Los días pasaban con un silencio extraño, casi artificial. Fernanda caminaba por los pasillos de su casa con la sensación de estar siendo observada, como si la sombra que habían visto en la cueva ahora la acompañara a todas partes. A veces, cuando pasaba frente a un espejo, creía ver una silueta negra detrás de ella. Cuando volteaba, no había nadie.
Mientras tanto, Leónidas experimentaba sueños cada vez más lúcidos. En ellos, se encontraba atrapado en un lugar oscuro, sin tiempo ni forma. Allí, una voz sin cuerpo le susurraba:
—Estás cruzando los límites… y pagarás el precio.
Una noche, Fernanda despertó con el corazón acelerado. Una figura encapuchada había aparecido en su sueño, señalándola con un dedo alargado y tembloroso, mientras murmuraba en un idioma que no comprendía. Al abrir los ojos, el aire estaba pesado y su habitación olía a tierra húmeda. En su mesa de noche, había un símbolo tallado en la madera: un círculo con un ojo en el centro.
Leónidas recibió ese mismo símbolo en su teléfono como una imagen borrosa, sin remitente.
Ambos decidieron reunirse nuevamente, pero esta vez no en la cueva. Era demasiado arriesgado. Leónidas propuso un punto medio: un espacio liminal entre dimensiones, un lugar al que pocos podían acceder, según un antiguo texto que encontró en los archivos digitales de su mundo. Lo llamaban “el Umbral”.
Para acceder a él, tendrían que sincronizar sus mentes mediante un ritual. Instrucciones vagas hablaban de usar un objeto que les perteneciera a sus parejas fallecidas y colocarlo sobre un espejo de agua bajo la luz de la luna. Solo entonces podrían cruzar temporalmente ese espacio invisible.
Fernanda llevó un colgante que Leónidas le había regalado antes de morir en su dimensión. Él llevó un libro de poemas que Fernanda había escrito. Cada uno colocó el objeto sobre un cuenco con agua bajo la luna llena. Pronunciaron las palabras exactas que el ritual sugería.
La superficie del agua empezó a brillar.
Y entonces todo cambió.
Ambos sintieron un tirón en el pecho, como si algo los estuviera absorbiendo. Cerraron los ojos, y al abrirlos, estaban en un lugar que no era tierra ni cielo. El Umbral.
Era un campo de niebla líquida. El cielo era de un violeta oscuro con luces danzantes como auroras. En el suelo flotaban fragmentos de memorias: risas, lágrimas, canciones, voces… todo suspendido en el aire, susurrando secretos.
Se buscaron entre la niebla y cuando se vieron, corrieron a abrazarse.
—Dios, pensé que no lo lograríamos —susurró Fernanda.
—Estamos juntos otra vez —dijo Leónidas, apretándola con fuerza—, y eso es lo único que importa ahora.
Pero el momento se rompió cuando un estruendo sacudió el Umbral. Desde las sombras emergió una figura enorme. No tenía rostro, solo una máscara blanca sin ojos, sin boca. Portaba un bastón hecho de cristal n***o que brillaba con una luz siniestra.
—Han sido advertidos —dijo una voz gutural que emanaba de todas partes—. El equilibrio entre mundos no se rompe sin consecuencia.
—¿Quién eres? —gritó Fernanda, con una mezcla de miedo y valentía.
—Soy el Guardián del Umbral. Y ustedes… han cruzado donde nadie debería. El amor no es excusa para quebrar las leyes del universo.
Leónidas dio un paso al frente, desafiante.
—No hemos causado daño. Solo queremos estar juntos. No es un crimen amar a alguien, ni siquiera si está en otro mundo.
La criatura levantó su bastón. El aire se tornó más espeso.
—Cada conexión como la suya debilita el velo. Si otros siguen su ejemplo, los mundos colapsarán. Dimensiones se fusionarán. El caos será inevitable.
—Entonces, ¿qué debemos hacer? —preguntó Fernanda con lágrimas en los ojos.
—Deben elegir —dijo el Guardián—: conservar su vínculo… y permitir la erosión lenta de la realidad. O renunciar el uno al otro para restaurar el equilibrio.
El silencio cayó como una losa.
—No puede ser —susurró Leónidas.
Fernanda lo miró. Por primera vez, sus ojos estaban llenos de miedo verdadero. No a la criatura, sino a la posibilidad de tener que soltar a Leónidas para siempre.
—No hay forma de luchar por otra alternativa? —insistió ella.
El Guardián pareció dudar.
—Hay una tercera opción… pero es peligrosa. Deberán buscar la Piedra del Vínculo, un artefacto prohibido. Solo ella puede sellar su conexión de forma segura sin dañar las dimensiones. Pero encontrarla significará enfrentar a los Vigías, antiguos seres que protegen los secretos del Multiverso.
Leónidas y Fernanda se miraron.
—Aceptamos —dijeron al unísono.
—Entonces prepárense —gruñó el Guardián, mientras el Umbral comenzaba a temblar—. El camino será oscuro, y no todos regresan.
Un remolino se formó bajo sus pies, y la niebla los tragó.
Fernanda despertó sobresaltada en su habitación, con el colgante mojado en su mano.
Leónidas despertó en su cama, con el libro de poemas completamente empapado.
Y aunque no estaban juntos físicamente, sabían que el siguiente paso había comenzado.
Una nueva misión.
Un nuevo riesgo.
Un amor que se pondría a prueba más allá de todo límite.