El castillo amaneció sin música. No hubo campanas. No hubo anuncios. Solo puertas abiertas y pasos contenidos, como si todos temieran hacer ruido y despertar algo que aún respiraba bajo la piedra. El cuerpo fue llevado al alba. Envuelto sin símbolos, sin estandartes, sin nombre pronunciado en voz alta. Nadie preguntó por los detalles. Nadie quiso saber más de lo necesario. El clan ya había entendido. Yo caminé detrás, a cierta distancia. No como juez. No como vencedor. Como quien acepta mirar lo que ha quedado cuando todo termina. —¿Está…? —empezó a preguntar alguien. El Viejo negó con la cabeza antes de que terminara la frase. —No —dijo—. La decisión está tomada. No aclaró cuál. No hizo falta. Muerte o destierro, en ese instante, eran dos palabras para la misma pérdida. En el pat

