—Ha sido… increíble —murmuró, con la voz ronca todavía. Él rio bajito. —Y que lo digas, pelirroja. Ha estado genial, te has dejado llevar de verdad, y eso es lo mejor. Lena se agachó, recogió el tanguita del suelo y lo miró un segundo. Estaba chorreando. Sonrió pícaramente, lo enrolló en la mano y se inclinó hacia delante, pasándoselo por encima del asiento. —Toma. Por el viaje… y por la experiencia. Para que te acuerdes de mí, jajaja. El taxista lo cogió y se lo guardó en el bolsillo con un gruñido de aprobación. —Joder, gracias. Has pasado a estar en el altar de mis clientes, jajaja. Llegaron al portal de su casa. La lluvia había aflojado un poco, pero seguía cayendo. Él paró el taxímetro, imprimió la factura (0,00 €) y se la pasó. Lena la cogió… y al darle la vuelta vio que detrá

