No fue una voz lo que me alertó. Fue el bosque. El halcón de madera vibró bajo mi ropa en mitad de la noche, con un pulso irregular, nervioso. Me incorporé de inmediato, el cuerpo en tensión, como si alguien hubiera pronunciado mi nombre en sueños. —Algo va mal… —murmuré. No tardaron en llegar las noticias. Nunca tardan cuando el peligro decide moverse. Uno de los hombres de la resistencia apareció al amanecer, cubierto de barro y con el rostro tenso. —El heredero se ha reunido en secreto —dijo sin rodeos—. No con los nuestros. Sentí un frío seco en el pecho. —¿Con quién? —Con emisarios del clan enemigo. Los mismos que incendiaron las aldeas del norte. Cerré los ojos un segundo. Así que era eso. No desesperación. No error. Elección. —¿Cuándo? —pregunté. —Anoche. Sin testigo

