Capítulo 7

2008 Words
Valeria Mantengo la espalda recta y le dedico una sonrisa a la madre de Alonzo, que parece sacada de una revista. Es una mujer elegante, de cabello rubio que cae en suaves ondas hasta la mitad de la espalda, con unos ojos azules maravillosos y la sonrisa más perfecta que se pueda encontrar. A pesar de que ya ronda los cuarenta y tantos, se conserva muy bien, lo que la hace parecer mucho más joven de lo que realmente es. Eleonor es una mujer hermosa, sofisticada y, según las revistas, todo un ejemplo a seguir. Durante nuestra comida, solo habla cuando su esposo prácticamente se lo permite. La observo con curiosidad, porque, aunque ya tiene cierta edad, se ve muchísimo más joven. Realmente, el padre de Alonzo eligió a una de las mujeres más bellas que he tenido el placer de observar. Ella gira el rostro hacia su esposo y le sonríe. A diferencia de Eleonor, su esposo, el señor Fered Lennox, no se ve tan inalcanzable como ella. Es evidente que los años le están pasando factura; ni siquiera el tinte oculta del todo sus canas. Su cuerpo ya no es el de antes, y ahora lo oculta tras trajes de marca y joyas costosas. El cabello, n***o con algunas canas, está perfectamente arreglado; sus ojos marrones, sin embargo, son como los de un cazador: siempre parecen estar al acecho. Es muy intimidante. Para colmo, tengo a Alonzo observándome desde el otro extremo de la mesa. Cuando vengo a ver a mis suegros, Alonzo espera que sea perfecta. Por eso mantengo la espalda erguida, solo hablo cuando él me lo indica y sonrío todo el tiempo, como si me agradara estar aquí. Estar en la mansión Lennox es tan agotador como estar en casa. La diferencia es que aquí Alonzo está pendiente de cada uno de mis movimientos. No puedo cometer ni un solo error. Todo debe estar fríamente calculado, incluso las sonrisas que dedico. Si llego a equivocarme, Alonzo se enojará conmigo. En cuanto salgamos de aquí, me gritará, y así será por unos días, hasta que aplique su típica ley del hielo y me haga sentir culpable por dañar su nombre con mis fallos. Luego, yo pediré perdón y todo volverá a la normalidad. Ese es el patrón cada vez que vengo a casa de sus padres. Siempre es lo mismo. Por eso detesto venir aquí. Además, Fered Lennox nunca me ha agradado. Si hablar con su hijo ya es lidiar con un pequeño machista, hablar con él es como retroceder en el tiempo, a una época en la que la mujer solo servía para dar placer al esposo, ser un objeto más en la casa y cuidar de los niños. Fered habla de las mujeres como si fuéramos simples objetos que los hombres pueden usar, no como personas. Me repugna tanto ese hombre. Pero, aun sintiendo tanto asco, sé que mi madre me mataría si no logro agradarle. Según ella, tener la aceptación de Fered hará que nuestro círculo social mejore. No estoy interesada, pero tampoco tengo el valor de llevarle la contraria. Aunque este hombre me intimida y me resulta despreciable. —La comida está deliciosa —digo cuando Alonzo me hace una seña para que, por fin, use mi voz. El padre levanta la mirada y clava sus intimidantes ojos marrones en los míos. De inmediato siento ganas de esconderme de su vista. —Solo los mejores cocinan aquí. No aceptamos mediocres —responde con brusquedad. —Padre, ¿qué le parece Valeria? ¿Es una mujer digna de estar a mi altura? —pregunta Alonzo, mirándolo con devoción. Eleonor sigue comiendo en silencio, como si nuestra conversación fuera la cosa más aburrida del mundo, pero cuando la veo apretar el tenedor con fuerza, me doy cuenta de que se está conteniendo. El padre de Alonzo lo observa a él y luego me mira a mí. La forma en la que me examina hace que me tense; aunque intento mantenerme serena, no puedo. Me siento desnuda ante su mirada. No quiero pensar cosas que no son, pero este hombre parece imaginar cosas... que no debería conmigo. Las náuseas me invaden, pero intento aparentar tranquilidad. Miro a Alonzo, y la sonrisa en sus labios me deja claro que no tiene intención de hacer nada respecto a la mirada abiertamente intencionada de su padre. Más bien, parece orgulloso de haberme traído aquí. —No puedo verla bien si está sentada. Levántese —ordena con una voz tan pesada que me oprime el pecho. La advertencia en los ojos de Alonzo me deja claro que no puedo negarme. Por eso me levanto y doy unos pasos suaves. Él comienza a recorrerme con la mirada de pies a cabeza, y siento que palidezco. No me gusta esta situación, no me gusta lo que está ocurriendo aquí. Fered se lame los labios y suspira como si frente a él estuviera una obra de arte. Odio que mi madre me haya dado este vestido para venir. Es ajustado, con un escote de corazón sencillo, pero ahora mismo lo siento más corto de lo que es en realidad, y el escote, mucho más sugerente. —Nada mal, hijo. Si sigue así, podría ser parte de los Lennox. Veo que está bien educada —comenta antes de levantarse y empezar a pasearse detrás de mí. Trago en seco cuando roza levemente mi brazo, y controlo las náuseas que me invaden—. Sarah ha hecho un trabajo espléndido con ella. Me parece que ya tenemos a la futura señora Lennox. Callada, conservada, de buena familia... Es todo lo que nos gusta a nosotros, los Lennox. Valeria Campbell, tienes un futuro prometedor —susurra mientras pasa su mano por mi otro brazo. —Muchas gracias, señor Lennox. Es un placer escuchar tan maravillosas palabras —respondo en automático. Él parece conforme con mi respuesta y regresa a su lugar. —Me disculpo con todos, pero necesito ir al servicio —digo, y al ver la mirada afirmativa de Alonzo, camino con suavidad. Pero en cuanto me pierdo de su vista, corro hasta el baño y me encierro en él. Llevo una mano al pecho, tratando de calmar los latidos descontrolados de mi corazón. Me acerco al lavamanos, abro el grifo y me enjuago las manos. Miro mi reflejo: mis ojos abiertos, asustados; el rostro pálido; los labios temblorosos. No quiero esta vida. Unos golpes en la puerta me sobresaltan. Me esfuerzo por recomponerme y abro. El cabello rubio y los ojos azules de Eleonor me reciben. Sin decir una palabra, ella revisa a ambos lados del pasillo y se encierra conmigo en el baño. Sus manos van directo a mis hombros, y me mira fijamente. —Escúchame, niña, debes alejarte de esta familia ahora que puedes. Si llegas a casarte con Alonzo, te arrepentirás toda tu vida. Vivirás un infierno, dejarás de ser mujer para convertirte en una sombra —sus labios tiemblan—. Eres joven, hermosa... Vete lejos de esta vida de mierda, niña. Escucha mis palabras, porque aunque estés enamorada de Alonzo, eso no te salvará... eso solo te hundirá más. Mi hijo es igual que su padre. Por favor, por favor... no termines como yo —susurra antes de soltarme y salir, dejándome allí, con los ojos muy abiertos. ********************** —Tu madre me autorizó para que te quedes a dormir aquí esta noche —la voz de Alonzo me hace girar a verlo. Se acerca sonriente, como si fuera un modelo de revista. Antes solía hacerme contener el aliento, pero ahora su belleza ya no me impacta de la misma manera. Solo veo un rostro bonito que promete un futuro vacío. —Quería ir a casa —susurro. Estamos solos en la sala de la mansión Lennox, donde he pasado un día horrible, evitando mirar a la madre de Alonzo después de lo que me dijo, y tratando de no vomitar con cada insulto que ella recibía de su esposo. —Quiero dormir contigo —responde con tranquilidad—. Además, hace mucho que no te siento como lo que eres, Valeria: mi mujer —agrega en tono seductor. —Alonzo... yo... —Ven —me interrumpe. Quiero replicar, pero sé que será en vano, así que simplemente lo sigo. No quiero estar aquí. Quiero estar libre, sin barreras, con alguien que me escuche sin imponerme límites. Creo que sabes perfectamente con quién quieres estar. Es cierto. Después de esta noche, lo único que deseo es eso: libertad, risas, conversaciones, música. No quiero temer cada palabra o cada gesto. Quiero ir a casa. Y, si tengo suerte, encontrarme con Harry, tener una charla trivial con él. Me sentiría más cómoda con un hombre al que apenas he visto unas pocas veces, que con Alonzo, con quien llevo dos años y medio de relación. Cuando llegamos a su habitación, la observo como si fuera la primera vez. Es amplia, elegante, tan impecable que parece un crimen siquiera tocar algo. Cuando escucho el clic del seguro, me tenso. Intento relajarme, pero oigo sus pasos acercarse y luego siento el calor de su cuerpo detrás del mío. Alonzo comienza a besarme el cuello, luego me gira hacia él y me besa con brusquedad. Busco el ritmo de sus labios, pero él toma mi cabello con fuerza, tanta que me hace gemir de dolor. Él, confundiendo ese sonido con placer, continúa. —Alonzo, yo... Trato de hablar, pero él no me deja. Vuelve a besarme con más fuerza y manosea uno de mis pechos sobre el vestido. No me estoy sintiendo a gusto. No quiero tener intimidad con él. El sexo no me gusta. Hay alguna que otra buena sensación, sí, pero son solo momentos aislados. Todo lo demás es incómodo. Tener que esperar a que todo termine mientras finjo que me gusta, solo para no quedar como una mujer fría. Creo que el problema soy yo. Porque sé que Alonzo me ha engañado y que las otras mujeres han hablado maravillas de él. Así que el problema debe estar en mí. No en él. Quizás no soy buena en esto tampoco. Quizás por eso busca a otras mujeres: porque yo no sé cómo complacerlo. Quizás... solo quizás... el problema siempre haya sido yo, y no Alonzo, que al menos parece disfrutar de todo esto. Respiro hondo y trato de poner de mi parte, de dejarme llevar. Cuento los minutos en mi cabeza, buscando que todo acabe rápido. Y cuando termina, simplemente me visto en silencio, me acuesto en la cama y apago la luz. Alonzo, en cambio, se pone unos vaqueros y sale de la habitación. Sé que va a fumar. Me quedo mirando el techo, sintiendo la incomodidad en mi entrepierna. Hago una pequeña mueca. No fue bueno. Pero ya lo sabemos: la del problema soy yo. No él. Pienso tanto en eso que unas lágrimas pequeñas comienzan a deslizarse por mis mejillas. Las limpio con rapidez. La puerta se abre y Alonzo entra de nuevo. —No veo la hora de hacerte la señora Lennox —dice mientras se acerca. Me hago la dormida, pero lo escucho caminar suavemente por la habitación. —Tengo planes buenos para ti, Valeria —abre los ojos y al verme despierta, sonríe—. Eres mi mujer —susurra—. Y como mi papá te halagó, vas a recibir un regalo. Puede que no seas buena en la cama, pero serás buena esposa. Si hay que resolver lo otro por otros métodos, lo haremos. Yo siempre te aceptaré con tus fallas, cariño. Me incorporo en la cama y lo miro. —¿De verdad? —pregunto, con un hilo de voz. Él asiente con una sonrisa tranquila. —Estás llena de fallas, Valeria. Tu madre y todos lo saben. Pero yo te acepto así. No importa nada. Serás la esposa de Alonzo Lennox. Tendrás todo lo que siempre has querido. Me tendrás a mí —murmura, acercándose para besarme. Es cierto. Estoy llena de fallas. ¿Quién me aceptaría así?
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