El castillo amaneció con un aire de ceremonia. Las banderas ondeaban desde las torres, y el patio se llenó de pasos, saludos y risas forzadas. Yo lo observaba todo desde lejos, con las manos manchadas de hollín y la mirada fija en lo que no debía mirar. Ella. Niamh. Caminaba junto a mi hermano, el heredero. Él hablaba, sonreía, mostraba su mejor versión ante los ancianos y los invitados, y ella asentía en silencio, como si cada gesto le pesara. Desde donde estaba, podía ver cómo su sonrisa no le llegaba a los ojos. No era desdén, ni miedo. Era… contención. Esa clase de calma que solo tiene quien se obliga a sobrevivir entre los muros. Mientras ella se inclinaba ante los ancianos del consejo, mi hermano le ofreció el brazo con un orgullo que casi dolía de ver. Ella lo tomó, pero

