Termino de hacer la cama y me pongo una camiseta fina de manga corta y unos pantalones cortos antes de bajar a la cocina, donde reviso mis correos electrónicos en el portátil. Todavía estoy pensando en la mejor manera de sacar el tema cuando oigo que se abre la puerta principal y, de repente, aparece Sam con sus zapatos cómodos, su falda negra de trabajo y una camisa blanca almidonada. —¿Qué tal? —dice alegremente mientras deja caer su mochila sobre el sofá. —Oh, eh, ya estoy terminando —respondo—. Oye, escucha, eh, sobre lo de anoche… —Trabajas demasiado —dice, recostándose contra el mostrador y levantándose de un salto—. ¿Qué sentido tiene tener tu propio negocio si no puedes tomarte una tarde libre de vez en cuando? —Claro, pero escucha lo de anoche —empiezo, sin saber muy bien adón

