—¿De dónde eres? —pregunta desde detrás de la taza de café mientras come, y me encuentro con el mismo chico sentado frente a mí.
—No sé qué quieres —comento, incluso su mera presencia me irrita.
—Yo…
—¿Puedes dejarme comer tranquila? —le pido en un tono bajo.
—Lo lamento, pero me das curiosidad —responde con una sonrisa amplia, lo que solo aumenta mi molestia.
Observo sus rizos rubios, esos oscuros ojos extrañamente atractivos, las pecas que salpican su rostro juvenil. No sé por qué, pero me siento intrigada.
—¿Por qué preguntas directamente? —digo, retomando mi taza de café.
Él sonríe aún más y parece inmune a mi hostilidad. Estoy vestida de n***o, totalmente opuesta a él con su camisa hasta el cuello.
—Mira, niñonera, aléjate de mí si no quieres problemas —advirtiendo de manera amenazante. Pero parece que mis palabras no le afectan. Por primera vez, alguien despierta mi curiosidad. ¿Por qué no puedo alejarlo? No lo sé.
Sin embargo, el chico permanece inmóvil, y extiendo la mano para pedir algo también.
—¿Por qué estás en mi mesa? —pregunto en tono amargo, aunque no he hecho nada para evitarlo.
—Porque estás sola.
—Pues… me gusta la soledad.
—Pero ahora estoy yo —comenta con un suspiro. Parece que no tendré escapatoria para alejar a este chico.
El chico continúa observándome con una sonrisa suave, de esas que suelen ser tranquilizadoras y atractivas. Pero para mí, simplemente es irritante. Cuando termino de comer y no dejo ni una miga de las medialunas, tomo mi vale para pagar. Luego, con discreción, como si por alguna razón no quisiera que lo vea, murmuro un "adiós" mientras me doy la vuelta. Sin embargo, el chico empieza a seguirme.
Pongo los ojos en blanco y me giro un poco para encararlo.
—¿Por qué me sigues? —pregunto, evidentemente molesta.
—Porque quiero cuidarte —murmura, y de repente todos a su alrededor comienzan a aplaudir, como si estuvieran animándolo a seguirme.
—Para que sepas, no creo que tenga algo contigo —le digo secamente, rodando los ojos.
—Pues eso me beneficia, ahora seré el chico importante que conquistó a la dama de n***o.
—Perdón, ¿qué? —pregunto, sin entender su referencia.
—La dama de n***o, tú —afirma, y me quedo pensando en esas palabras, pero decido no abrir la boca.
Sigo caminando mientras el chico sigue detrás de mí. Cansada de su insistencia, lo agarro del cuello nuevamente y le advierto:
—Aléjate de mí —lo amenazo, pero él no parece asustado en absoluto. Simplemente sigue comiendo y sonriendo.
—Solamente quiero protegerte.
—Yo sé protegerme sola, ¿no te das cuenta? —le pregunto, frustrada, y lo suelto. Aunque es más alto que yo, parece delgado. Suspiro y continúo caminando en dirección a mi nuevo hogar, y él finalmente se detiene.