—¿Sabes lo bien que te sientes dentro de mí? —le pregunto, llevándome una mano al pecho.
Sus ojos entornados siguen el movimiento, un gruñido escapando cuando pellizco mi propio pezón.
Dale el mejor sexo de su vida, Maye, me recuerdo.
Sus caderas golpean las mías, y sé que ya no hay frenos.
—Sí —gimo, arqueando la espalda—. Por favor… dámelo.
Su aliento sisea y me levanta medio cuerpo, sujetando mis caderas. Jadeo ante el nuevo ángulo. Está tan profundo… y se lo digo.
Su risa es oscura, llena de placer y orgullo.
—Para que me sientas —gruñe—. Para que me recuerdes.
La idea de que no lo haría es absurda. Me mira con los ojos velados de placer, mis tobillos a cada lado de su rostro.
Es magnífico.
—Siento cada centímetro dentro de mí —susurro—. Fóllame así, no pares. Por favor, no pares.
Acelera, los músculos de su cuello tensándose. Le gusta el lenguaje sucio. Cambia el ángulo y… oh, Dios. Golpea un punto dentro de mí que no sabía que existía. El placer asciende como una tormenta.
Voy a correrme otra vez.
Cierro los ojos y me deshago en gemidos.
—Por favor —le suplico—. Te necesito, necesito esto… estoy tan cerca.
Acelera hasta embestirme con fuerza, la presión demasiado intensa. Su pulgar roza mi clítoris y exploto a su alrededor.
Oigo mis gemidos vagamente, pero su voz atraviesa todo.
—Joder, sí, cariño. Así. Justo así.
Gruñe de placer y abro los ojos. Necesito verlo. Su rostro masculino y hermoso está relajado por el placer, sus caderas embistiéndome con desesperación. Es lo más erótico que he visto jamás.
Siento el pulso de su cuerpo dentro de mí cuando alcanza su clímax, enterrado profundamente. No aparto la mirada de su rostro mientras disfruta.
Sé que nunca olvidaré esa expresión.
Cuando abre los ojos, brillan de satisfacción. Inclina la cabeza y besa suavemente mi tobillo.
—Tu coño casi me corta la circulación cuando te corriste conmigo.
Río sin aliento, agotada. Baja mis piernas y se retira, desapareciendo un momento para desechar el preservativo. Segundos después vuelve y se estira a mi lado. Me giro instintivamente, apoyando la cabeza en su hombro. Su brazo me rodea.
—No creo que siga siendo tan correcta —murmuro—. Tendrás que pensar en otro apodo.
Ríe, el sonido vibrando bajo mi mano.
—Creo que hará falta más de una noche como esta para desatarte por completo.
Paso las uñas por el vello de su pecho, preguntándome cuánto durará esto. ¿Tenemos la habitación toda la noche? ¿Por horas?
No sé cuál es el protocolo en fiestas como esta, pero él no se mueve. Me mantiene contra su cuerpo.
Y se siente maravilloso. Piel con piel. Cálido. Firme.
—Se siente muy extraño no saber tu nombre —comento, apoyándome en un codo.
Levanta una ceja.
—¿Estás intentando romper una regla?
—¿Yo? Soy una cumplidora de reglas —digo—. Pero ahora me he acostado con otro hombre y no tengo cómo llamarlo en mi cabeza.
Su sonrisa se vuelve peligrosamente pensativa. Sus dedos recorren mi cabello largo, las puntas rozando mis pechos desnudos.
—El mejor que has tenido —sugiere—. Amante del año. Un dios del sexo.
—¿Un dios del sexo?
Hace una mueca leve.
—Sí… no, ese no.
—Eres bastante engreído.
Resopla, sus dedos cerrándose alrededor de uno de mis pezones. Juega con él distraídamente, sus ojos oscuros clavados en los míos.
¿Quién es este hombre?
—Hay una diferencia —dice— entre ser engreído y conocer tu valor.
Claro.
—¿Y tu valor se mide en oro?
Una sonrisa torcida.
—Diamantes, cariño.
Gimo y me estiro a su lado. Él ríe, incorporándose, la mano recorriendo mi abdomen.
—Me estoy alejando del jefe mafioso.
—¿Ah, sí?
Su mano baja, provocándome entre las piernas.
—¿Por qué?
—Follas como un hombre que se encarga personalmente de sus asuntos sucios.
Sus dedos se detienen. Levanta una ceja. Nuestras miradas se cruzan y el instante se estira, real, intenso, vulnerable.
Quiero conocer a este hombre.
Lo sé hasta la punta de los dedos.
Sus labios se curvan y el hechizo se rompe.
—Y tú observas demasiado bien para tu propio bien.
—¿Eso existe?
Entonces, dolorosamente, mira el reloj grueso en su muñeca. Reconozco el pequeño logo en la esfera.
Sí. Mundos distintos.
—¿Tienes que irte?
—Por desgracia, sí.
Sus dedos me dan una última caricia perezosa y, para mi sorpresa eterna, se inclina y me besa una vez entre las piernas, a modo de despedida.
Empieza a vestirse mientras lo observo.
—Justo iba a preguntarte cuándo terminan estas fiestas, pero te adelantaste.
—Soy más instructor que maestro.
Me mira desde su altura —más de un metro ochenta, quizá un poco más— mientras se abrocha el cinturón.
—Por cierto, te ves jodidamente increíble así.
—Gracias.
Me incorporo, sabiendo que mis pechos se ven espectaculares. De eso se trata esta fiesta: sexo increíble, sin complicaciones.
Sexo sin ataduras.
Sexo sin expectativas.
—¿Me instruirías en un último punto?
Asiente, abotonándose la camisa.
—Me siento generoso.
—¿Está permitido acostarse con el mismo invitado en otra fiesta?
—Ah.
Su sonrisa se vuelve ladeada.
—¿Eso es hipotético?
—Por supuesto.
—Está permitido —dice, y el fuego en sus ojos deja claro que no soy la única pensándolo.
Parece que aún no he terminado de ser Rebecca Hartford.
Recoge mi máscara del suelo y se acerca. Ya está completamente vestido.
—Mi belleza sin máscara —murmura, atándola de nuevo con las cintas de seda—. Follarte ha sido lo mejor de mi mes.
—Qué encantador —respondo—. Para mí fue lo mejor de la semana.
Suelta una carcajada sorprendida, me toma del mentón y eleva mi rostro para darme un último beso, lento, cargado no de despedidas, sino de promesas tácitas.
—Nos veremos, Correctita.
Lo detengo cuando ya tiene la mano en la puerta.
—Dime una sola cosa verdadera sobre ti.
Se detiene, recorriendo mi cuerpo desnudo con una admiración inconfundible.
—Si no me hubieras hablado esta noche, habría roto las reglas y lo habría hecho yo primero.
Sonríe de lado y cierra la puerta tras de sí.