—Para ti —dice, y lo miro con curiosidad. Es una caja de color blanco con un lazo. Mi curiosidad supera mi desconfianza, así que observo la caja con detenimiento.
—Adelante —comenta, señalando con la mano. Abro la caja y me sorprendo. Son donas, las donas que me encantan. Pero le mencioné que en la cafetería no las vendían.
—¿Donas? —pregunto, con una sonrisa.
—Me dijiste que te gustaban y que no había en la cafetería, así que pensé que sería una buena idea comprarlas —explica.
—Gracias —digo mientras las tomo.
—¿No te gustaron? —pregunta.
—Sí, pero no puedo llevarlas. Mañana las llevaré a la cafetería —comento mientras tomo una dona y empiezo a comerla.
Al día siguiente, estoy sentada en la misma mesa. No estoy segura si hago bien en venir aquí, pero es lo que hago. Pronto, él llega con la misma caja de ayer y se sienta a mi lado. Abre la caja y puedo notar que no falta ninguna dona.
—¿Y la dona que me comí ayer? —pregunto curiosa.
—Se las comió mi hermano, no te preocupes —responde encogiéndose de hombros—. Compré otras por si las de ayer se habían puesto feas.
—¿Qué pasó con las donas de ayer? —pregunto, incapaz de creer que las haya tirado.
—No las tiré, mi hermano se las comió —aclara.
—Bueno —comento simplemente, y tomo una dona.
Pronto nos sirven unos cafés, y suspiro. La dona es muy sabrosa, dulce y tierna. Es lo más delicioso que he probado en años. Él me observa y dejo de saborear la comida.
—¿Qué? —pregunta en tono seco, y sé que le molesta que lo esté mirando.
—Nada, te ves muy tierna mientras pruebas esa dona —dice.
—Bueno —murmuro, ignorándolo, pero él toma mi mano.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —pregunta, y lo observo con curiosidad.
—¿Qué? —pregunto, cansada de tanto misterio y de su insistencia en tener contacto conmigo, algo que me irrita bastante.
—¿Quieres salir conmigo? —pregunta, sorprendiéndome. Lo miro de arriba a abajo, mis ojos grises lo escanean y él me sigue mirando sonriente.
—Jamás —exclamo, mientras doy otro sorbo de café y él borra la sonrisa.
—¿Por qué no? —pregunta.
—Tengo mis razones —comento en tono evasivo mientras me como otra dona.
—¿Es porque soy demasiado delgado? —pregunta cabizbajo.
—No —murmuro, ignorándolo mientras miro por la ventana. Están llegando sus amigos, bajan riéndose de una camioneta colorida. Aquella chica que venía con él de la mano tiene puesto un vestido blanco pegado al cuerpo, dejando ver sus piernas bastante formadas y una pequeña cintura. Parece una modelo.
—Luego llegaron mis amigos —comenta divertido—. Sí, yo me voy.
Me pongo de pie, pero él me detiene.
—No te los presentaré —dice.
Lo miro con el ceño fruncido, ya que odio el contacto con otras personas.
—¿Por qué haría eso? —pregunto, y él sonríe.
—Porque sé que te gusta en el fondo —comenta, y yo lo miro sin entender sus palabras.
Cuando la chica lo abraza en la mejilla, supe que la odiaba. Su cabello rubio se inclinó hacia mi lado y sé que él lo notó.
—Ella es mi amiga Isabella —comenta, presentándomela, y a mí no me interesa.
—Hola —murmuro mientras me pongo de pie y los rodeo, ignorando a cada uno de sus amigos. Antes de marcharme, me doy la vuelta, tomo una dona y desaparezco.
—Esta niña es rara. ¿Quién es? —pregunta la chica hueca, refiriéndose a mí, a Adán.
—Isabel, ¿a dónde vas? —pregunta, deteniéndome mientras se pone de pie y se aleja de sus amigos, quienes me ignoran y siguen hablando como si nada, comiéndose mis donas. Suspiro resignada por no poder llevarlas.
—Tengo que irme —respondo, y él me sigue deteniendo.
—Es por mis amigos. Si quieres, vamos a un lugar más apartado —comenta, y yo lo miro con curiosidad. Me sorprende que quiera alejarse de sus amigos, así que asiento.
Regresa a buscar su chaqueta, y la chica lo abraza. En ese instante, me muerdo los labios para no asesinarlos mentalmente y salgo por la puerta, después de marcharme. No me quedo ni un segundo más aquí, no es el lugar que me corresponde y lo sé. Camino rápidamente para que Adán no me alcance.
—Corres muy rápido —exclama divertido, y se coloca una chaqueta que obviamente tiene colores de arcoíris.
—Me quería ir —respondo.
—¿Por qué? no me interesa esa chica.
—pregunta curioso mientras me observa.
—Claro, por eso dejas que te…
Me doy la vuelta, sin querer escucharlo más, porque sus excusas me hacen enojar profundamente.
—Porque me gustas tú —comenta, y me quedo de piedra. Me doy la vuelta, observando cómo subía y bajaba el pecho. Se acerca a mí con pasos decididos, toma mi cabello y posa sus dedos detrás de mi nuca. Para mi sorpresa, junta sus labios con los míos. Abro los ojos,
Hacía tanto tiempo que nadie había juntado sus labios con los míos, que ni siquiera sabía qué hacer. Él me sonrió, y por primera vez en mi vida me sentí completamente fuera de lugar.
—Me gustas tú —volvió a repetir, acariciando mis mejillas, y yo bajé la vista.
—No puedes, no puedes hacer eso —comento, y me alejo.
—¿Por qué no? —pregunta, sin entender, mientras aún sigue de pie quieto en el lugar, y yo sigo avanzando.
—Porque yo nunca podría estar contigo —comento, y él me mira sin entender, pero yo no le voy a dar ninguna explicación. No se la debo, y tampoco quiero. Avanzo, y esta vez lo hago sola, ya que él no me sigue y creo que es lo mejor.
Los días restantes, me la he pasado sola. No necesitaba verlo, aunque muchas veces quería desviarme hacia la cafetería, no solo para verlo a él, sino para poder tomar café. Ahora ya no podía hacer ninguna de las dos cosas. Ese chico me había arruinado mis posibilidades de sentirme un poco normal cada mañana. Tan solo tenía la oportunidad de hacer eso cuatro veces a la semana, lo cual para mí era demasiado.
En cuanto llegó oficialmente el taller, me observa Clara.
—¿No lo viste, verdad? —pregunta curiosa, mirándome mientras ingresábamos y nos poníamos nuestros delantales.
—No —murmuro mientras empiezo a limpiar junto con mi amiga.
—¿Por qué no le dices la verdad? —pregunta Clara, y yo suspiro.
—Porque no me preguntó —comento, y ella se ríe divertida.
—Y eso que te estaba esperando en estos días —agrega Clara. —¿Hace cuánto no lo ves?
—Dos semanas —contesto, y ella suspira.
—Dile la verdad —murmura, y yo niego.
—No puedo —comento, y mientras salíamos del taller y nos dirigíamos a nuestro hogar, pensé en él. Pensé en aquella vez que me lo encontré y cuando me compró ese paquete de donas.
Ni siquiera yo entendía por qué de repente pensaba en él. Al día siguiente, me vi a mí misma frente a la cafetería de siempre. Tenía los brazos cruzados, la misma chaqueta de cuero negra y mi pantalón oscuro. No tenía otras prendas, y no me importaba demostrar que no las tenía. Mis ojos estaban marcados con delineador n***o como siempre, resaltando mi color gris. En ese momento, una voz chillona se acercó a mi lado.
—¿Qué haces aquí parada? ¿Cómo estás esperando a Adam? —pregunta, mientras se mira en un pequeño espejo y se pinta los labios de un color rosa chicle.
—No, solo venía a beber un café —contesto en tono seco, y avanzo.
—Espera, niña —comenta, tomándome del codo.
Me sorprende que me toque. ¿Por qué está haciéndolo?
—¿Por qué me tocas? —pregunto, y ella me mira divertida.