Fernanda no había podido dormir desde su encuentro en el Umbral. Las imágenes de aquel lugar nebuloso se repetían en su mente como ecos lejanos. Pero más perturbador aún era lo que comenzó a ver desde entonces: destellos fugaces, reflejos imposibles. A veces, al mirar a través de una ventana o en el agua de la ducha, lo veía. A él. A su Leónidas… pero diferente.
No era un recuerdo. No era su imaginación.
Estaba ahí.
Mirándola desde el otro lado.
La primera vez ocurrió en una noche de tormenta. Fernanda se levantó para cerrar la ventana y al mirar al cristal empapado por la lluvia, lo vio de pie en medio de un bosque desconocido, sus ojos igual de intensos, pero su rostro cubierto por una herida. No le hablaba, pero su expresión lo decía todo: te sigo buscando.
Fernanda retrocedió, el corazón latiéndole con fuerza. Corrió al teléfono. Intentó llamar a Leónidas, pero no hubo señal. Las interferencias se volvían más comunes desde que cruzaron al Umbral. Como si las dimensiones empezaran a entrelazarse peligrosamente.
Al día siguiente, Leónidas escribió en su diario algo inquietante:
“Vi a Fernanda… pero no era ella. Estaba de pie bajo la lluvia, vestida de blanco, sus ojos apagados. Me extendía la mano, pero su sombra tenía vida propia. ¿Qué está pasando? ¿Quiénes son estas versiones de nosotros?”
Comenzaron a recibir señales en simultáneo: sueños compartidos, palabras grabadas en objetos de su entorno, luces que parpadeaban solo cuando pensaban el uno en el otro.
Una noche, Fernanda fue arrastrada a un sueño distinto. No estaba en el Umbral, ni en su habitación. Estaba en una estación abandonada de tren. Sucia, descompuesta por el paso del tiempo. Allí, sentada en un banco de madera, estaba otra versión de ella misma. Más delgada, demacrada, con los ojos hinchados por el llanto.
—¿Eres… yo? —susurró Fernanda.
La otra asintió lentamente.
—Pero de un universo donde Leónidas nunca regresó. Donde no hubo señales. Donde esperé… hasta que me olvidé de mí misma.
Fernanda dio un paso atrás. Quería gritar, pero algo la detuvo.
—¿Por qué me muestras esto?
—Porque si cruzas demasiado… te convertirás en mí.
En ese momento, un tren oxidado apareció desde la oscuridad y la otra Fernanda subió sin mirar atrás. Cuando el tren pasó, todo desapareció.
Fernanda despertó con lágrimas y la sensación de tener los labios llenos de tierra.
Por su parte, Leónidas comenzó a ver una versión de Fernanda que no lo conocía. Que vivía feliz con alguien más. Una donde su muerte fue definitiva y nunca hubo conexión interdimensional. Él la observaba a través del reflejo de una lámpara apagada. Quiso hablarle, pero cuando lo intentó, su reflejo se rompió como vidrio y un corte real apareció en su mejilla.
Dolía. Porque no solo estaban viendo otros mundos.
Estaban empezando a interactuar con ellos.
Y eso era peligroso.
La conexión entre sus realidades se debilitaba, y las versiones alternativas de sus amores perdidos se filtraban por las grietas. Algunas eran dulces. Otras, monstruosas.
Un día, Fernanda sintió una presencia familiar en su habitación. Se dio la vuelta, y allí estaba Leónidas, sentado en el borde de su cama.
—¿Eres… tú?
—Sí —respondió con voz quebrada—, pero no el que conoces. Soy el que no logró salvarte.
Fernanda tragó saliva.
—¿Y por qué estás aquí?
—Porque quiero evitar que este universo cometa los mismos errores que el mío. No rompan más las reglas. El Umbral los ha marcado. Y si insisten en cruzar, no solo se destruirán ustedes, arrastrarán otros mundos con ustedes.
Y desapareció.
La angustia se convirtió en una constante. Fernanda comenzó a dudar de todo. ¿Cuál era su Leónidas verdadero? ¿A cuál de todos estaba destinada? ¿Y si en realidad, ninguna versión era completa?
Leónidas también fue testigo de algo perturbador. En uno de sus sueños lúcidos, entró a una habitación donde todas las Fernandas de todos los mundos estaban encerradas tras espejos. Algunas le rogaban. Otras le sonreían con malicia. Una incluso le gritó que él no debía existir. Que era solo una distorsión.
Y en el centro de esa sala flotaba una carta.
Solo decía:
“La única forma de conservar el amor verdadero es no romperlo intentando sostener todas sus versiones.”
La necesitad de mantener contacto entre ellos se volvió desesperada. No solo por amor, sino por seguridad. Cada vez que se alejaban, aparecían más fragmentos paralelos, como si el universo buscara llenar un vacío que ellos habían provocado.
Así que Fernanda decidió escribir una carta. Una carta física. Un ancla. Algo que no dependiera de espejos, reflejos o sueños. Algo tangible.
“Querido Leónidas:
No sé si esta carta llegará a ti o a otra versión de ti. Pero la escribo con toda mi alma.
A veces veo tu rostro donde no estás. A veces siento tu voz cuando no hablas.
Pero sé que existes, porque mi corazón no puede estar tan equivocado.
Si estas dimensiones nos están jugando en contra, quiero que sepas esto:
Prefiero perderme en todos los mundos posibles, antes que olvidar el nuestro.
Tuya,
Siempre tuya,
Fernanda.”
Colocó la carta dentro de un libro y lo dejó en el árbol donde se encontraron la primera vez. Al día siguiente, el libro había desaparecido.
Y en su lugar, había otro.
Con un solo mensaje escrito en la última página:
“Nos encontraremos donde los reflejos dejen de mentir.
Es solo cuestión de tiempo.”