SEIS: El príncipe Vicent

2441 Words
Como los girasoles buscan el sol, buscamos la felicidad. Como la mariposa en los campos de flores, volamos a la libertad… El príncipe Vicent tomó mi mano y me condujo por un pasadizo oscuro hasta entrar en una habitación. Solo hasta entonces soltó mi mano. Su tacto había sido una nueva sensación, una nueva manera de conexión que nunca antes había experimentado. El calor que su cuerpo emanaba era electrizante y atrayente. Tuve que reprimir mis expresiones al meditar que solo un toque y su cercanía había bastado para que produjera esos efectos en mí. ¿Era real esa dimensión de calma en la que me encontraba después de tenerle tan cerca? Arreglé con sutileza mi vestido ya que se había arrugado levemente por la estreches del pasillo, mientras él buscaba algo en un armario ubicado en una de las esquinas. Al fin lo encontró. Eran velas, las cuales encendió y con ello hubo mejor visibilidad. Una luz débil pero lo suficiente para verle a traves de la incertidumbre que había en el ambiente. ―¿No te han dicho que está mal espiar a las personas? Su voz era grave, pero como un silbo apacible en medio del silencio, un silencio que se podía oír. Pero… ¿Estaba hablando en serio? ¿En realidad me estaba cuestionando al respecto? Creí que no se había percatado que estaba espiando a Froy y a Catriona mientras conversaban cómodamente. Una idea eclipsó mi mente. ¡Oh Dios mío! El príncipe los había visto también, es decir, que si él quisiera podría acusarlos de traición. Ya que ella por protocolo no tiene permitido hablar más que con las personas de su comitiva y el príncipe. Además, Froy era un caballero y estaban lo suficientemente solos y alejados del resto para que la situación pudiera ser malinterpretada. Nuestra conversación había iniciado en términos bastante peligrosos, la cual yo no tenía idea del rumbo que iba a tomar, después de todo, estaba frente al mismísimo príncipe mientras debía estar en la reunión principal preparándome para el baile. En ese baile Vicent debía bailar con cada una de las princesas como lo dictaba la tradición y elegir a una de nosotras como su primera cita. Pero Vicent me había atrapado aún antes de bailar conmigo frente a los ojos de todos en el salón. Solo sabía que por mis venas corría una sensación extraña que no podía interpretar en el momento. Quizá era melancolía o resentimiento, lo que si estaba claro es que no seguiría los consejos de Lady Dorotea, y me mostraría tal cual era. Y una vez más el destino me demostraba que podía llegar a ser oportuno, que nadie puede vencerle o subestimarle cuando se propone tomar las riendas de una situación. Que puede hacer que dos seres que se creen diferentes descubran que son tan parecidos en el interior. Que puede trasportarlos a una danza de preguntas y respuestas para encontrarse y hacerlos colisionar en una maravillosa sensación. En mi cabeza el destino nos había unido. ―¿Quién eres? Cuestionó al notar que había ignorado la primera de sus preguntas, pero esta vez no desaprovecharía la oportunidad para responderle, lo haría desde el fondo de mis emociones reprimidas y así conocería al verdadero príncipe desde un principio, sin rodeos, ni apariencias, mucho menos influencias ajenas a nuestra danza de miradas con las cuales nos estudiábamos lentamente el uno al otro. Parecía que ninguno de los dos bajaría la guardia… ¿A caso él también quería conocer mi verdadera versión? Otra idea eclipsó mi mente: él buscaba crear tensión y asegurarse de mi debilidad o de mi fortaleza, después de todo, él buscaba una reina y “una reina también se caracteriza por ser valiente y audaz, una que sabe salir victoriosa ante la adversidad, no a alguien que se deja intimidar o se echa a llorar en la mínima presión” me había dicho Lady Dorotea. ―¿Quién eres? Cuestionó por segunda vez, acorralándome en una esquina. El fuego de sus ojos era feroz y pero no cegaba mis ideas. No era más que una prueba, no era más que una forma de atraparme. Sin embargo, también, sabía qué hacer. ―Sé lo que intenta alteza, pero no seré otra más de sus víctimas. Le sonreí valiente y me separé, dejándolo sorprendido. Su sorpresa se transformó en misterio, relajó su rostro y con ello se perdió cualquier indicio de sus emociones, quizá mi respuesta lo había sorprendido para mal. Todo eran suposiciones mías, hasta que respondió. ―¿Has considerado que ambos somos víctimas? Me hizo que lo viera directamente a los ojos, estaban enrojecidos, como lo había notado antes. ―Eres de la realeza y no sabes a lo que estamos sometidos a ser, hacer… ― Hizo una pausa. ―O perder solo porque estamos en una posición de poder, Miranda. “Vivir con dolor no es cuestión de estatutos o casta social, nunca lo olvides Amanda” dijo una voz en mi cabeza. De nuevo aparecía otra lección de mi padre. A pesar de su cometido contra mí, no podía negar que empezaba a entender muchas de sus palabras. ―Déjeme conocerlo alteza. Le pedí después de escuchar sus palabras rotas en un hilo de voz y recordar la reflexión de mi progenitor. Esas palabras eran las mismas que un día me había dicho Alondra. Cuando le pedí que se alejara de mí, el mismo día que mi padre la llevó a casa por primera vez. ―Conozcámonos ambos. Propuso diplomáticamente estrechando su mano y yo respondí estrechando la mía al comprender que ambos nos encontrábamos en situaciones similares.―Quizá yo te necesito tanto como tú a mí. Si eso no funciona, al menos lo habremos intentado. Soltó mi mano con delicadeza. ― Entonces no será necesario que me digas alteza, ni príncipe, dime Vicent. Tú para mí serás Miranda. Asentí con una sonrisa después de saber que estaba equivocada en la concepción que había creado de él. Mis dudas y resentimientos se esfumaron. ― ¿Les dirás las mismas palabras a las demás chicas? Quise bromear para bajar la intensidad de lo que acababa de ocurrir. ―Es la primera vez que conversamos y eres la primera con quien hablo a solas y ya te muestras celosa. Lo dijo ampliando una radiante y genuina sonrisa. ―Eso quiere decir que soy especial. ―Tanto que me atreví a probarte en un principio ¿Qué piensas de mí ahora? ― Me agrada saber que tienes sentimientos. ―Gracias Miranda de Austin. ―Gracias Vicent de Aspen. ―Hay muchas cosas que me gustaría conversar que no puedo hacerlo con nadie más. ―Entonces va en serio que soy especial. ―Y diferente. Lo he descubierto con las doncellas. Conversé con ellas para conocer las impresiones de cada una de ustedes y han hablado maravillas de ti. No se han equivocado. También quería saber si eras valiente o te amedrentabas solo con mi presencia. Ya no tenía motivos para dudar de él, sonaba sincero y lo había demostrado. Sin embargo, yo no podía ofrecerle mi sinceridad, porque estaba manchada por las circunstancias. No era Miranda y en mi corazón estaba Froy. Froy había estado ahí por un largo tiempo, él conocía mi historia, mis días soleados y los más oscuros. ―Mañana en la pradera a las orillas del rio te estaré esperando al atardecer. Asentí e imaginé la reacción de Alondra y Lady Dorotea cuando se enterasen que sería la primera de las princesas que tendría una cita con el príncipe. Pero no podía imaginar la respuesta de Froy a esa noticia. Aunque él quizás estaría pensando en Catriona, después de lo que había visto antes, no había duda que él estaba impresionado con ella. ―Ven regresemos antes que se enteren que nos hemos escapado. El baile ha empezado. Sugirió con efectiva razón, estrechó de nuevo su mano para conducirme a la salida, la música de los instrumentos sonaba en el fondo pero antes debía solicitarle un favor. ―Sé que también observaste lo que yo estaba “espiando” ―Descuida, no pienso hacer nada al respecto. Solo que se cuiden de mi madre y del comité de protocolo, ellos no perdonarán a nadie… Un sonido proveniente de la puerta se escuchó como un crujido, ambos entramos en alerta y nos alejamos rápidamente. El me veía extrañado hasta que sonrió divertido, ese gesto me hizo reír también. ―Parecemos dos niños asustados ― Susurró a mi oído. ―Dos niños que se ríen del peligro― respondí siguiéndole su sentido del humor. La puerta se abrió. Era la reina. Primero lo vio a él para luego verme a mí con una mirada serena. No me quedó más opción que reverenciarla. Ella hizo caso omiso y lo observó a él. ―Oh, aquí estás y con una de las princesas. No tienes permiso para hablar con ellas hasta después del baile. El tono de su voz, su postura y sus palabras cuidadas, no había duda que era una reina, la reina de Aspen. De pronto sentí la misma tensión que cuando estuve en la presencia del rey Felipe. ―Madre, me disculpo, ha sido idea mía… No lo dejó terminar. ―Te están esperando en el salón para bailar con la primera de ellas, ve de inmediato. Le ordenó y antes de obedecerle me dijo al oído: ―Sobrevive a esto para nuestra cita de mañana. Como podía bromear cuando yo estaba en las manos de un verdugo y quedaría a solas con ella. Salió de la habitación. Me había abandonado. Ante la reina si debía guardar la compostura y actuar como una verdadera princesa, las pocas lecciones que había recibido debían rendir frutos. ―La encantadora Miranda, la princesa de la que todo Aspen está hablando, vamos a ver si tanta divinidad es real o solo una ilusión. ―Yo soy real su majestad, tan real como las flores de Austin que han traído hoy. Abrió sus ojos llenos de curiosidad y una sonrisa que indicaba que estaba dispuesta a seguir la línea de sinceridad que ya yo había trazado. Aunque mi conciencia rápidamente me corrigió que en una parte yo estaba mintiendo. ―En mí no hay divinidad solo genuinidad. Agregué sonando correcta. ―Felipe debe estar orgulloso de ti, ha de pensar que contigo en la vendimia tiene asegurada una victoria. Hizo una pausa. ―Solo que él no sabe que detrás de tanta perfección se esconden monstruos y yo sé identificarlos. La reina acababa de llamarme monstruo no supe como sentirme al respecto, cuando el monstruo era ella. Claramente no podía decírselo porque ella tenía el poder de enviarme a ejecución si quisiese. ―Tú eres un monstruo, pero no para mal. Eres uno con el poder de convencer a cualquiera solo con ver a través de tus ojos. Me encargaré de vigilarte para saber si le convienes a mi hijo o eres como todas las demás que solo quieres ser reina de Aspen por el poder que obtendrías. No esperaba esa confesión, pero ello podría ser un arma de doble filo. Estaría más vigilada por la reina o lo contrario, ella podría sacarme del juego para que Vicent no me eligiese a mí. Sin embargo, esa noche tenía preparadas más sorpresas, como por ejemplo, el encuentro de dos historias con desenlaces distintos en la pasada Vendimia, una victoria por manipulación y un corazón roto por un sacrificio. Porque Lady Dorotea nos había encontrado y sería el encuentro que ella tanto había anhelado después de tanto tiempo. ―Así como el poder de Aspen que tú tanto anhelabas Dijo Lady Dorotea entrando por la puerta que había quedado abierta desde que Vicent salió. ―¿Tú quién eres? ―¿A caso no reconoces a tu compañera de Vendimia, María? ―Dorotea. Dijo la reina al reconocerla. ―Desde que te vi en las comitivas sabía que había visto ese rostro antes. ―Déjame a solas con la reina, Miranda―Mi consejera me ordenó seria y sin la sonrisa que la caracterizaba―Ella y yo debemos conversar asuntos de interés. La reina también me lo solicitó con su mirada. Las dejé a solas, no podía imaginar la batalla que iban a librar entre ellas. Esperaba que Lady Dorotea supiese lo que estaba haciendo y no afectara mi desempeño. Aunque eso estaba de más, ella era serena y racional, además solo buscaba ayudarme. Salí de la habitación y seguí el mismo camino del pasillo por donde había llegado con Vicent. Al entrar de nuevo al salón, la luz en su esplendor golpeó mi visión tan fuertemente que logró marearme. Froy llegó en mi auxilio al verme ingresar de nuevo, me sostuvo preventivamente al verme pálida. ―¿Te encuentras bien? Preguntó y yo asentí aturdida. Alondra también se acercó al vernos a ambos. ―¿Dónde se habían metido ustedes dos? Nos interrogó al mismo tiempo. ―Fui a buscar información. Respondió Froy sin inmutarse, y noté que podía mentir muy bien, porque claramente no había ido por información. ―Yo salí a buscarlo. Mis palabras hicieron que Froy pareciera perdido. ―Él ha llegado antes que tú. Bueno, olvidémoslo, después de Zobzini es tu turno de bailar con el príncipe. Giré a observar el centro del lugar y ahí estaba una Zobzini provocativa, rodeando a Vicent como si alguien llegaría a quitárselo mientras bailaban al ritmo lento de la melodía. Él lucía como si nada pasase a su alrededor. Froy captó mi atención. ―No quiero ver cómo bailas con él― susurro a mi oído y se fue. Suspiré sin poder hacer algo al respecto. La melodía terminó y era mi turno de bailar con Vicent. Alondra acomodó mi tiara y mi vestido. ―Disfruta este momento Amanda, sé que no ha sido fácil para ti este camino, pero valdrá la pena, ya lo verás. ― Me dijo y sus palabras me hicieron sonreír. ―Además el príncipe es muy apuesto. Su última frase me hizo desplegar una sonrisa radiante y fue la sonrisa con la cual Vicent me recibió en la pista. ―¿Me concede esta pieza, alteza Miranda de Austin? ―Por su puesto. Respondí y la melodía inició su curso, él sonrió susurrando a mi oído. ―Te imaginas cuando se enteren que serás la primera en tener una cita conmigo. Negué sin dimensionar el impacto que la noticia generaría en las demás princesas, en la reina misma y en las demás comitivas. Sin embargo, ese día marcaría un cambio en el rumbo de la vendimia.
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