El patio central estaba tan silencioso que incluso el viento parecía contener la respiración. Me hicieron colocarme en el centro, sin capa, sin armas, sin nombre. Solo con la vergüenza que ellos querían colgarme al cuello como una soga. El heredero —mi hermano— ocupó el lugar más alto. Detrás de él, el consejo. A los lados, el pueblo dividido. Algunos me miraban con rabia. Otros, con miedo. Unos pocos, con una pena tan honda que dolía más que cualquier golpe. La druida no estaba. Curioso: cuando la verdad les incomoda, prefieren el silencio de los dioses. Uno de los ancianos leyó la sentencia que ya estaba escrita antes incluso de convocarme: —Bais, hijo no reconocido del jefe… por alterar el orden del clan, por dividir a la gente, por causar que los clanes se alzaran en guerra

