Capítulo 7.

1004 Words
POV Alexander El dinero cambió la rutina en la casa de golpe. Belén apareció con blusas nuevas, uñas brillantes, perfumes dulces que nunca había usado. La mesa, antes con mantel manchado, ahora tenía flores frescas. Hasta las toallas del baño eran distintas: suaves, perfumadas, ajenas. Yo veía cada objeto como una piedra más en el muro que me separaba de lo que era. Belén sonreía con orgullo; yo solo sentía la náusea de haberlo comprado con mi piel, con mi silencio, con la mancha que ya llevaba dentro. —¿Ves cómo todo empieza a mejorar? —me dijo una tarde, mostrando la nueva licuadora como si fuera un trofeo. Asentí. No tenía fuerzas para discutir. En la cena, los niños comieron pollo rostizado. Nada de frijoles ni tortillas recalentadas. Samuel, con la boca llena, preguntó: —¿De dónde salió todo esto? Belén lo calló con una sonrisa forzada. Pero Mariana, con trece años y la lengua afilada, insistió: —Sí, papá… ¿de dónde salió tanto dinero? La pregunta cayó como un ladrillo. La inocencia en su voz me desgarró. Tragué saliva, incapaz de inventar una mentira convincente. —Trabajo extra —dije al fin, bajando la mirada. Samuel rió incrédulo. Mariana me sostuvo con esos ojos de niña que ya aprendía a desconfiar. Sentí que me desnudaba más que cualquier mujer del club. Esa misma noche, la madame volvió a llamarme. —Hay una cena privada. Te quieren a ti. No faltes. Me puse el traje, el perfume, el reloj brillante. Otra vez ese disfraz de hombre elegante que yo no era. Frente al espejo, descubrí algo que me inquietó más que el cansancio: me veía bien. Atractivo. Viril. Y lo sabía. Ese pensamiento me heló y me excitó al mismo tiempo. La camioneta negra me llevó hasta una terraza en las afueras de la ciudad. Luces tenues, copas de vino, un piano tocando en vivo. Y ellas: mujeres de cuarenta, cincuenta, sesenta, con vestidos ajustados, piel cuidada, miradas cargadas de deseo. Apenas entré, sentí cómo me devoraban con los ojos. Una de ellas, morena, labios rojos encendidos, me recorrió con descaro de pies a cabeza. Otra, rubia de sonrisa felina, murmuró a su amiga: —Éste es Alexander, ¿no? El nuevo. El arquitecto. No escuchaban lo que decía, escuchaban mi voz. No miraban mi rostro, miraban mis hombros, mis manos grandes, el bulto del pantalón. Yo era un objeto en exhibición. Y lo peor: sentí un cosquilleo en el estómago. Un poder extraño. Como si por primera vez en mi vida mi cuerpo valiera más que todo lo que había construido con sudor. Brenda Palmer apareció, impecable en un vestido n***o de seda. Su mirada se clavó en mí. Caminó hasta donde yo estaba y me tomó del brazo. —Alexander, acompáñame. La forma en que lo dijo no admitía dudas. No era una invitación, era una orden. Durante la cena, Brenda jugaba con sus palabras como si fueran caricias. —Dime, ¿siempre has tenido ese cuerpo? —Trabajo físico —respondí seco. Ella sonrió. —No mientas. Sabes que eres un hombre que impone. Las otras mujeres rieron, cómplices. Una me rozó el muslo bajo la mesa. Otra acercó la copa a mis labios, obligándome a beber de sus dedos. Mi corazón latía como un martillo. El Alexander de la obra, el que se partía la espalda con cemento, había desaparecido. Aquí era otro: el hombre deseado, el macho rodeado de hembras hambrientas. Me odié por sentirlo, pero también me encendí. Cuando terminó la cena, Brenda me llevó aparte, a un balcón. La ciudad brillaba como un océano de estrellas bajo nosotros. Ella se apoyó en la barandilla y me miró con calma. —Eres distinto, Alexander. No eres solo un acompañante. Tienes fuego dentro. La cercanía era insoportable. Su perfume me invadía, la seda de su vestido rozaba mi brazo. Entonces me soltó la frase que me atravesó como un cuchillo: —Dime que me deseas. La boca me ardía. Cerré los ojos un segundo. Pensé en Belén, en mis hijos, en la pregunta inocente de Mariana. Pero cuando abrí los ojos, vi los labios de Brenda tan cerca que no supe resistirme. —Te deseo —susurré. Ella me besó. Un beso húmedo, lento, cargado de poder. No era amor, era dominio. Yo debía apartarme… pero no lo hice. La sujeté por la cintura y correspondí con rabia. Mis manos recorrieron sus caderas, mis dedos se hundieron en su piel. Ella gimió contra mi boca, satisfecha, como si hubiera domado a una bestia. Alguien entró al balcón y ella se apartó con naturalidad, como si nada hubiera pasado. Yo, en cambio, estaba temblando. No por miedo, sino por deseo. Volví a casa de madrugada. Belén me esperaba despierta, con esa mezcla de ansiedad y codicia en los ojos. —¿Cómo fue? —preguntó. Saqué el sobre con el dinero y lo dejé sobre la mesa. —Ahí tienes. Ella lo abrió como quien destapa un regalo de Navidad. —¡Dios mío, Alexander! 20. 000 USD Esto es el inicio de algo grande. ¿No lo sientes? No respondí. Fui directo al baño, me enjuagué la boca como si pudiera borrar el beso de Brenda. Pero el sabor seguía ahí, luego me miré en el espejo. El hombre reflejado no era solo un obrero cansado. Tampoco era solo un padre derrotado. Era otra cosa: un hombre que empezaba a descubrir el poder de su deseo, el magnetismo de su cuerpo. Me odiaba por ello. Y al mismo tiempo, en lo más hondo, lo disfrutaba. La madrugada me encontró despierto, en el sillón. Pensaba en la sonrisa de Mariana, en su pregunta inocente. Y luego, como un látigo, regresaba la imagen de Brenda, sus labios en los míos, sus uñas en mi cuello. No podía escapar de ninguna de las dos cosas. Era un padre con vergüenza. Era un hombre deseado. Y cada vez me resultaba más difícil distinguir cuál de los dos me dominaba.
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