Estoy llegando a mi puerta cuando lo escucho hablar otra vez.
- ¿Así que somos vecinos, niña? – Está parado en el umbral de su puerta, me mira y comienza a caminar hacia mí, con su polera ya puesta, mientras yo estoy abriendo mi habitación.
- En tus sueños y en mis pesadillas. Voy a pedir mi cambio. - Quito mi mirada de él, maldito Adonis, se ve demasiado bien.
- No lo autorizaré. - Su arrogante sonrisita idiota otra vez.
- ¡Ja! No puedes hacer eso.
- ¿No sabías que McCaine se va a dedicar sólo a los reclutas y que yo me voy a dedicar a la administración de la base? Que triste, tendrás que verme la cara todos los días. Vete acostumbrando.
- Idiota. - Digo mientras me giro para mirarlo por completo.
- Molesta. - Sonrisa otra vez. Cretino.
- Antipático.
- Odiosa.
- Vete a la mierda. – Digo enojada demasiado cerca de su rostro.
- Pues… tu igual. – El sonríe y lo dice tan tranquilo.
Se nota que sólo yo soy la afectada de nuestra pequeña discusión ¿Que diablos me está pasando? Yo no soy así, no lo he sido nunca, no entiendo que es lo que me sucede cuando está cerca de mí.
Uuuy, cretino idiota.
Entro en mi habitación cerrando la puerta en su cara.
Maldito infeliz, lo odio, no puedo creer que yo pueda ser capaz de odiar, pero juro que a ese miserable lo odio con el alma.
A la hora de la cena, todos estamos sentados esperando a que los oficiales mayores y tenientes, junto al capitán América lleguen y nos permitan comer, modales del ejército, si ellos no dan su venia, nosotros no podemos cenar.
- ¿Cuánto tiempo más tendremos que esperar a su majestad?
Todos me miran sorprendidos, si, de seguro nadie está acostumbrado a que yo me exprese así de alguien pero de verdad que ese tipo saca lo peor de mi.
- ¿Qué? - Marcos me mira sorprendido.
- Nunca te había escuchado hablar así. ¿Sucede algo, Lily? – Pregunta Fran, una de mis mejores amigas en este lugar.
- Si, es verdad, no sabía que le tenías tan mala a alguno de los recién llegados. ¿Qué pasó ahí, chica? – Esa es Sofía.
- No puedo creerlo, no puedes tenerle mala al hermoso de Ian. – Casey es quien habla y por lo visto, ya se flecho del cretino, aunque a Casey le llaman la atención muchos idiotas de aquí.
- No deberías referirte a tu superior así, puedes tener problemas con su majestad.
Digo sin mirarla, mi vista está fija en mí comida.
- ¿Su majestad? – La voz de Trent desde atrás me sorprende demasiado.
- Yo… - Demonios, maldita boca, se manda sola.
- Dirígete al patio Díaz, quiero 30 sentadillas y 30 abdominales. Voy a supervisar personalmente esta petición.
- ¡Señor, si, señor! – Me paro rápidamente y troto hasta llegar al patio en el que, obviamente, despotrico un poco en contra del idiota de mi superior.
¿A qué vino semejante hombre a molestarnos? Estábamos tranquilos sin su odiosa presencia y ahora parece que quiere una lucha constante conmigo, sólo por haberlo llamado idiota, cómo si todos los demás en el salón no lo hubiesen hecho.
Diablos, no quiero que me vuelva a sancionar. Me arrodillo en la tierra y coloco mis manos para apoyarme y comenzar a hacer mis 30 odiosas flecciones, no quiero hacer abdominales, es lo que hay.
- 1 señor, 2 señor, 3 señor, 4 señor… - Y sigo sucesivamente hasta llegar a 30. Me paro y me coloco en posición de sentadillas.
- Veo que al menos haces lo que se te ordena.
Me sorprende la voz de Trent, quién está sentado en un tronco comiendo una manzana claramente en una mofa a que yo no puedo comer, pero lo ignoro, no quiero saber nada del cretino que me dejó sin comer. Aunque no tendría estos problemas si no tuviera esta gran bocota.
- Ah ¿Ahora decidiste callarte? – Dice cuando ve que no contesto, y es que definitivamente prefiero no volver a cruzar palabra con el teniente Trent.
- ¿Funcionas así? ¿Hablas cuando no debes y te callas cuando debes hablar? – Vuelve a decir divertido.
- Vamos Díaz, no puedes ser tan egocéntrica, el mundo no gira a tu alrededor.
- Ok, ven, siéntate aquí.
- Ni en un millón de años me sentaría junto a usted. - Digo tontamente.
- Ah, veo que volvemos a tratarnos de usted, me parece muy bien.
- Si no hay nada más, prefiero terminar mis sentadillas. - Sigo sin mirarlo.
- Oh, claro que hay más, siempre hay más contigo. Ven, te traje una manzana.
- No quiero nada que venga de usted.
Se para y se coloca a mi lado tomando mi brazo, cuando me voltea, me coloca una manzana roja en la mano que tengo vacía.
- Come, eso también es una orden.
- Tome su manzana, castigos son castigos. – Le entrego la manzana en las manos.
- Te la comes tú o te la doy de comer yo.
- ¿Qué? – No entiendo que diablos quiere decir con eso, hasta que me gira y coloca la manzana, que ya estaba mordiendo, en su boca para sacar un trozo.
- O comes o te hago comer como a los pájaros. - Diablos, las mamás pájaros le dan de comer en la boca a su cría.
- ¡Estás loco, Trent! - Grito molesta.
- Buen punto, aunque nací loco y detesto que me lleven siempre la contraria. Haz lo que digo. - Me muestra la manzana que tiene en la mano.
- ¿Y eso le haría mejor a tu hombría? - Pregunto molesta.
- No tienes ni idea de lo que le podría hacer mejor a mi hombría en este momento. Ahora come.
Me vuelve a colocar la manzana en la mano y se voltea para irse.
- ¡Señor! – Digo antes de que se vaya.
- ¿Si, Díaz? - Responde sin voltear.
- Gracias. - Ok, si, esa soy yo.
- ¿Ya quieres ser mi amiga? - Pregunta coqueto el muy miserable.
- Ni lo sueñe. - En tu cara, Trent.
- Me imaginaba. – Se ríe y se aleja.
Ambos nos hemos declarado la guerra sin decir ni una sola palabra pero eso no quita que reconozca cuando tiene un buen gesto conmigo.
Hoy nos toca salir a terreno, estamos casi listos con todos los detalles y Trent se coloca al lado de nuestro grupo para hablarnos.
- No quiero contagiados, no quiero heridos y no quiero bajas, quién tenga algún problema que se dirija a mi de inmediato.
- ¡Gracias, señor! – Gritamos todos mientras nos cuadramos ante Trent.
Salimos del recinto y comenzamos a caminar hasta unos autobuses que están a nuestro costado derecho, Trent está asignando los grupos que irán en cada autobús. A mí me asigna con Sofi y con Marcos, mi amigo que es bastante apuesto pero, según Sofi, muere por mi, aunque asumo que sólo es por mi cabello colorado y mis ojos grises que hacen juego con mi piel algo maltratada por el sol.
- Díaz, te vienes conmigo. – No alcanzo a escuchar nada antes de eso, de pronto la voz de Trent me saca de mis pensamientos.
- ¡Si señor! – Me acerco hasta donde está Trent y Marcos me toma del brazo.
- ¿Quieres que cambiemos? Puedo ir contigo si no tienes pareja.
- Los equipos los armo yo. – Trent mira a Marcos con mala cara mientras los 4 compañeros que llegaron con Trent se cuadran listos.
- Está bien, Marcos, voy bien. – Le digo sonriendo.
- Ten mucho cuidado, Lily. Te veo allá. – Marcos suelta mi brazo mientras me acaricia los dedos.
- Tu igual.
Me alejo de Marcos y él se va con Sofía mientras yo me uno al grupo de Trent.
Diablos, un retroceso.