El fuego aún no estaba encendido. Y eso era lo más importante. El patio central se llenó sin convocatoria, como se llenan las cosas que ya no necesitan órdenes. Nadie tocó cuernos ni alzó la voz. Simplemente fueron llegando. Primero los ancianos. Luego las familias. Después quienes habían vuelto al clan cuando todo parecía perdido. Yo permanecí a un lado, observando. No vestía símbolos nuevos. No llevaba capa ceremonial. Solo la ropa de todos los días, la misma con la que había caminado entre ruinas, negociado silencios y aprendido a sostener sin imponer. El brasero de piedra estaba limpio. Sin cenizas antiguas. Sin restos de juramentos pasados. Alguien —no supe quién— lo había vaciado por completo al amanecer, como si entendiera que nada viejo debía arder esta vez. El murmullo era b

