No pasaron más de 20 minutos cuando su móvil vibró. Sin apenas pensar bajó, cruzó la acera y subió al taxi delante, con una falda corta vaquera y una camiseta ajustada. Él la miró y sonrió. —Buena chica. Vamos a las afueras, a un sitio que conozco. Relájate. Condujeron en silencio un rato, saliendo de la ciudad por carreteras secundarias. Él la acariciaba los muslos, mientras ella los separaba caliente. Lena notaba cómo se iba poniendo más y más cachonda. Al final paró en un mirador oscuro, con vistas a las luces lejanas de la ciudad, rodeado de árboles. Había tres o cuatro coches aparcados a lo lejos, con las luces apagadas. —¿Qué tienes en mente, follarme aquí mismo? —preguntó Lena, con un cosquilleo en el estómago. —Eso es, en plena naturaleza, sin nadie más, solo tu coño y mi pol

