La mañana amaneció envuelta en un silencio espeso, como si el tiempo mismo contuviera la respiración. Todo estaba quieto, pero no en paz. Había algo en el aire, algo que rozaba la piel de Fernanda con un escalofrío persistente.
Despertó con la sensación de haber estado en otro lugar. No solo soñando, sino viviendo algo real. Sentía en su piel el calor de unas manos que conocía, el roce de una caricia, el peso de una mirada que le quemaba el alma. Miraba el techo cuando decidió escribir a Leónidas. Sus ojos hablaban, pero no encontraban las palabras que quería expresar.
—¿Tú también…? — escribio ella.
Él al leer el mensaje suspiro y se dispuso a responder.
—No fue un sueño normal. Te sentí. Te abracé… Y aún puedo sentir tu perfume.
Sus respiraciones se entrelazaron en el silencio. No necesitaban más explicación. Algo, o alguien, los había llevado a ese espacio compartido que desafiaba las reglas del tiempo y el cuerpo.
El susurro llegó como un hilo de viento. No venía de la casa, ni del exterior. Venía de arriba. Del ático.
Ambos se pusieron de pie, con el corazón latiendo como si anticipara un descubrimiento. Subieron sin hablar, como si una fuerza invisible los guiara. Al llegar, el espejo del ático los esperaba. Pero no reflejaba su imagen.
La silueta de un hombre se dibujaba en su superficie. Un encapuchado de rostro oculto, con ojos que brillaban como brasas encendidas. Fernanda se tensó. Leónidas se adelantó.
—¿Quién eres? —preguntó sin titubeos.
La figura alzó el rostro con calma. Su voz era un eco profundo, que parecía venir de muchos lugares a la vez.
—Soy el Guardián de los Umbrales. El que vigila los reflejos entre los mundos. Y ustedes han cruzado la línea.
Fernanda frunció el ceño.
—¿Fuiste tú quien nos hizo soñar?
—Sí. Porque necesitaban recordar que su vínculo no pertenece solo a este universo. Ustedes han estado unidos más veces de las que recuerdan. Y el reflejo que compartieron… fue real.
Leónidas lo miró, serio.
- Cómo es eso, que nuestro vínculo no es solo de éste universo?- pensó Fernanda
-Todo esto es muy confuso!- pensó Leónidas dirigiendo su mirada a Fernanda notando las dudas en su mente reflejadas en sus ojos, haciéndolo sentir mal consigo mismo por no poder tener el control de lo que estaba ocurriendo...