Harry
—¿Por qué la cara larga? —La pregunta de Melissa me hace levantar la cabeza. Está sentada en las pequeñas escaleras de nuestra casa. Estoy en el jardín, intentando arreglar la bicicleta de nuestro vecino, un favor que me pidió su madre, una mujer que siempre que puede me trae pasteles.
—No tengo nada —respondo, concentrado en reemplazar una pieza en mal estado que tuve que quitar.
—¿Seguro? Porque lo que veo es una cara de cabreo —dice, divertida—. Déjame pensar qué podría cabrear a Harry Evans —ruedo los ojos y tomo el pañuelo que me tiende para limpiar mis manos.
—¿Te crees muy graciosa? —Todo lo que hace Melissa es reír.
—¿Qué pasó con nuestra nueva amiga? —pregunta—. Pensé que, después del concierto, la vería más seguido, pero ha sido todo lo contrario. No la he vuelto a ver. Me cayó muy bien y también a Paula. Sabes que, si alguien le cae bien a Paula, ya tiene un lugar en mi corazón —me giro hacia ella, que sonríe con ligereza.
—No lo sé —respondo con sinceridad—. Pensé que le agradábamos, pensé que disfrutó esa noche, pero desde entonces, cada vez que me ve, huye. Ni siquiera me dedica una mísera mirada —bufo con molestia, y Melissa me observa con curiosidad.
—¿Por qué te molesta tanto? —cuestiona—. ¿Te gusta?
No respondo, porque ni siquiera yo lo tengo claro. No hace mucho que la conozco, pero debo admitir que he disfrutado mucho de su compañía: sus sonrisas cálidas, su mirada curiosa y, sobre todo, esas charlas casuales que me permiten conocerla más.
Valeria Campbell es una mujer llena de vida, pero con muchas ataduras. Recordar la noche del concierto me lo confirma. Parecía tan relajada entre desconocidos, ni siquiera en aquella fiesta de alta sociedad se veía así. Sé que no me equivoco al decir que necesita escapar de esa realidad que la está ahogando. Me preocupa que no logre con todo y termine como…
Alejo esos pensamientos y suspiro con fuerza. Una de las cosas que me gustan de Melissa es que sabe cuándo respetar el silencio. Por eso, aunque sé que quiere saber qué está pasando entre Valeria y yo, sigue esperando a que sea yo quien hable.
—Ella me gusta —confieso—. Es raro. Soy de los que solo aceptan que alguien les gusta cuando ya la conocen a fondo. Sin embargo, Valeria tiene eso que quiero despertar. No sé si es su pasión, sus ganas de soñar, de volar, pero quiero despertar esa parte de ella que aún duerme. Quiero despertar la valentía de tomar las riendas de su vida.
Melissa me palmea el hombro con suavidad.
—Sabes que te apoyo en todo, pero Valeria tiene pareja. La vi en una revista, y su novio es uno de esos ricachones que todas codician. No es por rebajarte, pero sabes que no tolero a los que se entrometen en relaciones ajenas —me observa con seriedad—. No quiero que te rompan ese enorme corazón que tienes. Sueles dar demasiado y recibir muy poco, Harry. Amas ver el lado bueno de las personas, pero en ese proceso, tú mismo te atas la soga al cuello. No quiero verte sufrir —asegura.
La atraigo hacia mí y le doy un abrazo.
—No lo haré, tú tranquila. Te demostraré que todo estará bien —ella me sonríe—. Además, ese novio que tiene Valeria no me convence. No lo sé, hay algo en él que no me agrada.
Melissa se queda en silencio justo cuando se abre la puerta de la cocina. La cabellera oscura de mi madre aparece y sus ojos color miel se clavan en mí.
—Hice bocadillos. Dejen de estar ahí y vengan. Además, Harry, hoy también tienes que suplir a tu padre —frunzo el ceño.
—Me dieron el día libre, ¿cambiaron de opinión? —mamá asiente, se acerca a mí, me besa la frente y pellizca la mejilla de Melissa.
—Al parecer, cariño. Melissa, ¿dónde dejaste a Paula? Quería darle un pequeño pastel que me pidió —Melissa sonríe encantada.
Mamá nunca tuvo problemas con saber que a Melissa le gustaban las chicas, todo lo contrario a la madre de mi amiga, quien aún está tratando de aceptar su relación con ella. Descubrir la orientación s****l de Melissa causó mucha conmoción. Al principio, su madre intentaba persuadirla, alegando que solo estaba confundida. Pero al ver la determinación de su hija, comenzó a criticarla y atacarla. Cuando Melissa ya no pudo más y se fue de casa, su madre se dio cuenta de que, si seguía así, terminaría por perderla. Por eso, decidió intentar acercarse a ella, entendiendo que, aunque le gustaran las chicas, seguía siendo su pequeña.
Mi madre, en cambio, jamás tuvo problemas con eso. Siempre apoyó a Melissa, porque para ella, Melissa también es una hija.
—Ella me dijo que pasaría el día con su padre, pero puedo llevárselo y dárselo. Irá más tarde al departamento —responde mi amiga, y mamá le sonríe.
—Entonces lo empacaré. Cariño, ve a cambiarte. Ya sabes que la señora Campbell no tolera irresponsabilidades —asiento, comprendiéndola.
—Ve, guapo. Yo iré a comer esos deliciosos bocadillos —dice Melissa, poniéndose de pie y escapando hacia la cocina para devorar todo lo que mamá preparó.
Suspiro y me levanto. Tengo cosas que hacer, pero lo que más espero es poder hablar hoy con esa hermosa chica que se ha dedicado a huir de mí. Últimamente, mis pensamientos giran demasiado alrededor de Valeria. Su sonrisa, su voz, la forma en que se expresa conmigo, incluso sin darse cuenta.
¿Cuánta valentía habrá en ella? ¿Cuánta pasión podría hacerla despertar? Sé que tiene dos interruptores que pueden encenderla: los libros y la fotografía. Lo vi en sus ojos aquella noche, cuando me habló de eso.
Sabiendo ya por qué camino debo ir, me dirijo a mi habitación para darme una ducha rápida.
Hoy no pienso dejarte escapar.
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No soy muy sociable con los empleados de la mansión Campbell. En primer lugar, porque parecen monitorear todo lo que sucede solo para contárselo a la señora Sarah. En segundo, porque todo lo que hacen a escondidas es criticar de una forma terrible a Valeria. Pareciera que cada uno de ellos está atento a lo que ella hace para señalarla. No entiendo qué sucede en este lugar, pero parece que todos están en contra de esa hermosa criatura de ojos verdes.
Continúo con mi labor, tarareando una canción al notar que estoy solo. El sol brilla con fuerza y admiro el trabajo espléndido que papá ha hecho, porque este jardín parece sacado de un comercial.
La tranquilidad que se respira me hace suponer que los dueños no están en casa, y que Valeria, posiblemente, está con el novio que tiene. Saber esa información no sé por qué me sienta tan mal, pero trato de enfocarme en mi trabajo para poder salir temprano.
Las horas pasan y no veo rastro de ella en ningún momento. Me pregunto si realmente no está en casa. Hago una mueca y maldigo un poco cuando una de las chicas de limpieza me moja por accidente. Ella abre los ojos, sorprendida, deja caer la cubeta que llevaba y corre hacia mí.
—¡Dios mío! Lo siento mucho, juro que no te vi —dice, visiblemente apenada. Hago otra mueca al darme cuenta de que ahora huelo mal.
—¿De qué era esa agua? —pregunto, alejándome un poco y empezando a quitarme la camisa que llevaba. Me la saco y la lanzo al suelo. Giro hacia la chica, que no parece tener más de veinte años. Ella abre los labios, sorprendida al verme, y frunzo el ceño.
—Lo siento, de verdad, no te vi —repite mientras toca mi pecho. Le aparto la mano con suavidad; lo último que quiero es causar una mala interpretación de la situación—. Puedes quedarte en el cuarto de limpieza mientras lavo tu ropa. Estoy muy apenada, solo quería terminar rápido para irme —hace un puchero que la hace ver tierna y también un poco rara.
Suspiro con fuerza, tratando de dejar de lado la molestia, y asiento. Ella me da una leve sonrisa antes de tomar mi camisa y comenzar a guiarme. Habla de no sé qué cosas —más parece un monólogo que una conversación— así que no la interrumpo.
—Puedes tomar un baño primero. Veré qué puedo conseguirte. Estos baños casi nunca se usan, así que disfruta. Te traeré la ropa cuando esté lista. Una vez más, lo siento mucho. Soy Cindy —me tiende la mano y se la estrecho. Tiene una cara aniñada, pero unos ojos que parecen estar muy despiertos—. No tardo —me sonríe, y yo suspiro al entrar para quitarme los vaqueros y dárselos a Cindy.
Una vez desnudo, no dudo en meterme a la ducha. Abro la llave y disfruto de sentir el agua fresca sobre mi piel. Hago una mueca de asco: huelo a pescado podrido. Me baño un buen rato, y luego escucho la voz de Cindy avisándome que tiene una toalla para mí.
—Gracias —digo al abrir un poco la puerta para tomarla. Me la enrollo en la cintura. Me miro al espejo, sintiéndome algo cansado. En la mañana me ofrecí como ayudante en un comedor infantil, y los niños tienen demasiada energía. Demasiada, en serio.
Unos leves toques en la puerta me hacen caminar hacia ella y abrir. Unos ojos verdes me observan, sorprendidos, antes de desviarse rápidamente hacia mi cuerpo. Veo la intención en ella de salir huyendo, así que esta vez soy más rápido: envuelvo mi mano en su muñeca y la hago entrar conmigo al baño. Valeria se suelta, y su rostro se pone completamente rojo mientras me mira a los ojos.
—Hola a ti, Valeria. Es extraño verte aquí, considerando que pareces estar huyendo de mí —digo con tranquilidad. Ella cruza los brazos a la altura del pecho y me mira desafiante. Es la mirada de alguien que quiere defenderse con desesperación.
—Hola a ti, Harry —es todo lo que dice, apartando sus ojos de los míos—. No tengo que huir de nadie. Simplemente estaba ocupada. Ahora no lo estoy, así que pasé a saludar.
Suena tan como su madre que no puedo evitar observarla con curiosidad, pero el sonrojo en sus mejillas me da la respuesta: por mucho que quiera parecerse a ella, no lo logrará. Valeria tiene un espíritu hermoso. Es más que palabras vacías y sonrisas fingidas.
—¿Hice algo que te incomodó? —no puedo evitar preguntar. Sus ojos se abren ligeramente y ella niega. Me gusta cómo las hebras rojizas sobre sus hombros se mueven con suavidad con cada gesto que hace. Valeria realmente parece una muñeca de porcelana. Todo en ella grita perfección, y es hasta aterrador lo encantadora que puede llegar a ser.
Me acerco a pasos lentos. Ella retrocede. Cuando estoy justo frente a ella, no puedo evitar inclinarme un poco. Sus labios carnosos se abren y un suave aliento fresco choca contra mi rostro. Se ve tan hermosa y tan…
Mierda.
Mis pensamientos están tomando un rumbo que no deberían.
—No me incomodaste. Simplemente estuve muy ocupada —dice colocando sus manos sobre mi pecho, intentando alejarme. Pero su toque cálido sobre mi piel fría provoca todo lo contrario: me deja estático. Un escalofrío me recorre, mis ojos buscan los suyos y me quedo atrapado en ellos. Ella parece tener el mismo problema.
—Te creo —susurro. Su sonrisa, sin embargo, me lo confirma: está mintiendo.
—Miento —responde con honestidad, y asiento.
—Lo sé.
Ella no se aleja. Se acerca un poco más, sin despegar sus manos de mi pecho. Me mira tan de cerca…
—¿Por qué entonces no me tratas como la cobarde que soy? —pregunta con una voz tan suave, tan triste, que me recuerda las cadenas que carga, esas que yo deseo romper.
—Porque no creo que seas una cobarde. Todo lo contrario, Valeria. Veo un valor increíble en ti.
Ella baja la mirada, como si mis palabras fueran demasiado, y luego la eleva de nuevo, con una especie de asombro en la mirada.
—Eres realmente... extraño —susurra.
Sonrío.
—Mira quién lo dice.
Mi mano pica por tocarla, así que la elevo lentamente hasta su mejilla, palpando la suavidad de su piel. Ella cierra los ojos, y el contacto de sus manos sobre mí, de mi mano sobre ella, se siente tan bien, tan correcto, aun cuando sé lo equivocado que puede ser esto. Un error enorme. Y sin embargo, no quiero alejarme.
—Eres tanto…
—No estoy muy seguro de a qué te refieres con eso —confieso con una sonrisa leve, disfrutando el roce de nuestra piel. Valeria respira hondo, y me es inevitable mirar sus labios. Tan hermosos. Ese rojo que parece no necesitar pintura.
Valeria es la perfección hecha humana.
—Harry, entraré. Aquí tengo tu ropa —la voz de Cindy rompe el momento y nos arrastra de nuevo a la realidad.
Valeria palidece. Abre los ojos con una expresión de absoluto terror.
Mierda.