No dormí. O tal vez dormí demasiado, lo suficiente como para que los dioses encontraran el hueco por donde colarse. La hoguera seguía encendida en mis pesadillas. La veía rugir como si quisiera tragarse el mundo, y entre las llamas se formaba su rostro: la druida. Sus ojos eran dos carbones encendidos, su voz una mezcla de viento y ceniza. “El que fue negado traerá la unión o la ruina.” La frase se repetía una y otra vez, como una plegaria maldita. Cada vez que intentaba moverme, las llamas se abrían y me mostraban algo distinto: un halcón envuelto en humo, un anillo roto, y a ella —Niamh— de espaldas, caminando hacia el mar. Desperté empapado en sudor. El fuego del sueño seguía ardiendo detrás de mis párpados. Por un instante, juré que aún olía a sal y madera quemada. Me levan

