El amanecer llegó, pero la luz no entró. El castillo parecía haberse encogido durante la noche. Las antorchas, aún encendidas, titilaban como si no quisieran iluminar lo ocurrido. Las puertas permanecían abiertas, pero nadie salía. El patio, siempre ruidoso con pasos, gritos y vida, era ahora un vacío que respiraba hondo. El sacrificio de Mael había dejado un hueco que ningún dios podía llenar. Caminé por los pasillos en silencio. Cada rostro que cruzaba tenía la misma expresión: un dolor que no se podía nombrar y un miedo que no se podía ocultar. La gente hablaba en susurros, como si temieran que la maldición se alimentara de sus voces. —El druida tenía razón… —No estamos salvados… —Esto no ha terminado… Los rumores se deslizaban por las paredes como sombras líquidas. Bajé ha

