—Porque así es como hacen las personas cuando se están conociendo —explica él, y ruedo los ojos.
—¿Y algo de dialogo se necesita?, tengo… 25 años —agrego.
—Yo tengo 27 —comenta él, y lo miro sorprendida.
—Parece que tienes 18 años o menos —comento.
—Siempre tuve cara de niño más joven —comenta encogiéndose de hombros.
—Vaya, si eres bueno para disimular la edad —murmuro en tono seco, sintiendo irritación al verlo.
—Pues, un gusto conocerte, Isabella de 25 años —dice él.
—Para mí no, eres odioso —digo como un muro, expresando la verdad, y él se ríe divertido.
—En la primera vez que alguien me dice que soy odioso, me caes bien —gruño, no hay forma de que este chico me deteste tanto como yo a él. Pongo los ojos en blanco y suspiro.
Él saca su teléfono y, para mi sorpresa, una luz me ciega.
—¿Qué has hecho? —pregunto molesta. Ayer esto me hubiera asustado, pero esta vez no.
—Solamente quería sacarte una foto —comenta, retrocediendo un poco. Toma su teléfono y ya veo algunas fotos más, algunas de mí mirando por la ventana. Eran bonitas fotos. Era raro verme en una fotografía, hacía muchos años que no lo hacía.
Suspiro y dejo el teléfono en sus manos.
—Sacas buenas fotos —comenta, como si fuera un elogio, y él vuelve a sonreír.
—Lo lamento, no sabía que estaba el flash —dice él.
—No, olvídalo. Me da igual —respondo en tono amargo. La única foto que me habían tomado fue de aquel día y nada más.
—Podrías ser una modelo o algo así —comenta él, y lo miro.
—¿Por qué querría ser modelo? —pregunto.
—Porque tienes un bonito rostro —murmura, pero niego.
—Eso no es para mí —comento en tono seco.
—Yo estoy estudiando fotografía, y las modelos que van pues no son tan bonitas como tú —dice él.
—¿Y por eso pagan? —pregunto curiosa, y él asiente.
—Sí, y muy bien.
—Entonces anótame, iré —digo.
—Lo único es que a veces piden...
—¿Qué piden? —pregunto.
—Nada, algún estilo de ropa y cosas así.
—Yo solamente voy de n***o —murmuro—. Es lo único que tengo.
—No te preocupes, te prestaré ropa —dice—. Mi madre tiene una tienda. Bueno, en realidad varias tiendas.
—Así que eres un niño rico —comento, mirándolo de arriba abajo.
—El dinero lo tienen mis padres —responde, peinándose y bajando la vista.
Suspiro. Es un niño demasiado odioso y también bastante sentimental. Cuando llegan nuestros pedidos, él comienza a comer. Hace tanto tiempo que no como una buena hamburguesa. Cierra los ojos como si de esa manera pudiera saborearla aún más. Empiezo a comer rápidamente, pero me controlo. Debo comer despacio para saborear cada bocado.
La hamburguesa tiene panceta, tal cual me gusta, con huevo, tomate, lechuga y queso. Decido no probar las papas con queso cheddar; sé que serán la gloria misma. Y lo son. Están tan ricas como esperaba. Luego, cuando pruebo la gaseosa, siento que estoy en el paraíso.
—Está rica la comida —comenta él, acompañando mi disfrute. Por un momento, había olvidado su presencia.
—Sí. Hasta que hablaste —murmuro, y él se ríe.
—Qué mala —dice, y pongo los ojos en blanco.
—¿Tú comes esa ensaladita fea? —pregunto, observando su plato.
—Soy vegetariano —comenta él.
—Pues sí, por eso estarás por los huesos —comento.
—Soy de genética delgada —responde.
—Pero si no comes carne, vas a terminar desintegrándote —digo mientras saboreo mi hamburguesa, complaciéndome.
—Según mi doctor, estoy bien de peso —se encoge de hombros.
—Bien, para volarte. Si sales afuera y hay viento, te vuelas —murmuro, y él se ríe divertido.
—Qué mala —dice él, y pongo los ojos en blanco.
—Cuando quisiera ser mala, lo sería mucho peor, así que no me provoques —murmuro señalando con el dedo, y él comienza a reír a carcajadas. Yo también me uno, después de tantos años también río. Tenía la mano llena de queso y una mezcla de sabores de la hamburguesa. Ambos reímos, y por primera vez, me siento feliz.
Cuando terminamos de comer, llega el momento del pago, como había mencionado antes. Además, yo no tenía dinero, y él se ofrece a acompañarme hacia mi nuevo hogar.
—Entonces, ¿a dónde te irás? —pregunta curioso.
—Tengo que ir a mi casa —comento, y él pregunta:
—¿Me dejarás acompañarte?
Niego.
—No puedes acompañarme adonde yo voy —digo como un muro.
—¿Por qué? —pregunta, y su tono me hace recordar a mí con todas sus preguntas.
—Porque eres un niño —comento, y para su sorpresa, le doy un beso en la mejilla.
El chico se queda quieto, rígido. Me alejo de él, satisfecha, sabiendo que puedo irme caminando en paz, sin que él me persiga. Al día siguiente, me encuentro nuevamente caminando frente al lugar.
Sin embargo, no ingreso. Tener una relación con alguien, aunque sea una amistad, no parecía ser una buena idea. No sabiendo dónde me encuentro, no quería complicar las cosas. Pero es demasiado tarde, él me vio y sale corriendo para saludarme, al parecer.
—¿Por qué no entras así comemos algo? —pregunta, y yo niego.
—Solamente pasaba por aquí —murmuro.