Donde no existen los espejos

777 Words
La noche cayó con un silencio distinto. En la casa, el aire era más denso, como si el tiempo se hubiese detenido un segundo antes del sueño. Fernanda se acostó con el colgante entre las manos, sintiendo su calor vibrar contra su piel. Leónidas, en su habitación, no dejaba de pensar en las palabras de Fernanda, en la otra versión de él que vagaba entre espejos, buscando lo que él ya tenía frente a sí. Ambos cerraron los ojos casi al mismo tiempo. Y entonces… el sueño los envolvió. No fue como cualquier otro. No era confuso, no era nebuloso. Era vívido, palpable, con los colores del atardecer y el aroma dulce de los limoneros en flor. Fernanda estaba descalza sobre una pradera húmeda. Un campo abierto, sin muros, sin reflejos. El cielo se pintaba en tonos violáceos, y frente a ella, como si lo hubiese invocado con el alma, estaba Leónidas. No el de otro mundo. No un reflejo. Él. —¿Dónde estamos? —preguntó ella, sintiendo el rocío entre sus dedos. —No lo sé —respondió Leónidas, caminando hacia ella, con una sonrisa melancólica—. Pero aquí… no hay nada que nos separe. Ella sintió un estremecimiento cuando él le rozó la mejilla. Su tacto era cálido, suave, y sin embargo, diferente al que recordaba. Era como si ese contacto viniera desde el alma, como si no solo su piel respondiera, sino su interior entero. Leónidas pasó los dedos por el cabello de Fernanda, acomodándolo detrás de su oreja. —Soñé contigo —murmuró—. Desde antes de conocerte. No con la forma de tu rostro… sino con el modo en que me miras. Como si me recordaras de antes. Ella tembló. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no eran de tristeza, sino de reconocimiento. —Yo también te soñaba. Pero siempre despertaba antes de tocarte… Él se acercó más. El aire entre ellos era fuego. Cuando sus frentes se juntaron, todo lo demás desapareció. —¿Y si no despertamos? —preguntó él. —¿Y si este es el único lugar donde el mundo no intenta rompernos? Sus labios se encontraron con la lentitud de quien teme que el tiempo se desintegre si se apresura. Fue un beso profundo, como una promesa dicha sin palabras. Las manos de Fernanda se aferraron a su camisa, mientras el calor de su pecho le confirmaba que no estaba soñando sola. El campo alrededor comenzó a transformarse. El limonero apareció a unos pasos, brillante y antiguo. Flores blancas caían lentamente, como lluvia bendita. Bajo su sombra, Leónidas la rodeó con sus brazos, recostándola entre las raíces como si el árbol los protegiera desde hace siglos. Allí, entre caricias, palabras apenas susurradas y respiraciones entrecortadas, se fundieron en una entrega que no necesitaba piel para sentirse completa. Era como si sus almas hubieran esperado mil vidas para volver a encontrarse en ese exacto lugar. Cuando la brisa se volvió tibia y el cielo se apagó en estrellas, Fernanda sintió que se desvanecía. Lo abrazó con fuerza. —No quiero irme —susurró. —Tampoco yo. Pero te encontraré otra vez… si este es el único lugar donde todo tiene sentido. Una última caricia. Una última mirada. Y el sueño se deshizo como humo dorado. Fernanda se despertó jadeando. Las sábanas estaban desordenadas, su cuerpo sudado, y su corazón galopaba como si hubiese corrido kilómetros. Se llevó la mano al cuello: el colgante ardía. En su habitación, Leónidas se sentó en la cama al mismo tiempo. Su camisa estaba empapada, y su pecho subía y bajaba a un ritmo desbocado. Se llevó los dedos a los labios. —Dios… —susurró—. Fue real. Ambos se levantaron. Sin hablar, se encontraron en el reflejo del espejo viejo del atico. Cuando sus ojos se cruzaron, no hicieron falta palabras. Sabían. Fernanda alzó la mano y rozó su mejilla en el espejo. Leónidas se acercó más al espejo solo para sentir que todavía estaban allí. Que no era otra ilusión. —Te sentí —murmuró ella, con la voz quebrada—. Hasta el latido de tu corazón… —Y tu piel —agregó él—. Tu aliento, tus lágrimas… como si en ese lugar fuéramos de verdad. Fernanda lo abrazó con fuerza. —No quiero perderte ni en sueños, Leónidas. —Entonces —dijo él con voz firme—, luchemos para hacer de esta realidad un lugar donde también podamos vivir sin perderlo todo. El espejo crujió, como si hubiera oído la promesa. Y en la noche silenciosa, un pétalo de flor de limonero cayó, invisible, sobre el alféizar de la ventana.
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