La noche había caído como un manto de terciopelo sobre el ático, y la única luz que iluminaba el lugar era la del pequeño candil que Fernanda mantenía encendido junto al espejo. El diario descansaba en sus manos como un tesoro frágil y cargado de secretos. Leónidas aparecía del otro lado del cristal, su reflejo más real que nunca, con el ceño levemente fruncido y los ojos brillantes por la ansiedad de lo que iba a escuchar.
—¿Lista? —preguntó Fernanda, acariciando la primera página con suavidad, como si tocara una herida que aún no sanaba.
—Siempre que se trate de ti —respondió él.
Ella sonrió con tristeza y comenzó a leer en voz baja, dejando que las palabras cobraran vida en el aire tibio del ático.
“Día 12 del Ocaso: Hoy volví a soñar con ella. Sé que no me recuerda, no en esta vida. Pero cuando la vi cruzar la plaza con su bufanda roja, supe que era ella. Siempre lleva ese color cuando su alma está inquieta. Me ignoró, claro. En su mundo yo aún no existo. Pero en el mío, llevo siglos esperándola.”
Fernanda tragó saliva, sintiendo cómo las palabras se deslizaban por su piel como una corriente eléctrica. Leónidas escuchaba sin parpadear, como si cada frase pronunciada le hablara directamente al alma.
“Día 23 del Eclipse: He hallado un espejo igual al que tuve en la vida anterior. Lo instalé en el ático, justo donde solíamos reunirnos a escondidas. A veces, cuando la noche es lo suficientemente oscura, veo su reflejo… pero es más joven. Más feliz. Como si estuviera viviendo una versión de nosotros sin tragedias. Y aun así, su mirada me busca.”
Fernanda alzó la vista, y sus ojos se encontraron con los de Leónidas al otro lado del cristal. El silencio se volvió denso, cargado de una emoción que no necesitaba explicaciones.
—Es como si estuviéramos leyendo nuestras propias vidas —susurró ella.
—O nuestras otras vidas —agregó él, apenas audible.
“Día 41 del Equilibrio Roto: Ella empezó a escribirme. No en papel, sino en sueños. Me dejó palabras bajo la lengua, caricias en la memoria. Una noche, sentí sus dedos acariciarme la nuca. Me desperté llorando. El perfume que usaba… estaba en mi habitación.”
Fernanda se estremeció. No era solo la historia escrita en tinta lo que le erizaba la piel. Era la certeza de que las emociones descritas coincidían con las suyas. Los sueños compartidos. El calor que no se podía explicar. El roce de un beso que jamás sucedió… pero que ambos recordaban.
—¿Crees que ellos también estaban atrapados entre mundos como nosotros? —preguntó ella.
Leónidas asintió lentamente.
—O que eran nosotros. En otro tiempo, con otros nombres…
“Última entrada: El Guardián me advirtió que no todos los reflejos son puentes seguros. Que algunos solo devuelven lo que el alma teme. Pero no me importa. Si tengo que cruzar mil veces por ella, lo haré. Porque el amor que sentimos no está hecho de esta tierra. Está forjado en algo más profundo, más antiguo. En algo que ni el tiempo ni la distancia pueden romper.”
Fernanda cerró el diario con delicadeza, como quien guarda una reliquia sagrada. Un silencio lleno de ecos y ternura flotó entre ambos.
—¿Crees que nosotros podamos tener un final diferente? —preguntó ella, al borde de las lágrimas.
—No lo sé —respondió Leónidas—. Pero si existe una forma, la encontraremos. Aunque tengamos que leer todos los diarios del universo.
Ambos sonrieron con el alma rota y encendida a la vez. Y por primera vez en días, el reflejo del espejo no parecía un límite, sino un hilo invisible que unía dos destinos separados por la realidad, pero entrelazados por algo mucho más poderoso: la fe en su amor.
Y en la última hoja del diario, escrita con tinta casi desvanecida, una frase susurró como promesa:
“A veces, el alma recuerda antes que el cuerpo. Y el corazón… siempre sabe a quién pertenece.”