Capítulo 7

1306 Words
—Deberíamos terminar por hoy. —Oliver frunció el ceño al notar su cambio de actitud; ella estaba seria y más distante. ¿Qué había pasado? Se preguntó. Tal vez el acercamiento la había incomodado, pero no dijo nada. También pensó en la posibilidad de que estuviera cansada por ayudarlo a estudiar, y con razón. Esta vez se estaba tragando sus propias palabras: Mia era la mejor enseñando. Miró su reloj; era tardísimo, habían pasado al menos cuatro horas tratando de que aprendiera algo, pero al final no fue en vano—. Solo repasa muy bien lo que te enseñé hoy, y mañana podremos pasar al siguiente tema. Él asintió y suspiró, cansado. También estaba agotado, aunque no lo había notado hasta que la euforia de haber aprendido y entendido algo pasó. Sin embargo, sentía que le debía algo, más que un simple "gracias". No se sentía bien solo dejándola así. —¿Por qué no aprovechamos lo que queda de tiempo para que yo te ayude a ti? —Mia negó de inmediato. Se empezaba a sentir mal, algo en su pecho le dolía, dolía mucho, pero incluso ella pensó que no debía hacer caso de ese sentimiento que creyó que estaba muerto para siempre, porque era imposible que aún pudiera sentirlo después de tantos años. Debía haber un error—. ¿No? Pensé que querías mi ayuda. —¿Podemos hacerlo mañana? —soltó un mohín, no quería ser grosera ni correrlo, esperaba que entendiera su posición y solo se fuera—. Tengo otras cosas que hacer y ya es tarde. Él la miró extrañado, pensó en preguntar si le pasaba algo, en si tenía la culpa, o si había hecho algo para que actuara así, prometiéndose no volverlo a hacer. Pero nuevamente llegó a la conclusión de que solo estaba cansada, así que no insistió más y asintió de nuevo. Caminó hacia la cama. —Te veré mañana —dijo mientras guardaba sus cosas en la mochila, dándole la espalda y empezando a caminar hacia afuera de la habitación y escaleras abajo. Los ojos azules de la rubia lo miraron con nostalgia y sonrieron despidiéndose de él cuando lo acompañó a la salida. Oliver le devolvió el gesto y se fue a su casa. Cuando finalmente vio a su amigo desaparecer por su jardín, ella entró a su casa y se desplomó sobre el sofá, boca abajo, soltando un gran bufido. Todo lo había calculado de forma errónea. Se acercó a Oliver creyendo que todo en ella se había olvidado del asunto del pasado. Los recuerdos llegaron a su mente como una avalancha que la sofocó en ese instante; eran buenos y malos, recuerdos que pensó que había sepultado en lo más recóndito de su corazón, pero que un simple abrazo hizo resurgir. Era incluso algo patético para sí misma, ya que pensó que después de años olvidaría lo tonta que había sido por fijarse en Oliver, su mejor amigo, su primer amor. Se abrazó a sí misma porque incluso pudo sentir el dolor que le recorrió todo el cuerpo, como una corriente eléctrica que no pudo contener. Muchos años luchó con sus sentimientos, diciéndose a sí misma que su amistad era más importante que una relación amorosa, que no quería perderlo así. Qué ironía, porque todo salió como ella había evitado que pasara. Nada de lo que hizo sirvió al final, ni siquiera eso pudo salvar. Hasta que se distanciaron y, por fin, pudo superarlo, o eso creyó. En verdad creyó que no existía ni el vestigio del amor que un día le tuvo. De nuevo se equivocó, y entonces se preguntó qué debía hacer ahora. Ella no estaba enamorada de Oliver, eso había quedado en el pasado. Ahora, a quien quería era a Matt, se lo repitió una y otra vez, ya que eso era lo que creía que sentía. Le parecía una locura que aún estuviera interesada en Oliver; tenía que concentrarse en lo que sentía por Matt, pero también era un amor complicado. Aun así, odiaba que Oliver fuera tan efusivo con ella. Ya no eran unos niños; él no podía pretender que podía tratarla igual, cuando era obvio que ya no eran los mismos. Además de la idea de que la hacía dudar sobre todo, sabía que no lo hacía con segundas intenciones. Oliver jamás la vería con otros ojos que no fueran los de un amigo. Estaba segura de que ni siquiera sospechaba que en algún momento de su niñez, Mia estuvo perdidamente enamorada de él. Y la verdad, no quería que nunca lo supiera; ya era demasiado incómodo que ella misma lo resurgiera en su memoria. Era mejor mantener esos pensamientos al margen y solo ayudarlo, y que él la ayudara a hacer lo suyo. Eso era lo mejor, que se olvidara de eso. El pasado era eso, solo pasado, y ahora Mia solo tenía ojos para una sola persona y haría lo que fuera para que Matt le hiciera caso. Y Oliver la ayudaría en el proceso. Al menos tenía la ilusión de que ese amor inalcanzable se convirtiera en algo real. Esta vez lucharía por lo que quería y no solo se quedaría a mitad de la puerta mirando cómo le parten el corazón. El jueves era, por mucho, el peor día para Mia. Era como decir que era viernes 13, así de malo era para ella. La clase de física era la asignatura que más odiaba en el mundo, y es que, aparte de ser torpe, estaba ciega. Sin sus lentes no veía nada, y era lógico que se los tuviera que quitar para esa clase o terminarían destrozados al final del día. Tenía muchos lentes rotos dentro del cajón en el escritorio de su habitación; era un desastre. No tenía más justificantes que le dieran la excusa perfecta para no asistir; las náuseas y los dolores de cabeza ya no daban tanto resultado. Era un desastre, así que no le quedó de otra que tomar la asignatura de ese día. Y como si la mala suerte estuviera de su lado, el profesor dio el aviso de que jugarían quemados. El peor juego del mundo, gritó internamente apenas las palabras del profesor llegaron a sus oídos. Definitivamente, ese día llegaría a casa hecha papilla. Soltó una mueca de dolor, el cual aún no sentía, pero sentiría. Un alarido se escuchó de parte de los jugadores de fútbol, mientras los ojos de Mia se agrandaron por el temor. Ese juego era el justificante perfecto para que los bravucones de la escuela golpearan a las personas torpes como ella. Ellos claramente estarían felices y su mente psicópata y golpeadora. Aún recordaba la última vez que lo jugó; ese día había sido el peor. Llegó a casa llena de moretones que dolían como el infierno. No pudo asistir a clases al día siguiente porque el dolor persistió. Ese juego terminaría en masacre, estaba segura. Miró a Ian; ambos temían lo peor, y es que por algo eran amigos, ya que los juegos como esos no eran exactamente su fuerte. Mia había decidido ejercitar otro tipo de músculo a los demás que tenía. —Oliver Silver. —El profesor dio a conocer a los capitanes de los dos equipos contrincantes. Era casi obvio que el azabache sería capitán de uno de los dos—. Y Matt Green, escojan a sus equipos. En cuanto Mia escuchó el nombre de su amor, soltó una sonrisa, lo miró expectante. Y es que en especial ese día, Green se veía realmente guapo con aquella banda en su cabeza, con su hermoso cabello en rulos cayendo por los lados. ¿Podía ser más hermoso y perfecto? Ella sabía que sí podía, pero que no sería muy bueno para su frágil corazón, el cual estaba latiendo fuerte por él.
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