Oliver frunció el ceño mientras miraba perdido los símbolos en el cuaderno frente a él. Sí, era un desastre completo; esto era muy difícil. No por nada había reprobado la materia en dos ocasiones, y ahora sería su tercera vez. Tenía que poner suma atención si quería pasar la materia y avanzar de año, o tendría que olvidarse del equipo de fútbol. Aunque pareciera tonto, debía dejar de aparentar que lo sabía todo cuando no era así.
—¿Cómo dices que dijiste? —Se rascó la cabeza y se inclinó en la silla donde estaba sentado, frunciendo el ceño con más fuerza. No entendía nada de nada. Además de que era muy difícil, tenía que admitir que muchas veces no se esforzaba para este tipo de proyectos. Lo cierto es que debía ser más cuidadoso con sus notas para ahorrarse los disgustos y los regaños de su padre.
Mia bufó y miró su celular; ya había pasado media hora desde que él llegó a su casa y subieron a su habitación a estudiar. Para ella, las matemáticas eran como leer de corrido, sin ninguna dificultad, por lo que creyó erróneamente que para Oliver sería igual. Ahora se daba cuenta de que no era exactamente así. No imaginó que su amigo estuviera más perdido que una hormiga abandonada. Ahora entendía que tenía que esforzarse más si quería que él aprendiera y, a su vez, él la ayudara a ella.
—Va de nuevo. Por favor, analiza lo que te digo —le suplicó. Él asintió y se concentró; ambos estaban poniendo de su parte, querían que esto saliera bien—. Lo primero que tienes que aprender es a multiplicar polinomios. Es lo más básico en álgebra. Eso te lo tuvieron que haber enseñado en secundaria. ¡Dios! —Suspiró y trató de tranquilizarse, preguntándose cómo es que Oliver había llegado hasta la universidad sin saber lo más básico de matemáticas. También tenía que entenderlo: Oliver debía tener en su cabeza solo la imagen de una pelota rodando, chicas en bikini y unas cuantas copas de alcohol—. Entonces te voy a poner un ejemplo. Los términos que están en paréntesis tendrás que multiplicarlos por los del otro paréntesis: (a) por (y) es igual a más (ay), si ambos son positivos. Si los signos son diferentes, como menos y más, entonces es un signo negativo...
Joder, estaba realmente perdido, a punto de tirar la toalla. La expresión de Oliver se fue deformando poco a poco mientras la escuchaba. No entendía ni una pizca; ¿qué significaban (a) y (y), y por qué no eran números? Volvió a maldecir. Se estaba dando por vencido demasiado rápido. Se preguntó si en verdad tenía una mente de chorlito, o si Mia no era tan buena como decían.
—No entiendes nada de lo que digo, ¿verdad? —La chica lo miró mal. ¿Era Oliver un caso perdido? Esperaba que no, porque todo saldría mal, tanto para él como para ella. Tenía que hacer todo lo posible para que él aprendiera y, además, que no fuera una carga.
—O tal vez tú no sabes explicar. —Oliver se escudó, ganándose una mirada amenazante de la rubia. Eso sí había sido grosero de su parte, y es que Mia no creía que hubiera en la universidad alguien que pudiera conocer mejor las matemáticas que ella—. ¿Qué? —Oliver se encogió de hombros; tal vez había hablado de más. Los ojos incautos de Mia lo asustaron un poco, estaba claro que no le gustó su comentario—. Esta mierda de polinomios me está rompiendo los cojones.
—Polinomios —corrigió ella con un tono de voz severo. Ni siquiera sabía cómo se llamaban.
—¿A quién le importa? —Oliver se levantó y se dejó caer en la cama de su amiga, harto. Definitivamente, se estaba dando por vencido. Se preguntó si todo era un error, pedirle ayuda a Mia... Bueno, en realidad ella se lo ofreció como un intercambio justo de intereses, y ella estaba cumpliendo su parte.
—A mí. Prometí ayudarte para que pases ese examen, y también debería importarte a ti. Tu papá te sacará del equipo si pierdes la beca. —Él lo sabía; más que nadie sabía que tenía que pasar ese examen si quería seguir siendo el capitán del equipo. Miró a Mia desde la cama, pensativo. Esa era su manera de animarlo a seguir. ¿A quién engañaba? Tenía razón. Tenía que poder, no porque quisiera o fuera fácil, sino porque debía hacerlo. Se levantó frustrado, revolviéndose el cabello. Se metió en la cabeza la idea de que no podía rendirse; en esto estaban sus sueños por completo. Era su todo o nada. Tenía que aprender y, al menos, aprobar ese maldito examen con la nota más baja para poder pasar el semestre.
—Vale, vamos de nuevo. Explícame eso de los polinomios. —Mia sonrió, meneando la cabeza. Su amigo sí que era todo un caso, pero al menos esta vez vio decisión en sus ojos y esperaba que toda la sesión siguiera así, sin que bajara el ánimo de querer aprender. Mia suspiró fuerte, se acercó a él y volvió a empezar, esta vez yendo más despacio.
—¡Oh, no me digas, no me digas! —Oliver dijo eufórico cuando logró resolver uno de los problemas del libro por sí mismo. Parecía un niño pequeño descubriendo algo nuevo. Se veía realmente gracioso, y Mia, por un momento, recordó cuando eran pequeños e incluso competían para ver quién sabía más. Era una competencia sana y divertida. Y ahora, cuando él de pronto se alegró de haber entendido mejor, ella también se alegró, y no pudo reprimir la sonrisa que se dibujó en su rostro.
—¡Exacto! —Mia sonrió con más amplitud, y su amigo se levantó de su asiento festejando su logro con brincos y poses de victoria que hicieron reír con más fuerza a la rubia. En definitiva, ese era el Oliver que había conocido desde hace mucho. Después de eso, fue tanta la euforia que no se dio cuenta de sus acciones, o tal vez ni siquiera las pensó.
Tomó las manos de Mia y la jaló para darle un fuerte abrazo. Tenía que darle las gracias, así que besó su mejilla por puro impulso, sin percatarse de que Mia poco a poco se iba poniendo roja de la sorpresa. Tal vez para ella no significaba nada lo que había aprendido en apenas una sesión, pero para él lo fue todo en ese instante, ya que ahora, al menos, sabía más que antes. No era para tanto, aunque se alegró de que él aprendiera rápido. Se dio cuenta de que Oliver podía ser aplicado si se lo proponía. Eso haría que las cosas no fueran tan complicadas después de todo.
—Eres lo máximo...
—Vale, lo sé, pero esto es solo la introducción. —Mia le advirtió, alejándose de él después del gran abrazo. Acomodó su ropa y desvió la mirada hacia otra parte, ocultando su rostro sonrojado. El contacto no era algo que la pusiera muy cómoda, pero no era solo eso, sino el hecho de quién había venido ese abrazo. Mia se acomodó los lentes, que se habían movido por el reciente abrazo, y carraspeó la garganta. Oliver se dio cuenta de lo que había hecho y también tomó una distancia prudente.
Oliver la seguía tratando como cuando eran niños; no le importaba abrazarla y darle besos en la mejilla. Eran amigos, o al menos él pretendía que lo fueran, a pesar de que se habían separado. Podía percibir que aún quedaba un poco de complicidad entre ambos, y eso estaba bien, pero ahora mismo ella se estaba sintiendo incómoda y sabía por qué. Ella lo sabía y no podía decirlo, era un secreto que esperaba que nunca saliera a la luz. Realmente no le veía sentido siquiera recordarlo, sin embargo, ya era tarde, y los recuerdos la invadieron, haciéndola sentir miserable.