El sobre cruje entre mis dedos sudorosos. Camino por el hospital con pasos firmes, pero por dentro me estoy cayendo a pedazos. El olor a desinfectante me golpea, mezclado con el murmullo de voces cansadas y el eco de pasos que se pierden en los pasillos.
Me acerco a la ventanilla de pagos. Coloco el cheque con cuidado, como si fuera lo más frágil que he sostenido en mi vida. La administradora lo toma sin mirarme demasiado.
—Con esto cubre la cuenta del señor Méndez —dice, indiferente, mientras estampa un sello en los papeles—. Pero debe saber que la recuperación no termina aquí. Terapias, controles, incapacidad. Todos esos gastos corren por usted.
Levanto la cabeza, incrédulo.
—¿De cuánto estamos hablando?
La mujer revisa su pantalla como si estuviera leyendo el pronóstico del clima.
—Aproximadamente veinte mil dólares más. Dependiendo de la evolución.
Siento un golpe en el pecho, seco, brutal. Apenas logré cubrir lo urgente y ya aparece otra deuda más grande, más pesada. El aire me falta. Apreté los dientes, recogí los recibos y salí sin decir palabra.
Camino hacia el estacionamiento como un hombre que acaba de recibir una sentencia.
Por la tarde, voy al otro hospital, el de Lucía.
La doctora me recibe con una sonrisa amable, pero su voz es un martillo disfrazado de terciopelo.
—Lo que trajo alcanza para iniciar el tratamiento. Eso es lo importante, empezar cuanto antes. Pero debe saber que el costo total ronda los cien mil dólares.
Cien mil.
El número me retumba en la cabeza. Nunca en mi vida he visto esa cantidad junta. Ni en mis mejores años de trabajo, ni en sueños.
A mi lado, Belén guarda silencio, pero no necesita hablar. Solo alza una ceja, apenas, y en ese gesto está todo: te lo dije.
Yo bajo la mirada. Me siento un inútil.
De regreso en el auto, mis manos se aferran al volante. Los nudillos blancos. Manejo en silencio, el aire acondicionado no basta para enfriar el nudo que tengo en el pecho.
Al final, lo digo.
—Voy a hacerlo un par de veces más. Solo hasta cubrir el tratamiento de Lucía… y las terapias del obrero. No más.
Belén gira apenas la cabeza. Sé que sonríe aunque no lo muestre del todo.
—Con dos o tres veces más, todo se soluciona.
La miro, incrédulo.
—¿De verdad estás feliz con esto?
Ella no vacila.
—Estoy feliz porque nos da esperanza. Alexander, no es por mí. Es por ellos. Por Lucía, por los niños. Y por ese obrero que depende de ti.
Me quedo callado. No sé si odiarla o agradecerle por poner las palabras que me desgarran.
En casa, esa noche, revisamos los cheques. Ella hace cálculos, organiza cuentas. Yo solo miro las cifras, sin reconocerlas. Belén me abraza, me besa. El primer gesto de cariño en meses.
Me quedo inmóvil, como si no supiera qué hacer. Luego, lentamente, correspondo. Y mientras la aprieto contra mí, lo único que siento es rabia y resignación.
Esa noche no duermo. Doy vueltas en la cama. El eco de su beso, de su sonrisa satisfecha, me taladra la mente. Y debajo de todo, el miedo: esto no acaba aquí.
Dos días después, salgo temprano de la obra y conduzco hacia el club.
El edificio me recibe con ese mismo aire de lujo que me asfixia. Cristales impecables, luces suaves, porteros de traje. Todo grita que no pertenezco aquí.
Subo las escaleras y entro en la oficina de la madame. Una mujer de unos sesenta, elegante, perfume intenso que impregna cada rincón. Sus manos cuidadas, las uñas perfectas, la mirada de alguien que manda y nunca obedece.
—Así que volviste —dice con una sonrisa satisfecha—. ¿Qué te trae de nuevo, Alexander?
Me cuesta sostenerle la mirada.
—Necesito… otro trabajo.
Ella entrelaza las manos sobre el escritorio.
—No eres el primero ni serás el último. Muchos de los hombres que trabajan conmigo lo hacen por necesidad, por sus familias. Es un camino difícil, pero pagas las cuentas.
Trago saliva.
—Quiero dejar algo claro. No voy a tener relaciones sexuales.
Ella ríe con suavidad, un sonido que me hiela la piel.
—La mayoría empieza diciendo eso. Nadie te obliga. Pero a veces las cosas… se dan. Si pasa, el pago es el doble.
Aprieto los puños.
—Evítame esas situaciones. Soy un hombre casado. Respeto a mi esposa.
La madame me observa con detenimiento, como si me desnudara con la mirada.
—Eso está muy bien, Alexander. Pero recuerda algo: fue tu esposa quien te trajo aquí.
Esa frase me atraviesa como un cuchillo. No respondo.
Al día siguiente vuelvo. El smoking está listo, el corte impecable, el perfume caro.
Esta vez no siento el mismo nerviosismo de la primera noche. Siento un cansancio profundo, un peso en el pecho, como si cada paso me hundiera más en un pantano.
La madame me recibe en la entrada.
—Hoy te toca con una mujer muy especial —dice, con una sonrisa irónica—. Mercedes de la Vega. Sesenta y cuatro años, viuda, rica. Le gusta presumir sus acompañantes. No la contradigas. Déjate llevar.
Trago saliva.
—No quiero problemas.
—No los tendrás… si sabes sonreír. —Me entrega una tarjeta con su nombre.
La mansión parece un palacio. Fachada blanca iluminada, jardines con estatuas, un portón tan grande que podría tragarse mi casa entera.
Mercedes me recibe en la puerta. Cabello plateado, perfectamente peinado, vestido rojo ceñido al cuerpo, joyas que brillan como fuego. Me mira de arriba abajo con descaro y sonríe satisfecha.
—Así que tú eres Alexander —dice, acariciándome el brazo—. Muy bien. Acompáñame.
Trago saliva y apenas sonrío.
Entramos al salón. Música de piano, copas tintineando, carcajadas suaves. Al menos cincuenta personas, todas ricas, todas seguras de sí mismas. Yo, en cambio, me siento como un objeto en exhibición.
Mercedes me toma del brazo y me presenta a sus amigas.
—Les presento a mi arquitecto personal. ¿Verdad que es una maravilla?
Las mujeres me rodean como aves de rapiña. Una me toca el hombro, otra me acomoda la corbata, otra comenta sobre mis manos. Ríen, murmuran, me examinan.
Yo mantengo la sonrisa, forzada, tragando incomodidad.
Mercedes, orgullosa, me exhibe como un trofeo.
En la mesa, mientras brindamos, siento su mano bajo el mantel. Me toca la pierna. Me tenso de inmediato.
—Relájate, cariño —susurra ella—. Nadie lo nota.
Finjo buscar la servilleta y me aparto. Pero la incomodidad me recorre como un veneno.
Más tarde, en el baile, se aferra a mi cintura. Su perfume intenso me envuelve, su mano baja con descaro, acariciando mi espalda.
—Eres tan joven —me dice al oído—. Hacía tiempo que no disfrutaba de algo así.
Sonrío con rigidez, buscando con la mirada una salida que no existe. Estoy atrapado. Tengo que aguantar.
La fiesta termina. Mercedes me lleva hasta su auto de lujo, un Bentley n***o que huele a cuero nuevo y poder. Antes de despedirse, me agarra del cuello y me besa. Un beso húmedo, violento, con lengua. Me paralizo.
Retrocedo de golpe, limpiándome la boca con la manga. Ella ríe, satisfecha.
—Diez mil dólares —dice, entregándome un sobre—. Y valió cada centavo.
Apenas consigo murmurar un “gracias”.
En casa, Belén me espera despierta. Cuando le muestro el cheque, sus ojos se iluminan como nunca.
—¡Diez mil! —grita, abrazándome—. ¿Ves que sí vale la pena?
Me aparto. El asco todavía me quema la boca.
—No entiendes lo que significa estar ahí. Lo que tengo que soportar.
Ella me acaricia el rostro, suave, casi dulce.
—Lo que entiendo es que ahora Lucía tiene futuro. Eso es lo único que importa.
No respondo. Me encierro en el baño. Me enjuago la boca tres veces, pero el sabor de ese beso sigue ahí, clavado en mi memoria.
Me miro en el espejo. Veo un hombre que ya no reconoce quien fue.
Por fuera, soy impecable. Por dentro, estoy roto.
Y lo peor de todo es que sé que no ha terminado.