—No —murmuro, y él se ríe divertido.
—¿Por qué no? —pregunta. No puedo evitar suspirar.
—No puedo explicarte las razones —comento, y finalmente él me lleva de regreso en su auto. Viajamos en silencio. Tengo demasiado en mi mente para procesar. Aunque una parte de mí quiere que él me vuelva a besar antes de despedirme.
—Adam, esto es una despedida de verdad —comento una vez que llegamos y apaga el vehículo.
—¿Por qué? Por qué no quieres estar conmigo. Sé que te gusto, sé que correspondes a mis besos —murmura, y yo niego.
—Si te lo dijera, seguramente huirías de mí —comento con tristeza, y él niega.
—No. Eres lo más bonito que me ha pasado en la vida —dice, y puedo ver lágrimas en sus ojos. Parece que no quiere que me vaya, pero sé que es lo mejor. No puedo ofrecerle nada, y aunque quisiera entregarme por completo, hay cosas que no puedo cambiar.
Lo abrazo, tal vez por primera vez en mi vida. Lo hago con fuerza, porque despedirse es una de las cosas más difíciles que he hecho. Le doy un beso en la mejilla y dejo algunas lágrimas pegadas en su piel.
—No pienses que no me duele —comento, llorando mientras me alejo del auto.
—Entonces no te vayas —exclama, pero yo ignoro su súplica y desaparezco entre los árboles del bosque.
En los días siguientes, era extraño llegar al taller y no verlo. Aunque a veces podía ver su vehículo rondando por allí, creo que ya había memorizado mi horario. Y lo comprendía. Él... creo que se había enamorado de mí, y yo también creo que me estaba enamorando de él.
Pero no podía revelarle quién era en realidad, no podía arriesgarme a su rechazo. Los días siguientes transcurrieron de manera similar. Cada vez que salía, lo veía en su vehículo. Aunque no intentaba buscarme, respetaba mi decisión. A menudo, deseaba verlo a través de la ventana del copiloto y abrazarlo, pero me contenía. Quería decirle cuánto lo extrañaba, pero no lo hice. Pasaron exactamente ocho días hasta que, en el noveno día, cuando salí del taller, él no estaba allí. Lo acepté. Nadie, por más enamorado que esté, puede esperar indefinidamente.
Empecé a caminar, asumiendo la realidad de que no lo vería. Suspiré resignada. Estaba a punto de dar la vuelta e irme cuando algo me detuvo, o más bien alguien. Era él. Mis compañeros se rieron entre ellos y continuaron caminando, mientras yo me detuve. Sostenía un enorme ramo de flores, tan grande que casi no se veía su rostro detrás de él.
—¿Qué es eso? —pregunté, y él me entregó el ramo.
—Para ti —comentó, mordiéndose el labio. No llevaba ropa colorida como de costumbre; vestía algo más normal. Incluso noté que había ganado algo de peso.
—¿Por qué no llevas ropa colorida? —pregunté, y él respondió:
—Pensé que tal vez te gustaría más así. Además, he empezado a ir al gimnasio y a comer más saludable.
—Te ves bien —dije sinceramente, sonriendo mientras avanzaba. No podía decirle cuánto lo había echado de menos, porque eso llevaría a abrazos y a volver a empezar. Preferí mantener mis sentimientos ocultos y simplemente sonreírle. Pareció suficiente tanto para él como para mí.
Pero cuando ya estaba cerca de llegar a mi hogar, con el dolor en mi corazón, tuve que arrojar las flores a la basura. Era un recordatorio doloroso de lo que no podíamos tener.
Tres días después, cuando finalmente me tocaba ir al taller, llegué como siempre y su auto estaba estacionado a un costado. No sé qué me pasó, tal vez fue la emoción de verlo nuevamente, pero corrí hacia él y golpeé la ventana. Él bajó el vidrio con una sonrisa enorme y entré. Nos abrazamos, porque lo había extrañado, y era algo que no podía ocultar. Para mi sorpresa, me besó, y durante esas dos largas semanas, había estado pensando en él y en sus besos, deseando poder estar cerca nuevamente.
—Déjame explicarte quién soy con el tiempo —murmuro, y el asintió.
—Te esperaría toda mi vida —comentó, y nos besamos de nuevo. Aún tenía el anillo en mi dedo, nadie lo había quitado.
—Acepto ser tu esposa —dije, y él me miró con intriga.
—Has dado un gran paso —comentó, y nos reímos.
—Tú me lo propusiste —respondí encogiéndome de hombros.
—Entonces ahora eres mi prometida —preguntó, y yo asentí. Luego nos abrazamos y él dijo:
—Vaya, nunca tuve una novia y de repente me voy a casar —comentó asombrado consigo mismo, y no pude evitar reír.
—Pero no sé cuándo podré —comenté, siendo sincera.
—Ya te dije que te esperaré todo el tiempo que sea necesario —dijo él—. Pero no me dejes, Isabella. Los días sin ti han sido muy tristes —susurró, bajando la voz y la mirada. Suspiré y lo abracé de nuevo. Él me sostuvo de la cintura y levantó la mirada. Pero no podía quedarme allí por siempre, tenía que ir al taller. Quizás en algún momento, un día de ausencia, me cueste trabajo volver a verlo.
—Nos veremos más tarde, ¿verdad? —pregunté, y él asintió. Abrí la puerta del auto y seguí avanzando hacia el taller.
Me sentía feliz, finalmente parecía que las cosas volvían a estar en su lugar. Clara, me miró con una sonrisa y comentó:
—Qué bueno que le hayas dado la oportunidad al chico.
—Ahora estoy comprometida —dije, señalándole el anillo en mi dedo. Ella me miró con sorpresa.
—Vaya, das saltos rápidos —comentó con los ojos brillantes, llenos de entusiasmo.
Los días siguientes fueron como encuentros inesperados, besos en los autos y él esperando que saliera o entrara al taller. Íbamos de vez en cuando a la cafetería. Pero un día, él no pudo asistir y me dejó una notita pegada en el árbol, donde habíamos acordado enviarnos mensajes ya que le había dicho que no tenía teléfono. Aunque me ofrecí a comprar uno, lo rechacé ya que no podía tener un teléfono en donde me encontraba y además detestaba la tecnología.
Para mi sorpresa, aquella chica de cabello rubio a la que había olvidado el nombre volvió a aparecer.
—Tú eres Sandía, ¿verdad? —pregunté.
—Sandy —me corrigió, acercándose a mí. Para mi sorpresa, tenía una navaja en su mano derecha, lo cual no pude evitar encontrar divertido.
—¿Me vas a atacar? —pregunté, y ella asintió.
—Desfiguraré ese rostro por quitarme a mi chico.
—¿Acaso te gusta ese chico? —pregunté, ya que nunca había sido capaz de decirlo.
—No hacía falta decírmelo, pensé que éramos novios —comentó ella.
—Hay que decir las cosas, sino alguien como yo te lo roba —dije encogiéndome de hombros.
Parecía que la chica no se daba por vencida. Se acercó lo suficiente a mí, me apuntó con su navaja en el cuello y dijo:
—Sí, ríete. Veremos cuánto te dura esa sonrisa.
—Mucho, ya vete antes de que yo te pueda lastimar —comenté mientras sentía tristeza por no poder ver a mi chico ese día.
—Estás triste porque no lo vas a ver, ¿verdad? —dijo ella.
—Sí, pues no lo voy a ver nunca más —comenté, resignada.
Clavó un poco la navaja en el lado derecho de mi estómago, lo que me tomó por sorpresa ya que no había esperado ese movimiento. Rápidamente, logré quitarle la navaja, doblando su brazo para hacerla soltar el arma.
—Maldita —exclamé, y tomé mi propia navaja apuntándola hacia su cuello.
—Vete, así no te hago daño —comenté. Pero ella, en un giro sorprendente, me dio un puñetazo en la nariz. De la sorpresa, la tomé del cuello y volví a apuntarla con la navaja.
—¡Vete! —exclamé, y finalmente ella accedió. Tomé su mano y clavé mi propia navaja nuevamente en su piel.
—Ahora tendré una prueba más que suficiente —exclamó ella con una sonrisa mientras se alejaba corriendo.
—¡Ayúdenme, ella me apuñaló! ¡Ella me apuñaló! —gritó, y sus amigos se acercaron a ella. No pude evitarlo y escapé corriendo.
Los días siguientes tuve que recuperarme de la herida. No me permitieron salir, y no solo por la herida, sino porque ahora tenía una denuncia en mi contra. Esto postergó momentáneamente la posibilidad de poder ir al taller. Me encontraba resignado en mi sitio, mirando las paredes grises y opacas a mi alrededor. La soledad se hacía presente, y aunque ya no me dolía la herida en el estómago, me dolía no poder ver a Adam. Mi anillo era lo único que me conectaba a él y ahora no había forma de comunicarme.
Estaba aburrida al día siguiente y jugaba con el anillo en mi dedo cuando lo saqué. En el interior, noté un número marcado. Me sorprendí, debía ser el número de teléfono de Adam. Corrí, pasando por las rejas y ignorando la larga fila en el teléfono público.
—¡Oye! —exclamaron, pero en cuanto vieron mi expresión, se quedaron en silencio.
Marqué el número y una voz confusa respondió del otro lado.
—¿Hola? —preguntó.
—Soy yo —dije, con la voz temblando.