—¿Cómo has estado? No te he visto durante 4 días —murmura, y es verdad.
—No siempre puedo venir aquí —digo.
—¿Por qué no? Es decir, puedes salir de tu casa y simplemente caminar hasta aquí. Además, si no tienes dinero, pues yo te invito —insiste.
—Es una oferta tentadora, pero no es algo que pueda decidir así —comento, y sigo caminando, ignorándolo.
—De verdad, ven a comer. Si quieres, te invito una hamburguesa triple con muchas papas —insiste.
—No, gracias —comento, ya que no tengo hambre en realidad.
Sigo caminando, intentando llegar al bosque, pero algo me detiene. Él me toma de la mano, para mi sorpresa. Al hacerlo, siento una extraña electricidad recorrer todo mi cuerpo. Me suelto debido a la confusión que esa sensación me causa. Él parece haber sentido lo mismo, porque se queda mirándome.
—¿Qué me miras, niño? —digo.
—Nada —murmura, sonriente como ayer—. Estás caminando.
Me deja ir. Al día siguiente, vine aquí de nuevo. Por alguna razón, me encuentro observando el local de comida, esperando que él aparezca. Me he aferrado un poco a él, lo cual sé que está mal. Simplemente tenía que venir aquí, comer y luego marcharme. Ese era el acuerdo principal.
Suspiro y doy la vuelta para dirigirme al taller al que debo ir, pero me detengo cuando veo que él entra con una chica. Me sorprende, no esperaba que hiciera algo así. La chica tiene el cabello largo y oscuro, y viste un vestido ajustado de color rosa pálido, lo cual refleja su personalidad.
Ambos sonríen y yo me siento completamente fuera de lugar. Aprieto el puño y puedo sentir cómo la sangre corre bajo mis uñas, pero no me importa. Por algún motivo, no puedo moverme; me quedo estática, observando a través de los grandes ventanales de la cafetería. Ellos se sientan juntos y luego llegan más personas. Se ríen, hablan, piden bebidas y siguen riéndose. ¿Por qué se ríen tanto? No lo sé. Siento que la envidia me ha atrapado en este juego. Odio verlo reírse con otras personas que no soy yo. Finalmente, doy la vuelta y me alejo para llegar finalmente al taller, tratando de olvidarme de Adam.
Al día siguiente, llego frente a la cafetería sin saber exactamente qué estoy haciendo aquí. Algo toca mi hombro y mi primera reacción es dar un manotazo hacia lo que sea que me haya tocado. Adam está a mi lado, completamente sorprendido.
—Creo que me estoy acostumbrando a tus reacciones —murmura mientras bajo la mano.
—¿Qué quieres? —pregunto con mal humor, recordando haberlo visto ayer.
—Te vi de pie y quise venir a saludarte —responde.
—¿Por qué no vas con tus amigos o amiga? —pregunto sin mirarlo, y comienzo a caminar en dirección opuesta.
—Ella es una amiga y nada más —aclara.
—Claro —murmuro sin mirarlo.
—¿Acaso está celosa? —pregunta divertido, cerrándome el paso.
Suspiro. Podría noquearlo en tan solo un segundo, pero no lo hago. Solamente pongo los ojos en blanco y lo rodeo.
Sin esperar, extiende el brazo y me toma de la cintura. Me pega a él y yo lo observo.
—¿Qué pretendes? —pregunto en tono seco.
—Nada, tan solo verte —murmura y suspira. Su indiferencia me da escalofríos. Aunque en este momento, su cercanía me produce algo más.
Nos miramos durante breves segundos, hasta que decido darme la vuelta y lo ignoro.
Él me deja ir y, en ese extraño día, no sucede nada. Saludo como durante esos segundos de todos los días y no paso por la cafetería. No podía conectar con alguien tan alegre, mientras que yo quiero mantenerme en la oscuridad. Tenía un pasado bastante aterrador, y no lo negaría.
En cuanto salgo del taller junto con algunos de mis compañeros, lo veo. Está conduciendo un auto, algo bastante normal para mi sorpresa. Hubiera jurado que conduciría un auto de colores, tal cual su personalidad, pero no.
—Nada —digo en tono seco y me doy la vuelta. Mis compañeros se ríen divertidos al ver mi reacción, pero los ignoro. No pueden saber que he conocido a otra persona.
Mientras caminamos en grupo, alguien toma mi hombro y lo veo. No sé en qué momento ha estacionado para poder encontrarme.
—¿Qué quieres? —pregunto en tono seco, y todos abuchean mientras siguen caminando, pero yo me detengo.
—¿Son todos tus compañeros de este taller? —pregunta curioso, y yo asiento sin decir ninguna palabra más.
—¿Y cómo has estado? Hoy no fuiste a la cafetería —comenta.
—Bien —murmuro y me doy la vuelta.
—Traje algo para ti —dice, y lo observo. Se va corriendo hacia su vehículo mientras continúa hablando—. Espérame.
Lo ignoro y sigo caminando. Cuando él se acerca, estamos a unos 5 metros de distancia. No me interesa lo que tenga para mí y de todas formas no puedo llevarlo.
Pero él, haciendo caso omiso de cómo lo dejé plantado, corre detrás de mí y toma mi mano.