La fiebre no cedía; entre los murmullos de mi conciencia, atisbaba voces distantes. El dolor punzante en la muñeca —donde los huesos amenazaban con quebrarse— y los moretones que me cubrían como un manto púrpura convertían cada respiro en una batalla. A este ritmo, pensé con amargura, la pulmonía será solo el principio. Agonizaba de debilidad cuando percibí el pinchazo del suero en mi vena y el aroma ácido de los medicamentos inundando mis sentidos.
—Por fin... un poco de paz —musité antes de rendirme a la oscuridad.
Al volver en mí, un martilleo sordo recorría mi cráneo. Intenté moverme, pero el yeso que inmovilizaba mi brazo y el tubo intravenoso me sujetaban como grilletes. Mis ojos se enfocaron en las vigas de roble del techo. Este no es un hospital. Reconocí las paredes de piedra y los tapices descoloridos: estaba en una habitación del castillo Volkov. Un crujido agudo de madera me hizo estremecer. Busqué con la mirada hasta encontrar la fuente del sonido:
—Es la chimenea —aclaró una voz grave desde la penumbra.
Mi vista se deslizó hacia el rincón donde él permanecía, hundido en un sofá de cuero ajado. El vendaje que cubría su frente apenas contenía mechones de cabello blanco como la ceniza. Su piel tostada contrastaba con los tatuajes que serpenteaban en sus brazos descubiertos. Pero fueron sus ojos lo que detuvo mi aliento: dos esmeraldas con destellos dorados que parecían perforar la penumbra. Tragué saliva con dificultad. Dios mío, duele contemplar tanta belleza.
—Investigué sobre ti, Victoria Bonanno —declaró sin alterar su postura—. Huérfana, viuda y sin un solo pariente que reclame tu existencia.
Se inclinó para tomar una tableta del mesero cercano. La luz de la pantalla dibujó sombras bajo sus pómulos.
—Dime quién te envió.
¿Sigue creyendo que soy una espía? ¿O acaso una viuda negra?
—Huir era mi única opción. Paolo quería asesinarme para adueñarse de mi herencia y las embarcaciones en Génova. – no dije realmente que son las embarcaciones de Tierra de fuego.
—Interesante —murmuró sin levantar la vista.
—No soy espía ni asesina. Solo una tonta con un título universitario obtenido a escondidas. Estuve embarazada y mi esposo me golpeó hasta matar al bebé sin saberlo... —La voz se me quebró como cristal—. No tengo adónde ir. Si deseas matarme, hazlo. Te lo suplico.
Las lágrimas ardían al rodar por mis mejillas. El crepitar de la leña amplificó el silencio.
—¡Basta! —cortó él con brusquedad—. Detesto los lloriqueos.
Si quisiera mi muerte, ya habría actuado. La puerta se abrió entonces, revelando a un hombre de bata blanca que portaba un maletín médico.
—Por fin despierta —anunció acercándose al suero—. Tranquila, no te haré daño. ¿Fue este energúmeno quien te asustó? —Señaló con la barbilla al hombre del sofá—. Su aspecto es feroz, pero yo soy el verdadero peligro: Mario Patrov, a tu servicio.
Un bufido irónico resonó desde el rincón.
Mario revisó mis signos vitales con dedos expertos.
—Te mantuve sedada para controlar la fiebre —explicó mientras cambiaba el suero—. Presentas desnutrición severa y deficiencia vitamínica. Los resultados... —Su expresión se nubló—. No hay enfermedades de transmisión s****l, pero hay signos de violación reciente y fracturas costales mal consolidadas.
Lo sabía. Lo supe cuando Paolo me arrojó contra aquella mesa de mármol.
—Tendrás antibióticos y analgésicos —mostró viales azules—. Y una dieta estricta.
Intenté sonreír, pero el recuerdo de las manos de Paolo apretando mi garganta lo impidió. ¿Qué será de mí? Debo recuperar mis documentos y acceder a la cuenta en las Islas Malvinas...
—Llamaré a Noelia —anunció Stefan, levantándose con eleganfa férea—. Tus pertenencias están aquí. Recupérate.
Salió sin añadir palabra.
—Es un salvaje, lo sé —suspiró Mario—, pero fingió tu muerte. Para el mundo, Victoria Bonanno desapareció... con toda su herencia. Descansa, princesa.
Semanas Después
El ritual era invariable: visitas matutinas de Mario, revisiones de mi muñeca —cuyo yeso comenzaba a pesar como una losa— y la presencia silenciosa de Stefan en el sofá, siempre absorto en su tableta. Aquella mañana, al retirarme el suero, abracé al médico con genuino alivio.
—Sigue las indicaciones al pie de la letra —advirtió, guardando sus instrumentos.
Por primera vez, mis pies descalzos pisaron la alfombra persa. Un cosquilleo eléctrico ascendió por mis piernas. Nunca más permitiré que me lastimen, juré en silencio.
Tras una ducha que lavó semanas de convalecencia, abrí el armario ropero. Mi maleta descansaba en el fondo como una reliquia. Con dedos temblorosos, busqué el falso fondo del compartimiento lateral. ¡Ahí estaban! Mis pasaporte y documentos respiraron al unísono conmigo.
Vestida con un suéter de cachemira beige y el cabello suelto sobre los hombros, descendí por la escalera principal. El silencio solo era roto por mis pasos sobre los peldaños de roble. En las paredes, retratos de antepasados de mirada severa custodiaban mi camino. Qué belleza melancólica, pensé al detenerme frente a un óleo del siglo XVII donde una mujer con mi perfil sostenía un lirio n***o.
En la cocina, los ingredientes se alineaban con precisión militar en la despensa. Harina, huevos, frutos rojos... Mis pancakes con mermelada de zarzamora.
Un rasguño en la puerta me hizo volverme. Dante, el pastor alemán, observaba con inteligencia el trozo de jamón en mi mano.
—¿Quieres, verdad? —Sonreí—. Dame la pata.
Su obediencia fue premiada. Lo acaricié mientras masticaba, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío.
—Dante es encantador, pero yo soy más hermoso —interrumpió Mario desde el umbral—. Hacía siglos que no olía a felicidad aquí.
Sirví los pancakes humeantes en platos de porcelana con bordes dorados.
—¡Esto es ambrosía! —exclamó tras el primer bocado—. Mi abuela polaca hacía algo similar...
Mientras compartíamos historias de frambuesas y abuelas cocineras, unas botas resonaron en el pasillo como truenos.
—¿Qué desorden es este? —La voz de Stefan heló el aire.
Dante emitió un gruñido sordo.
—La princesa cocina para tu perro —bromeó Mario—. ¿No probarás?
—Stefan —corrigió con filo de navaja—. Recoge esto y tíralo.
Bajé la mirada, sumisa.
—¡Es un ingrato! —protestó Mario.
—¡He dicho que no! —Su puño golpeó la mesa haciendo saltar los cubiertos—. Y tú, deja de hacer tonterías.
—Sí, señor...
—¡Stefan! —rugió.
Al alzar la vista, descubrí el hilo escarlata que escapaba de su labio inferior.
—Sangras —musité.
Su mano envolvió mi muñeca con una mezcla de fuego y terciopelo. Un escalofrío me recorrió.
—¡No me toques! —siseó—. ¡Mario!
Mientras el médico regañaba al herido, guardé los pancakes en recipientes herméticos. Tarde o temprano probarás mi dulzura, Stefan Volkov, pensé con obstinada esperanza.
El jardín trasero era un caos de rosales silvestres y hierbas rebeldes. Entre ellas, reconocí las hojas dentadas de la árnica y las flores blancas de manzanilla. Dante correteaba tras las mariposas hasta que el hastío lo devolvió al castillo.
De regreso en la cocina, destilé las plantas en alcohol etílico hasta obtener un líquido ámbar. Al subir a la habitación de Stefan, sus gritos retumbaban:
—¡Maldición, duele!
—¡Deja de ser un niño! Si te cambiaras las vendas...
Llamé a la puerta con nudillos temblorosos.
—¡Fuera! —tronó desde dentro.
Mario abrió, aliviado.
—Justo a tiempo, princesa.
—¡Ella no debe entrar! —protestó Stefan.
Ignoré la orden. La herida que surcaba su rostro desde la sien hasta el mentón supuraba entre puntos negros. Sin vacilar, desinfecté mis manos y humedecí gasas con el tónico.
—¿Qué es ese líquido? —preguntó Mario mientras yo aplicaba suaves toques en la piel inflamada.
—Una infusión de árnica y lavanda —respondí—. Calmará el dolor.
Bajo mis dedos, los músculos de Stefan se relajaron como cera al sol. Trabajamos en silencio, cosiendo puntos rebeldes hasta que un vendaje limpio cubrió la cicatriz. Al terminar, su respiración era profunda.
—Por fin duerme —susurró Mario al retirarse.
Arropé a Stefan con una manta de lana escocesa. Sus dedos rozaron mi brazo en un gesto inconsciente.
—Gracias... —musitó ronco, semidormido.
—No fue nada.
Al abrir los ojos, la dureza había regresado:
—Pero no te quiero cerca de mí. ¿Entendido?
Asentí. Fuera del cuarto, apoyé la espalda contra la puerta de roble tallado. Mi corazón acelerado dibujó una sonrisa en mis labios. Demasiado tarde, Stefan Volkov. Ya estás bajo mi piel.