… solo que no está desocupada. Aparto la vista de inmediato de los cuerpos desnudos que se retuercen sobre la cama. —Oh, Dios mío. Distingo su sonrisa en la penumbra. —No a todo el mundo le gusta así. Después de todo, muchas de las puertas aquí están cerradas. —Eso es bueno. —Pero esta no —dice, deteniéndose ante una puerta apenas entreabierta. El dormitorio es neutro y decorado con buen gusto. Pero lo más importante es que está vacío. Paso a su lado y entro en la habitación. La cama se ve enorme detrás de mí, vestida con ropa de hotel aparentemente inocente. —Me pregunto qué le dice la Sala Dorada a los hoteles que alquila. ¿Saben lo que pasa aquí? Tiene una mano en la puerta entreabierta y una sonrisa ladeada en los labios. —Oh, lo saben. ¿Qué opinas, Correctita? ¿Puerta abierta o cerrada? Me dejo caer sobre la cama. —Solo nosotros, creo. La cierra con un clic decidido, pero su sonrisa me dice que no esperaba otra respuesta. —Perfecto para mí, preciosa. Nos miramos durante varios segundos largos. Sin palabras, solo miradas, y con cada instante los nervios y el deseo en mi estómago se intensifican. —¿Necesitas acostumbrarte a mí otra vez? —pregunta. Me recuesto sobre las manos y asiento. Con los labios curvados en una ironía tranquila, se quita la chaqueta del traje y la arroja hacia atrás. Sus manos grandes empiezan a desabotonar la camisa. Observo cómo, centímetro a centímetro, queda al descubierto su pecho ancho, de piel oliva, musculoso y salpicado de vello. Se detiene cuando la camisa cuelga abierta. —Sigue mirándome así. —No es difícil —susurro. La camisa se une a la chaqueta detrás de él, y mis ojos recorren los surcos de sus abdominales hasta el cinturón de cuero. Su pecho se eleva con cada respiración. Siento como si hubiera entrado por accidente en una de mis fantasías más profundas. Todo en él —sus ojos oscuros y dominantes, la mandíbula cuadrada, los hombros amplios— transmite poder. Puede que no sea de la mafia, pero es algo. Y está aquí conmigo, mirándome como si no pudiera esperar a tenerme. Y aun así espera, porque por mucho poder que suela ejercer, aquí dentro las mujeres mandan. Nunca me he sentido tan poderosa en mi vida. La emoción corre bajo mi piel como un segundo pulso. —Estás demasiado lejos —le digo—. Quiero tocarte. —Entonces tócame. Sus palabras son suaves, sedosas, pero el desafío implícito es inconfundible. Acorto la distancia entre nosotros y extiendo la mano, dejando que mis dedos recorran su pecho. Aspira el aire cuando sigo la leve V de sus caderas. Los músculos firmes se mueven bajo la piel. —Aún no has hecho la pregunta —murmura. Mis manos se posan en el cinturón de cuero y alzo la vista. —¿Te acostarías conmigo? —¿No de forma hipotética? Niego en silencio. Su respuesta tampoco es verbal. Me toma el cabello con ambas manos, su peso oscuro y espeso, y lo aparta. Me giro hacia él y encuentra la cremallera de mi vestido, bajándola de un solo movimiento fluido. El vestido n***o me libera de su abrazo. Sus ojos se oscurecen mientras recorren mi cuerpo, mi ropa interior, el conjunto de encaje a juego. Tal vez me había dicho que solo miraría, que no participaría, pero… una parte pequeña de mí se había asegurado de estar preparada. Por si acaso. —Tan hermosa —murmura, rodeando mi cintura con las manos. Un impulso competitivo despierta dentro de mí. Quiero estar a la altura del desafío, de él, complacerlo como sé que él me complacerá. Quiero ser el mejor sexo que este hombre haya tenido jamás. Lo beso con esa convicción, y él responde del mismo modo, atrayéndome contra su cuerpo. Un beso da paso a otro, cada uno intensificando la necesidad. Nos separamos cuando sus manos encuentran el broche de mi sostén. Extiendo los brazos mientras lo desliza, observando cómo las copas liberan mis pechos. Aspira el aire con un sonido oscuro y sus manos reemplazan la tela. Tal vez son un problema cuando compro sujetadores deportivos, pero saben cómo impresionar. —Jodidamente hermosa —repite, inclinándose para succionar un pezón. Inhalo con fuerza, que pronto se convierte en un gemido cuando añade los dientes. —He querido verlos descubiertos toda la noche. —Por eso querías hablar conmigo, ¿verdad? Mi mano se enreda en su cabello y cierro los ojos ante las sensaciones. Los hombres nunca prestan suficiente atención a mis pezones. Él sí. Aprovecho el momento para desabrochar su cinturón, pero aparta mis manos cuando alcanzo la cremallera. —Recuéstate en la cama —me indica. Obedezco, estirándome sobre las sábanas lujosas, apoyando los codos para observar cómo baja la cremallera. Se me seca la garganta al verlo. Está duro y grueso en su mano, más grande de lo que había imaginado. Lo observo mientras se acaricia lentamente una, dos, tres veces. —Estoy así de duro por ti, Correctita —dice—. Desde que me besaste allá afuera como si me necesitaras más que a tu próximo aliento. Nuestras miradas se cruzan. Me giro y gateo hacia el borde de la cama. El placer, el poder y este hombre me marean, despertando una confianza que no sabía que tenía en la cama. Se acerca a la cama y gime cuando lo tomo en la boca. —Cristo —murmura—. Así… justo así. Lo doy todo, como si esto fuera un deporte y yo apuntara a la medalla de oro. Mi mano rodea la base, mi lengua gira sobre la cabeza hinchada. Es tanto… y mi interior duele solo de pensar en recibirlo por completo. Y sabe bien. A hombre, a deseo, a necesidad. Su mano se enreda en mi cabello y deja escapar una maldición cuando ahueco las mejillas y lo succiono con fuerza. —Tú —gruñe—. Necesito probarte. Sus manos se posan en mis hombros y, de pronto, me voltea, arrastrando mis piernas hasta el borde de la cama. La oscuridad ardiente de sus ojos no admite error. No sé si alguna vez me habían mirado así. Agarra mis braguitas y da una orden única: —Arriba. Levanto las caderas y observo cómo me las desliza por las piernas y las lanza lejos, dejándome completamente desnuda con un hombre cuyo nombre ni siquiera conozco. Y es lo más empoderador que he hecho en mi vida. No hay vacilación en sus movimientos seguros, en la forma en que sus labios recorren mi cuerpo desde el pecho hasta la cadera. Me abre las piernas y se coloca entre ellas como un hombre hambriento ante su comida. Una palabra ahogada contra mi piel, apenas audible. Hermosa. Pero entonces su boca se ocupa de otras cosas, su lengua y labios encendiendo fuego sobre mi piel sensible. Jadeo cuando añade los dedos, girando y separando. Cierra los labios sobre el punto más sensible y arqueo el cuerpo contra su cabeza, la sensación es demasiado intensa, pero no se detiene. Usa la lengua y desliza un dedo dentro de mí. La dulce invasión lo es todo. No puedo pensar, no puedo hablar. Todo se reduce a él. Empieza y termina con este hombre entre mis piernas, dedicado a mí como si yo le estuviera haciendo un favor. El placer nace profundo en mi interior, avivado por su lengua. Cuando alcanza mis extremidades, ya es inevitable. El orgasmo me atraviesa como una ola gigantesca. Mis piernas se cierran sobre su espalda, mis caderas se elevan. Él continúa, su lengua lenta, profunda. Sigo mirando al techo cuando retira mis piernas de sus hombros y su mano acaricia perezosamente entre mis muslos. —Guau —respiro—. Y yo que pensaba sacudir tu mundo. Su risa grave y masculina me envuelve como seda. —Sentirte correrme contra los labios ya lo hizo, Correctita. —No creo que siga siendo tan correcta. —Bueno, ya no llevas nada de encaje. Se coloca al pie de la cama y me arrastra con él hasta dejarme justo al borde. Lo observo sacar un preservativo del bolsillo trasero. —Otra regla —dice, rompiendo el envoltorio con los dientes—. Siempre con protección. Trago saliva al ver su longitud, tensa, imponente. Se coloca el preservativo con seguridad. Un destello de nervios me atraviesa. Es grande… y ha pasado tiempo. Sus manos grandes separan mis muslos. —Creo que… —¿Qué, preciosa? —Su pulgar roza mi clítoris y me estremezco. —Tendremos que ir despacio. Me toma el rostro entre las manos y me besa profundamente, su lengua suave, perfecta contra la mía. Mis piernas se relajan solas, el peso duro de su erección contra mi muslo. —Despacio entonces —dice—. Confía en mí, cariño. ¿Cariño? El apelativo atraviesa mis defensas, mucho mejor que Correctita. —Confío. —Bien. Se sujeta y se desliza entre mis piernas. Ambos observamos cuando entra, un jadeo escapando de sus dientes apretados. El ardor dulce es real. Jadeo y giro la cabeza. —Mírame —me ordena, sujetando mis piernas contra su pecho. Lo hago, mordiendo mi labio mientras centímetro a centímetro me llena. Va lento, hasta que el ardor se transforma en otro tipo de fuego. —Eso es —murmura, enterrado por completo—. Joder, te sientes increíble. Abro la boca para responder, pero mis palabras se vuelven un jadeo cuando empieza a moverse. Una embestida. Dos. Aprieto las sábanas mientras sus caderas ruedan con profundidad. No creo haber sido penetrada así nunca.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD