No amaneció de golpe. La luz se filtró entre las ramas como si el bosque decidiera, con cautela, si merecía mostrarme el día. Yo seguía en pie, apoyado contra un tronco húmedo, sin haber dormido más que unos instantes robados al miedo. El aullido no volvió. Pero la sensación de ser observado nunca se fue. Avancé sin rumbo claro, guiado más por el instinto que por el hambre. El bosque antiguo no se abre a cualquiera; lo sabía desde niño. Aquí las raíces no crecen al azar, y los senderos solo existen para quienes han sido llamados… o rechazados por el mundo. Fue entonces cuando escuché pasos. No torpes. No apresurados. Pasos que conocían el terreno. Me giré con la mano ya en el cuchillo. —Baja el arma, bastardo —dijo una voz grave—. Si quisiéramos matarte, no habrías llegado vivo

