El clan no despertó de golpe. Despertó despacio, como lo hacen las cosas que han sido heridas de verdad. Los primeros días no hubo cantos ni celebraciones. Hubo manos trabajando en silencio. Piedras recolocadas. Techos reparados. Miradas que se cruzaban sin miedo por primera vez en mucho tiempo. Yo recorría el castillo al amanecer, antes de que el ruido regresara. No como rey que inspecciona, sino como hombre que aprende a cuidar. Cada rincón hablaba de lo que habíamos sido… y de lo que ya no queríamos repetir. En el patio central, donde antes se discutían alianzas y se pronunciaban juramentos vacíos, ahora se repartía pan. Las mujeres del clan amasaban juntas, sin jerarquías impuestas. Los niños corrían sin que nadie los mandara callar. —Nunca lo vi así —me dijo un anciano una mañana

