El colgante de cristal pulsaba suavemente contra el pecho de Fernanda, como si tuviera vida propia. Desde que Éshar desapareció, el ático parecía haberse transformado en un santuario silencioso. Cada noche, la madera crujía como si respirara. Cada sombra parecía arrastrar un susurro.
Fernanda subía a esperar saber de su amado ya que Leónidas había salido a buscar más respuestas en los libros antiguos del pueblo. Pero ella… ella necesitaba volver. El espejo la llamaba.
La luz tenue de una vela temblaba en su mano. Frente al cristal, Fernanda se arrodilló y colocó el colgante justo en el centro. El frío del vidrio le acarició la piel. Cerró los ojos.
—Si puedes oírme… si aún estás allí… háblame —susurró.
El reflejo no respondió al principio. Solo devolvió su imagen: cansada, melancólica… sola.
Pero entonces, algo cambió.
El vapor comenzó a subir por el borde del espejo como si alguien respirara desde adentro. Y luego, con lentitud, letras se formaron sobre el cristal empañado:
"Aún te amo. No olvides el perfume del limonero."
Fernanda jadeó. Nadie más sabía eso. Solo él. Solo aquel con quien compartió ese rincón en su infancia, ese árbol bajo el cual juraron que nada los separaría jamás.
—¿Eres tú? —preguntó con un hilo de voz.
La vela parpadeó.
Del otro lado, su reflejo cambió. Ya no era ella. Era… otra versión. Sus ojos eran los mismos, pero con más tristeza. Sus gestos más suaves, casi rotos por el tiempo.
Y habló. Por fin, habló.
—Fernanda… me escuchas. Dios mío… creí que nunca podrías verme.
Fernanda apretó los labios. La voz sonaba igual que la suya, pero con un matiz de nostalgia que la quebraba.
—¿Quién eres? ¿Por qué pareces… yo?
—Porque lo soy —dijo la otra—. Soy tú. En mi universo… Leónidas murió salvándome. Lo perdí. Pero aquí… aún lo tienes. Y él… aún te ama. No lo alejes. No dejes que el miedo al dolor te robe el amor.
Fernanda sintió que algo se quebraba dentro de ella.
—¿Por qué estás aquí?
La otra Fernanda sonrió, triste.
—Porque hay alguien que no ha dejado de buscarte. Porque en mi mundo… el Leónidas que perdió todo… ha cruzado más de una vez. Está herido. Y confundido. Pero cree que puede hallarte. Aunque no seas su Fernanda. Aunque solo seas… un reflejo con su alma.
Fernanda se llevó la mano al corazón. Su Leónidas nunca le había dicho que soñaba con otra versión de ella. Pero ahora todo encajaba. El dolor en su mirada. La sensación constante de que la buscaba incluso cuando estaba frente a él.
—¿Qué debo hacer?
La otra Fernanda la miró con urgencia.
—Cuida de él. Pero sobre todo… cuida de ti. El espejo no solo muestra. A veces, guarda. Y hay otros… que quieren romper las barreras para poseer lo que aman. Uno de ellos… ya está cerca. No le abras la puerta si no huele a limonero.
Las palabras se desvanecieron con rapidez.
Fernanda se quedó sola otra vez, pero con el pecho encendido. El perfume del limonero. El colgante pulsando. Las palabras que ardían como un secreto sagrado.
En ese momento, la trampilla del ático en el reflejo frente a ella, se abrió de golpe. Leónidas subió, agitado, con un cuaderno en la mano.
—¡Lo encontré! —exclamó—. Un fragmento del diario de Éshar. Habla de un espejo gemelo al nuestro. Uno que está sellado. Dice que si ambos se alinean, las versiones de nosotros podrían… cruzar físicamente.
Fernanda lo miró, pálida.
—Entonces… ¿podríamos tocarnos? ¿Abrazarnos?
Él dudó. Bajó la mirada.
—O podríamos traer con nosotros algo… que no debería estar aquí.
Fernanda le mostró el colgante, y le narró todo lo ocurrido. Leónidas escuchó en silencio, apretando la mandíbula al oír que otro "él" había cruzado… buscando a otra Fernanda.
—¿Y qué dijo ella de mí? —preguntó, apenas audible.
Fernanda sonrió con ternura, y por primera vez en mucho tiempo, se acercó y apoyó la frente en el espejo donde se situaba el pecho de Leonidas.
—Dijo que aún me amas. Que no deje que el miedo me robe el amor.
Él puso su mano en el espejo con delicadeza, como si temiera que se rompiera y desapareciera en un parpadeo. Porque ahora sabían que podía pasar.
—Entonces —murmuró él—, que el amor sea el puente. Pero no sin antes conocer todas las verdades de ese espejo.
Fernanda alzó la vista.
—Y si el reflejo del dolor también cruza… si nos enfrenta…
—Entonces —dijo Leónidas con firmeza—, lucharemos por el verdadero. Por el que aún huele a limonero.