—¡No puedo creer que me hayas llamado! ¿Cómo estás? —dijo Adam.
—Estoy bien —respondí.
—Lo estoy. Sandy también me apuñaló. Hizo que yo misma clavara…
—Te creo —interrumpió—. No me debes explicaciones. Pero ¿por qué no has venido aquí? Te extraño.
—Yo también —murmuré, expresar mis sentimientos resultaba difícil.
—Entonces ven. Podemos ir a caminar o a algún restaurante, más allá de la cafetería, si te aburre ir allí.
—No puedo, Ada. No puedo irme de aquí. He recibido una denuncia, aparte de Sandy, y no puedo.
—Pero ¿por qué? —preguntó confundido—. ¿Tus padres te han castigado o algo así?
—No puedo decir las razones.
—¿Me esperarás? —preguntó.
—Claro que sí. Pero por favor, llámame si puedes.
—Lo haré. Te quiero —murmuró.
No le dejé tiempo para responder antes de cortar la llamada. Suspiré mientras caminaba. Todos me esquivaban. Estaba prisionera de esta cárcel. Me habían dado libertad condicional de vez en cuando para ir al taller, pero luego tenía que volver. Básicamente, nací detrás de estos barrotes. No tenía un buen historial, por así decirlo.
Incluso aquí adentro, la gente me teme. Por algo me llaman la "Cortadora Profesional". Al ingresar a mi celda, donde estoy sola, suspiro. Me gustaría decirle quién soy en realidad, que no puedo salir cuando quiera porque soy una prisionera. Pero tengo miedo de su reacción. Las personas más puras que he conocido, como él, si supieran la verdad, probablemente no querrían tener nada más que ver conmigo. Y eso es algo que no podría soportar: que me juzguen, que me miren como si fuera un monstruo. Han hecho todo en esta sociedad para que me sienta así.
Me queda tan poco tiempo para ser libre, pero me he acostumbrado a estar aquí. Observo el cielo de la tarde a través de las rejas. Es hermoso. Me pongo a pintar un poco, sé que tengo algunas cosas en mi celda. Sin embargo, una voz me interrumpe.
—Te toca —comenta una mujer regordeta y de piel blanca, quien me avisa que es mi turno para pelear. Asiento, porque necesito dinero para mantenerme aquí. Además, las peleas son lo que más valor tiene en este lugar. Incluso los jefes de la cárcel las aprueban, porque generan dinero, y eso también me beneficia a mí. Soy una experta en combate, conozco muchas técnicas y también sé cómo manipular a la perfección. Soy como un arma letal.
Incluso trabajé para el FBI en el pasado, como asesina a sueldo. Aunque siempre he vuelto a la cárcel, nunca me han ofrecido ninguna opción para redimirme. Pero gracias a mi buena conducta, finalmente podré salir de aquí. He estado encarcelada desde que tengo memoria. Más de 12 años tras las rejas y, aun así, sigo teniendo la esperanza de un día ser libre.
Mi contrincante me mira cara a cara. Han traído a alguien de otra prisión y yo ya estoy acostumbrada a este tipo de enfrentamientos.
Mi contrincante me observa con seriedad y yo la estudio también, analizando su postura, altura y peso. Siento mi dedo vacío, ya que me he quitado el anillo que me regaló Adán. No quiero deformarlo con los golpes. En este momento, solo quiero asegurarme de que nos golpearemos lo suficiente. Pero sé que en estos días no podré verlo debido a los moretones. Tengo que curar mi rostro lo suficiente como para poder mirarlo. He aprendido a maquillarme para ocultar los moretones.
El árbitro nos ordena empezar y nos sumergimos en un duro combate. En cuanto termina, después de una hora, me siento exhausta. Clara, mi amiga, me ayuda a sentarme y me observa mientras cura mis heridas.
—Protesto —digo, y ella me mira.
—Ya queda poco —comenta con una sonrisa reconfortante.
—Faltan 6 meses —añado.
—¿Y le dirás a Adán? —pregunta.
—No —respondo. Mi única intención es ser libre, no involucrarlo.
—Pero se preguntará varias cosas —insiste.
—¿Y qué? —pregunto, frustrada.
—¿Qué tal si alguien más le dice? —propone.
—Mientras nadie se entere, estoy a salvo —murmuro.
—No hay problema, amiga —dice Clara.
—¿Qué es? —pregunto.
—Cómo suena peligroso y posesivo, imagínate que sepa que eres amiga de la asesina —explica.
—Pues si no me quiere, me da igual —comento, suspirando. El nombre de Isabella, que al principio parecía tan indiferente para mí, incluso lo había adoptado. Escucharlo de los labios de Adán me hace sentir feliz.
—Además, no le he dicho del todo, Isabella es mi segundo nombre —agrego, y Clara me mira sorprendida.
—No lo sabía —comenta.
—Tú no sabes todo de mí, a pesar de que eres mi amiga —le digo con una sonrisa divertida, y ella me observa.
—Solamente me preocupo por ti, lo sabes —afirma.
Suspiro, agradecida por tener a alguien en quien confiar, incluso en este lugar tan oscuro. La amistad de Clara es una de las pocas cosas que me han mantenido en pie durante todos estos años tras las rejas.
Clara ha sido parte de mi vida durante tantos años que podría jurar que es como una hermana para mí.
—Lo sé —comenta. Y luego propone: —Vamos al comedor a comer.
—Bueno —respondo, poniéndome de pie. Avanzamos entre la multitud de personas. Es un caos llegar al comedor debido a la cantidad de reclusas.
Finalmente nos sentamos y comienzo a comer de mi bandeja. Aunque extraño la comida normal, la comida de la cárcel no es precisamente exquisita, pero al menos nos alimenta. Dejo la bandeja a un lado cuando termino, y Clara me observa.
—Piensas en él, ¿verdad? —pregunta.
Asiento porque es la verdad. Es bastante difícil para mí aceptar mis sentimientos, pero frente a mi mejor amiga, ¿qué más puedo hacer? Y ahora, frente a Adam, también.
—¿No le ibas a llamar hoy? —pregunta.
Suspiro y respondo: —Mañana.
—Llámalo de nuevo. No creo que no le agrade saber de ti —propone Clara.
Suspiro nuevamente. Paso por el lado de los teléfonos públicos y me detengo. Tomo el tubo telefónico y acaricio con cuidado las teclas. Estoy un poco nerviosa por llamarlo. No sé si le molestará o no. Pongo el teléfono en modo privado, por si un día quiere llamarme y no sepa mi contacto. No puedo evitar sentirme ansiosa por escuchar su voz de nuevo.
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Decidí tomar una decisión y llamar a Adán. Tomé el tubo del teléfono público y comencé a marcar el número que había encontrado grabado en el interior de mi anillo. Mi corazón latía rápidamente mientras esperaba a que respondiera.
"¡Hola?" una voz respondió del otro lado, su tono era confuso y al mismo tiempo esperanzado.
"Soy yo," dije en voz baja, sintiendo un nudo en la garganta.
"¿Isabella?" su voz sonaba emocionada y sorprendida.
"Sí, soy yo," respondí, tratando de mantener la calma.
"¡Dios mío, has llamado! Pensé que nunca volvería a escucharte," exclamó con alegría.
"No podía dejar de pensar en ti, Adán. Aunque estoy en un lugar complicado, no podía ignorar lo que siento por ti," le confesé con sinceridad.
"Yo tampoco puedo dejar de pensar en ti. Ha sido difícil, pero he estado esperando este momento," dijo con emoción.
Ambos compartimos un momento de silencio, como si nuestras palabras se hubieran quedado cortas para expresar todo lo que sentíamos. Sabía que tenía que contarle la verdad sobre mi situación, pero también temía su reacción.
"Adán, hay algo que necesito decirte," comencé a decir con precaución.
"¿Qué pasa?" preguntó, su tono se volvió más serio.
"Estoy en un lugar complicado, en prisión. No soy exactamente la persona que has conocido," admití, sintiendo que las palabras salían con dificultad.
Hubo un breve momento de silencio al otro lado de la línea, y mi corazón latía con fuerza, anticipando su reacción.
"Isabella, no importa lo que hayas hecho en el pasado. No cambia lo que siento por ti. Quiero estar contigo, pase lo que pase," dijo con firmeza.
Sus palabras me llenaron de emoción y alivio. A pesar de mi situación, Adán seguía a mi lado, dispuesto a enfrentar cualquier obstáculo que nos separara.
"Gracias, Adán. Significa mucho para mí escuchar eso," le dije, sintiendo un nudo en la garganta.
"Voy a estar aquí para ti, Isabella. No importa lo que pase, te apoyaré," prometió.
Nuestro tiempo de llamada llegaba a su fin, pero el compromiso que sentía en sus palabras resonó en mí. Aunque estaba en prisión, tenía a alguien que me apoyaba y me entendía, y eso era más de lo que había imaginado.
Colgué el teléfono con una sonrisa en el rostro, sintiendo que finalmente tenía la fuerza para enfrentar los desafíos que vendrían.
Colgué el teléfono con una sonrisa en el rostro, sintiendo que finalmente tenía la fuerza para enfrentar los desafíos que vendrían.
Sin embargo, de repente, me desperté sobresaltada en mi celda. Mi respiración estaba agitada y mis manos temblaban. Me di cuenta de que había sido un sueño, una fantasía fugaz que me había brindado un respiro de mi realidad. La llamada a Adán nunca había ocurrido.
Con un suspiro, me recosté de nuevo en mi cama, mirando el techo de mi celda con ojos cansados. Aunque todo había sido un sueño, el sentimiento de esperanza y apoyo que había experimentado seguía latente en mi corazón. Tal vez un día, incluso en medio de mi situación difícil, encontraría algo parecido a la felicidad y el apoyo que había imaginado en mis sueños.
Las llamadas continuaron, pero a medida que pasaba el tiempo, la verdad seguía siendo un peso en mi conciencia. Si bien había encontrado consuelo en hablar con Adán y compartir momentos de alegría y complicidad a través del teléfono, no había encontrado el valor para decirle la verdadera situación en la que me encontraba.
Cada vez que hablábamos, sentía la urgencia de contarle la verdad, pero el miedo a su reacción me paralizaba. Temía que su imagen de mí cambiara, que me juzgara o que se alejara al enterarse de mi situación en prisión. Así que continué ocultando la verdad, tratando de mantener una fachada de normalidad en nuestras conversaciones.
Con el tiempo, nuestra relación se fortaleció a través de esas llamadas. Compartíamos nuestras experiencias, nuestras risas y nuestros pensamientos más profundos. Adán se había convertido en un apoyo constante en mi vida, una luz en medio de la oscuridad de la cárcel. Pero también sabía que la verdad no podía ocultarse para siempre.
Un día, mientras hablábamos de nuestros planes para el futuro y nuestras esperanzas, sentí un nudo en el estómago. Sabía que no podía seguir escondiéndole la verdad, que tenía que enfrentar las consecuencias de mis acciones y ser honesta con él. Era un riesgo que tenía que tomar, sin importar el resultado.
"Adán, hay algo que necesito decirte," comencé, mi voz temblando.
"¿Qué pasa, Isabella?" preguntó con preocupación en su voz.
No podía retrasarlo más. Tenía que decirle la verdad, sin importar cuán difícil fuera.
Para mi sorpresa, hubo un cambio en el encargado de las salidas. Fui contactada por una mujer muy amable. A diferencia del anterior encargado, noté que me miraba de una manera extraña, lo que me puso la piel de gallina. A pesar de mi inquietud, intenté concentrarme en el diálogo.
"Hola, señorita. Ahora que soy el reemplazo del señor Gerardo, quisiera informarle que a partir de mañana podrá retomar sus actividades sin restricciones", dijo con voz amable.
Quedé sorprendido por la noticia y apenas podía creerlo. Había estado un mes entero sin poder salir, y la idea de que esta mujer finalmente me permitiera ser libre me llenaba de sospechas.
"¿De verdad?" pregunté, todavía asimilando la información. "He estado un mes entero sin poder salir, y que esta mujer de repente me ofrezca libertad me resulta difícil de creer."
"Efectivamente, no hay ningún problema", murmuró, ignorándome mientras hojeaba algunas hojas en su escritorio.