Capítulo I
Cómo olvidar aquella tarde en que te vi por primera vez, fue un momento mágico que siempre vivirá en mi memoria. Estaba yo distraída como siempre, y como rutina mía observaba a todo el que pasara cerca de donde estaba, sentada en alguna de las escaleras que forman parte del recinto al cual asisto tres veces por semana. Recuerdo que era tarde, faltando tal ves quince minutos para entrar a mi clase. Suelo ver varias personas subir y bajar las escaleras, pero ninguna logra robar mi atención. Al menos eso creí hasta que te vi, una chica de piel blanca y ojos claros, de estatura mediana y cabello… no sé, quizás rojo, quizás amarillo, de unos diecisiete años calculando y de un rostro serio que encierra en el fondo una bella sonrisa. Quedé perpleja al posar sobre mis ojos sobre ti, y aunque fue sólo cuestión de segundos, te miré de arriba a abajo.
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Otra tarde, ésta vez no estaba sentada en las escaleras sino en el muro de pie, te volví a ver. Pero esta vez sonreías, no me equivoqué al decir que tienes una bella sonrisa. Qué lástima que tenga que conformarme con sólo mirarte de lejos, sin ni siquiera poder acercarme. Me doy por vencida antes de luchar, porque estoy consciente de que nunca me corresponderás. En fin, otra tarde se va de mis manos y sin darme cuenta ya son las seis.
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Por primera vez en la semana tengo que levantarme temprano. Maldigo el reloj cuando veo la hora y al rato revoloteando en mi cama me levanto. Al fin es viernes, ya no más clases hasta la otra semana. Aunque me aburre estar todo el día en el instituto. Salgo aproximadamente a las seis y diez am a esperar a mi amiga. A las seis y quince ella baja y nos vamos. Hablamos durante el viaje y luego me despido, me quedo antes. Son las seis con cuarenta, es muy temprano aún para entrar a clases. Así que me quedo en un sitio visible para esperar a mis compañeras de estudio. Como a los diez minutos ella pasa, la miro con disimulo y rápidamente bajo la vista. Horas después la veo entre los pasillos, en el ajetreo de cambiar de salón y de clases.
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Otra tarde, comienza la semana siguiente. Estoy tan contenta, creo que por primera vez se fijó en mí, se dio cuenta de que existo y eso me da una esperanza. Ahora estoy más nerviosa que nunca, cada vez que su mirada se cruza con la mía, comienzo a temblar y me da un poco de miedo que se dé cuenta de que me gusta mucho. Es extraña, a veces me mira con una insistencia y me sonríe, otras veces me mira como si fuese alguien más. Pero de igual manera me encanta, no puedo dejar de pensar en ella y me gustaría un día acercármele y confesarle lo que siento. Se vale soñar, porque no me atreveré a hacerlo y mucho menos en este caso.
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Jueves, hoy es jueves y estoy en mi rutina, esperando a mis compañeras para entrar a clases. Ya tengo un buen rato en el instituto y no la he visto en toda la tarde. Lo que más pesar me da es que ni siquiera sé cómo se llama, tengo que limitarme a llamarla «ella».
¡Qué alegría! Resulta que una amiga que tuve cuando tenía cuatro años está estudiando aquí, donde lo estoy haciendo yo. Estudiábamos juntas hasta el Octavo grado y desde entonces no la volví a ver. Por lo menos algo bueno me ha sucedido el día de hoy. Quedamos en irnos juntas para poder hablar con más calma, ya que cada una tenía clases. Me preguntó si me molestaba que nos acompañara su amiga, es que quería presentármela.
__ No hay problema – fue mi respuesta.
Ella fue y sigue siendo una de mis mejores amigas, ella me conoce perfectamente y puede leer en mis ojos lo que me pasa. Incluso está al tanto de mi tendencia lésbica y eso no es un motivo para tratarme distinto. Es una chica de mente abierta.
Ya llegó la hora de la salida, me despido de mis compañeras y voy al sitio donde acordamos que me esperaría: La Plaza de Mayo. De lejos creí que alucinaba, pero cuando me acerqué no lo podía creer: ¡Era ella! Me quedé estupefacta y sólo volví en sí cuando mi amiga me dijo:
__ Ah, ella es la amiga de la que te hablé. Te la presento.
Ella extiende su mano y me dice: __ Hola, soy Helena.
Yo solo le dije: __ Me llamo Juliana, mucho gusto.
Notó mi nerviosismo y mientras sonreía dijo: __ El gusto es mío.
Mi amiga me preguntó extrañada por qué estoy tan callada y yo simplemente le digo que «por nada». Pero por primera vez le mentí, me pasaba todo, me sentía tan rara por su presencia. Helena me gusta mucho.
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Al otro día le conté los pormenores de mi vida a mi amiga, hasta llegar a la actualidad. Le confesé que me gusta Helena desde hace un tiempo y que por eso estaba tan callada. Ella me confesó, pero con la condición de que no dijera nada, que a Helena al parecer le gustaban las chicas. Mi corazón dio un brinco al escuchar tal noticia. Decidí pues tomar todas mis armas y prepararme para luchar. Sé que le prometí a mi amiga que no diría nada de lo que me dijo, pero es no podía quedarme tranquila.
Supe que Helena tenía clases los viernes hasta el mediodía. Le pedí a mi amiga que le dijera que la vería en la Plaza de Mayo. Tenía el presentimiento de que no me embarcaría.
Salí de mi última clase de la mañana, respiré profundo y me dirigí a la Plaza. Efectivamente estaba allí esperándome y sonrió cuando me vio venir. Yo no sabía que le iba a decir, pero igual me acerqué. Ella respondió a mi saludo y me senté a su lado.
__ Qué coincidencia que Vic nos conociera a ambas - le dije.
__ Sí, una verdadera casualidad. ¿Hace mucho que son amigas? - preguntó.
__ Sí, desde el jardín de niños - sonreí - Ella me defendió de una niña más grande y desde entonces somos mejores amigas.
__ ¿Sólo amigas? - preguntó levantando una ceja.
__ Sí, sólo amigas - Dije sonrojándome - ella es heterosexual.
__ Uh, sí, cierto - dijo, mirando hacia arriba, cómo trayendo a su mente un recuerdo. - ¿Y qué te gusta hacer fuera de clases? - preguntó, volviendo a la conversación.
__ Pues, me gusta el cine, aunque hace tiempo que no voy a uno - contesté.
__ ¿Tiene algo de malo que te invite al cine mañana? - se apresuró a decir. - Pero con una condición: que me lleves tú porque no tengo tanto tiempo en la ciudad y prácticamente no conozco nada aquí.
__ No hay problema. Conozco un centro comercial que es mi favorito. Tiene la sala de cine en el último piso y una cafetería al frente.
__ Bien, quedamos entonces mañana. Nos vemos aquí.
__ Seguro, te veo mañana.
Nos despedimos con un beso en la mejilla y se fue. Yo caminé hasta el subterraneo para ir a la casa.
En el trayecto iba perdida en mis pensamientos. No podía creer cómo es que algo que consideré irreal, se volvió inesperadamente posible.