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La vista desde aquí me sorprende. El cielo anaranjado cubre todo bajo sus pies, extendiéndose hasta el borde del risco. Disfruto de emociones como el peligro, y desde este lugar puedo sentirme más viva. Mis manos se mezclan con los colores de la naturaleza. El sonido es abismal y relajante; solo puedo escuchar los latidos de mi corazón. El césped se siente húmedo y frío bajo mi piel, pero no me molesta ni provoca la picazón que solía experimentar de niña, cuando incluso llegaba a comérmelo.
El atardecer se convierte en parte de mi corazón y de mi paz interior, aunque sé que pronto debo regresar y no quiero postergar lo inevitable. Camino con tranquilidad hacia mi nuevo hogar, pero primero, como siempre, me gusta visitar un pequeño bar. Uno de esos lugares donde apenas se escucha a la gente y que solía frecuentar mucho. Al entrar, el chirrido característico de la puerta al abrirse llena el ambiente, junto con las carcajadas de las personas y el sonido de la vajilla chocando. Busco un lugar apartado para sentarme, no quiero que nadie me mire, y tengo la sensación constante de que soy invisible para los demás.
El lugar está lleno, más que en otros días. Quizás estén celebrando algo o haya un partido de fútbol, no lo sé. De repente, alguien choca contra mi espalda y me molesta. Me pongo de pie de inmediato y, con desconfianza, agarro a la persona por el cuello.
—¿Quién eres? —pregunto en un tono amargado y desconfiado.
—Lo siento, chica, fue solo un… choque sin querer —comenta un hombre muy atractivo, para ser honesto, visiblemente nervioso.
Suelto al hombre con desconfianza, casi empujándolo hacia atrás, y se acomoda la chaqueta antes de observarme.
—No, nunca te vi por aquí —digo con precaución.
—No vengo muy seguido, soy más bien… no recurrente —responde él.
—Tú sí —replico, intentando ignorarlo.
Pronto llega mi taza de café con dos medialunas. Siempre pido lo mismo. Mientras el aroma característico llena el aire, suspiro antes de probar el primer bocado. Pero nuevamente aquella voz irritante me detiene.