Capítulo 4

2753 Words
En medio del caos el taller solía ser un refugio. Pero hoy, con dos desfiles pautados para la próxima semana, era imposible siquiera pensar.  Llevo dos horas intentando plasmar en una suave tela de chiffon la idea que Mónica me pasó de último minuto, segura de que el diseño necesitaba un cambio. Sólo que por mucho esfuerzo que le ponga, nada termina de lucir como debería. Para este punto he agotado el noventa por ciento de mi paciencia, tengo el ceño profundamente fruncido y muchas ganas de gritar. —Te traje un energizante, deberías tomarlo. Tara dejó la bebida en el borde de la mesa, sentándose sobre mi silla con pesadez. Observé la lata con fijeza, detallándola como si estuviese trucada. No recuerdo cuál fue la última vez que alguien se tomó el trabajo de ir hasta donde yo estuviera para darme algo similar. Mejor dicho, no creo haber querido recordarlo. —Gracias, pero dudo que haga falta. —Pasaste toda la noche despierta, Heaven. —¿Y? me siento bien. —Pues no parece. Hace un rato tiraste todos los alfileres al piso, y chocaste con la pared de enfrente de camino al baño. —Eso fue intencional. Todavía me duele la nariz. —Ya, claro. —Oye, ¿no tendrías que estar haciendo algo más productivo que irritarme? —Sí, por supuesto, pero para ello necesito que tú termines eso—señaló el montón de tela que había extendido sobre el suelo frente a mí, tratando de idear la forma correcta de fruncir un lateral. Entonces suspiré, cubriéndome el rostro con una mano. —Lo siento… es que no le encuentro sentido a esto. —Es el vestido principal. Sin ánimos de presionarte; debe quedar perfecto. Cuando alguien dice “La perfección no existe”, Mónica siempre replica “Pues nosotros la inventamos”. Ese es el lema. Lo primero que hay que tener presente una vez se cruzan las puertas dobles de la entrada. Su nivel de exigencia es tan alto que asusta. Quizás se arriesga más que el resto, dando muchas oportunidades a personas con capacidades dudosas, pero ella misma se asegura de obtener lo mejor. —Lo sé. No tenía sed, ni ganas de nada aparte de terminar, pero pensé que valía la pena seguir retasando lo inevitable un poco más. Destapé la lata y le di un sorbo, la bebida burbujeó en mi boca antes de quemarme la garganta. Tara ya había perdido el interés en mí, de modo que ahora se dedica a teclear algo en su teléfono. —¿Crees que Ruel se parece a Leonardo DiCaprio de joven? —No lo sé, tendría que compararlos.  —Mi novio dice que no, pero yo pienso que son idénticos. Deposité el envase metálico de vuelta al lugar en el que estaba. Tara tecleó aun con más furia, como si la fuerza con la que golpeaba la pantalla pudiera darle algún sustento a su argumento.  Lo siguiente ocurrió, dentro de mi cabeza, a cámara lenta; me surgió la repentina necesidad de analizar el progreso de los demás, quizás para consolarme pensando que con suerte no soy la única atrasada, y giré hacia la mesa adyacente. No vi demasiado, todos trabajaban en sus piezas, pero nada estaba lo suficientemente listo como para que tuviera una forma definida, y entonces me volteé de vuelta. En un movimiento no premeditado, y bastante estúpido, mi mano impactó de pronto contra la bebida, que cayó en medio de un estrepito antes de empezar a derramarse. Durante un segundo no reaccioné, asimilando lo que pasaba, pero entonces noté que el líquido naranja se expandía rápidamente por el suelo, encontrando su camino hacia la tela. Tara salió disparada de la silla en cuanto captó la situación, tirando de la tela con desesperación. Pero era tarde. El dobladillo se había manchado. —Maldición. Mantuve la mirada fija en el desastre. Desde el primer segundo fui consciente de lo que todo eso suponía, pero ni siquiera logré articular. Por otro lado, Tara sacudía la pieza con frenesí, soltando todo tipo de insultos al aire. Quise pedirle que se calmara, sólo para poder encargarnos del problema antes de que fuera notado por todos, no obstante, primero escuché la voz de la última persona que habría querido enfrentar en ese preciso instante. —Chicas, ¿todo en orden? Tara se congeló. En contraposición, yo por fin reaccioné, dando un pequeño respingo en el sitio. —¿Me oyeron? Pregunté si… La mirada de Mónica se estancó en la tela que mi compañera sostenía. Ambas la observamos con cierto temor, notando que se le había endurecido el rostro. Intuí que su nivel de estrés se había disparado compulsivamente, pero no estalló como cabría esperar. —¿Quiere alguna de ustedes explicarme cómo fue que esto pasó? Me di la vuelta para enfrentarla, aspirando una gran cantidad de aire. —Fue mi culpa. No quise hacerlo pero… Mónica alzó una mano, silenciándome. —Estela ha estado insistiendo bastante con el tema de darte vacaciones—dijo—, pero yo no había querido hacerle caso. Eres una de mis mejores diseñadoras y creí que sería otro año exitoso si contábamos contigo para los próximos desfiles, pero no es justo que te exija tanto. —¿Qué? ¿De qué hablas? Mónica, sólo fue un accidente, puedo arreglarlo y… —Mereces descansar… Necesitas hacerlo. Pensé en retenerte un poco más, hasta el final de último desfile, pero ahora creo que será prudente dejarte ir antes. —Le estás dando demasiada relevancia a algo que… —Esto nunca había ocurrido, Heaven. Sólo en tus primeros días. Y jamás fue algo tan serio como arruinar parcialmente la tela del vestido principal de la colección—abrí la boca, dispuesta a replicar, pero se me adelantó con otro gesto de su mano—. Estas semanas que pasaron has estado tan distraída… como si no estuvieras del todo presente, y así no me funcionas. —Mónica… —Lo siento, cariño. Oficialmente estás de vacaciones. Y no hay nada que puedas decir para convencerme de lo contrario—apoyó una mano sobre mi hombro, ofreciéndome una pequeña sonrisa apenada—. Míralo de esta forma; sólo serán tres meses. El tiempo pasa más rápido de lo que creemos. Después de asentir ante lo último que recuerdo haber oído de sus labios, todo lo demás ocurrió como si mi visión estuviera empañada. Llegué a casa poco después; para Mónica el tema de las vacaciones tenía efecto inmediato, y todo el camino estuve preguntándome qué se supone que haría con tanto tiempo libre. Emmerit seguía en la universidad, de modo que el departamento se sintió mucho más solitario de lo que habría preferido. Escanear la habitación y darme cuenta de que en realidad no se me ocurría algo para hacer allí tan temprano me aturdió un poco. Mi rutina era prácticamente inalterable, sin ella… fue como perderme. Respiré hondo antes de dejar mis cosas cerca de la entrada. Pensé que sería buena idea prepararme algo de comer, sólo para pasar el rato, así que abrí los estantes y sopesé la posibilidad de buscar alguna receta por internet. —De acuerdo, no seas ridícula… Todos sueñan con tener vacaciones, no es una tortura, estarás bien. Observé mi reflejo en el espejo, tras recordar que, según una serie que vi hace tiempo, es terapéutico afirmar cosas positivas para ti misma. Pero lo cierto es que no me sentí mejor. Giré sobre mi costado, sobre la cama, para quedar con la mirada en el techo. Al final ni siquiera encontré la motivación necesaria para preparar algo más que cereal con leche. Le daba vueltas a muchas cosas y no me concentraba verdaderamente en nada. Me debatía entre salir a dar un paseo o forzarme a dormir cuando mi teléfono comenzó a sonar. Alargué un brazo hacia él, descolgando sin darle un vistazo al remitente. —Sí, bueno, estaba aburrido y de pronto pensé: ¡Hey! ¿Por qué no le alegramos la vida a Heaven? Supuse que ya estabas deseando oír mi voz, hermanita. —Me leíste la mente. —El sarcasmo no era necesario. —¿No? Bueno, lo tomaré en cuenta para la próxima. Collin rio con ligereza, me pareció que se movía. —¿Cómo has estado? —Bien, supongo. —¿Supones? —Mónica estuvo a nada de echarme. —¿Qué? ¿Por qué? —Arruiné un vestido importante, pero en su lugar… me dio vacaciones. —¿Y puedo saber por qué haces que eso último suene como una tortura medieval? Solté un suspiro. Estaba segura de que mi tono había sido neutral, pero incluso en la distancia Collin puede leerme.  —Es que no sé qué hacer con tanto tiempo libre. —Uh, ¿quizá vivir tu vida?—resoplé, pero Collin pareció inspirarse con sus propias palabras—. Blom, desde que llegaste a ese lugar has estado trabajando sin parar. Ni siquiera creo que conozcas la mitad de la ciudad, esta es la oportunidad perfecta para hacer turismo, tomarte un tiempo para ti misma… Estoy seguro de que no es tan malo. Podríamos hacer una búsqueda por internet de sitios interesantes a los que… Me senté de golpe, con una idea titilando dentro de mi mente. —Collin… ¿Y si voy a casa? Hubo una pausa prolongada. —¿A casa? O sea ¿Aquí? —Sí… Tengo algunos ahorros, y creo que ya es tiempo de que nos reunamos ¿no? Porque hace meses que no nos vemos y… ¿Es una locura? Collin sabe casi tan bien como yo lo que volver podría significar para mí; lo que en el pasado se resistía cada vez que pensaba en hacerlo. Nunca hemos hablado directamente sobre uno de los motivos principales que me trajeron a esta ciudad, ni acerca de todo el proceso que he tenido que pasar para poder superarlo. Al principio yo no poseía la fuerza de voluntad necesaria para enfrentarlo, de modo que todos mis conocidos evitaban mencionar cualquier cosa referente por empatía, luego… No lo sé, se volvió normal evadirlo, fingir que no pasó, tal vez porque nunca estuve del todo segura de que ya no me dolía hasta que empecé a salir formalmente con Josh. En lo que a mi hermano respecta, yo todavía podría sentirme agobiada sólo por pensar en regresar. Lo cierto es que hace mucho tiempo estoy en paz con el tema. —No, por supuesto que no. Es decir, ¿es lo que quieres? ¿Venir? —He estado pensando bastante en eso. No creo que sea algo del otro mundo, de todas formas.  —Pues a nosotros nos encantaría, Shelby se volvería loca si se lo llegas a comentar… —Entonces… Lo haré… Iré a casa. —¿Quieres que vaya por ti? Nos divertimos bastante la última vez, ¿no? La última vez yo estaba devastada. Pasé todo el camino llorando, o intentando no hacerlo. En realidad ni siquiera recuerdo con exactitud cada detalle de lo que pasó, pero puedo jurar que ese viaje fue todo menos divertido. —La pregunta no va en serio, ¿verdad? —Cierto, lo siento… a veces olvido que me costó contenerte para que no saltaras del auto en movimiento. —Muy gracioso. —Pero ¿sí o no, voy por ti? No tuve que pensarlo demasiado. —Sí. —¿Cuándo, mañana? —¿No es demasiado pronto? —Depende, ¿quieres tener tiempo suficiente para arrepentirte? —No, tienes razón. Creo que puedo comenzar a empacar ya mismo ¿no? —Claro, ¿hablamos después? —Te llamo más tarde—sonreí, repentinamente emocionada—. Collin, te quiero. —Yo te quiero más, hermanita. No olvides mandarle saludos de mi parte a Emmerit. —Ugh, Collin, olvídalo. Ella está con Jack —¿Formalmente? —No, pero eso es lo de menos. Yo quiero que sean novios, así que no dejaré que nadie se interponga entre ellos—dije, tratando de sonar intimidante. Sospecho que en una ocasión mi amiga y Collin se besaron, pero no es que alguno de ellos le dé verdadera importancia al tema. —¿Quién está hablando de interponerse? Jack también es atractivo… —Ay, Dios, en verdad eres insoportable. Collin se echó a reír. Yo tenía el ceño fruncido, pero acabé sonriendo con él. Yo seguía teniendo las mismas maletas que usé de equipaje la última vez que viajé, pero pensé que con dos sería suficiente. Me voy por una temporada y lo cierto es que hay pocas prendas de mi armario que actualmente me gusten. Aun así, rebusqué hasta el fondo para ver si de pronto encontraba algo que llamara mi atención lo suficiente como para llevarlo. Mis dedos rozaron algo suave y acolchado que no recordaba tener. Extraje la prenda con cautela, recurriendo a mi memoria para saber si es que yo había comprado algo de lana. Sitúe el trozo de tela frente a mi rostro, enfocándolo. Era un gorro. Azul. De Theo. Era la segunda vez que me lo encontraba por casualidad, tras haber olvidado su existencia, y no podría definir en una palabra lo que eso me hizo sentir. Fue extraño. Antes me habría echado a llorar, pero ahora… sólo me sorprendió. Recordé fugazmente todo lo que pasó la noche en la que Theophil lo perdió en mi casa, un poco nostálgica. Pese a que yo intentaba dejar en el pasado todo el tema de nuestra relación, aun me acordaba de las muchas emociones que me hizo sentir. Solté un suspiro, sacudiendo la cabeza. No era momento de sobre analizar el pasado. Tampoco es que fuera a influir en nada. Decidí guardar el gorro al fondo de la maleta, de todas formas. Una parte de mí se resistía a perderlo para siempre. Y luego dediqué el resto del día a escoger qué cosas podría necesitar y cuáles no. Se me ocurrió escribirles a mis mejores amigos para hablarles de mi plan, pero pensé que podría ser interesante sorprenderlos. Intenté imaginar, además, qué cara iba a poner Shelby cuando me viera. Dudaba sobre si debería ir a una tienda de regalos para comprar recuerdos y ese tipo de cosas que normalmente se regalan tras un viaje cuando oí que la puerta de la entrada se abría. —¿Estás en casa? —Sí. Salí de la habitación en su encuentro. Él estaba allí, de pie a pocos pasos de la puerta, y sonreía como nunca antes, cosa realmente sorprendente si tomamos en cuanta su habitual entusiasmo. —Mónica me llamó, dijo que te había dado vacaciones y que necesitaba que me asegurara de que no perdías la cabeza quedándote aquí encerrada durante los tres meses que estarás libre—alcé una ceja. Eso sonaba como algo que ella haría. Le tiene mucha confianza a Josh, y probablemente una cantidad aun mayor (y preocupante) a mí—. Así que también adelanté las mías para que pudiéramos pasar todo este tiempo juntos. Parpadeé, porque eso definitivamente no me lo esperaba. —¿Juntos? Es decir, ¿tu jefe simplemente accedió a darte vacaciones desde ya? —Fue un poco complicado convencerlo, pero ambos estuvimos de acuerdo con que lo merezco. —Yo… —¿No estás emocionada? En el camino estuve pensando en todas las cosas que podremos hacer… Josh cruzó la estancia a zancadas largas, rodeándome con sus brazos mientras dejaba la distancia suficiente para que pudiéramos vernos a la cara. De verdad está alegre. Y se veía tan precioso que decidí fingir por un instante que yo no había hecho planes ya. Le sonreí. —Por supuesto que sí. —¿Qué tal si pedimos pizza para cenar? Puedo quedarme un rato antes de que Gwen se ponga insoportable con eso de que no llegue de madrugada al departamento. —Por mí está bien. —Heaven… —¿Sí? —Te amo. Dejó un pequeño beso sobre la punta de mi nariz. La primera vez que le escuché decirme esas dos palabras entré en pánico. Nunca había llegado tan lejos con un chico, y no podía dejar de pensar que si no salía bien no sabría cómo enfrentarlo. —Yo te amo más. Me tomó de la mano antes de conducirnos al sofá. Así que, básicamente, ahora tenía una decisión que tomar; ir a casa o quedarme con Josh. Me angustió sentir que era una cuestión determinante, como si hubiera algo más encerrado en la opción que escogiera.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD