La mañana amaneció helada. El fuego del baile ya era un recuerdo, pero en el aire quedaba ese olor que precede a la tormenta: el silencio antes del juicio. Los ancianos habían convocado una reunión en el salón de armas. Decían que era para revisar las alianzas y las provisiones del invierno, pero todos sabíamos que se trataba de otra cosa. La mirada de mi hermano bastaba para confirmarlo: la sonrisa del baile había muerto, y en su lugar quedaba una sospecha. Yo estaba allí por obligación, no por derecho. Sujeté las jarras de vino mientras los hombres del consejo discutían sobre rutas, cosechas y vigilancia. Intentaba no pensar. Solo escuchar. Y entonces ocurrió. Uno de los sirvientes, viejo y cansado, acercó una copa hacia mí. Temblaba por la edad, o tal vez por el frío. Cuando

