Capítulo I: El desalojo de Joey.

2241 Words
Me recibí de la escuela secundaria con honores, con sueños, esperanzas y metas, pero nada molesta más que no poder cumplir tus planes. Dejé todo para quedarme en una casita pequeñas con goteras en el techo, con la puerta sin seguro y con una madre drogadicta. Su drogadicción empezó cuando yo tenía cinco años, mi padre nos había abandonado y mi madre nunca pudo superar su ida. Intenté valerme por mi misma muchos años, porque no puedo darles la espalda a mis hermanos, principalmente mi hermana. Tiene once años y necesito que ella si pueda cumplir todos sus sueños y que nunca le falte nada. A la edad de veintidós años, lo único que queda para mí es trabajar. Y implorar que esto termine rápido. Es de noche me levanto para peinarme el cabello y cambiarme para ir a trabajar. Mamá esta dormida en el sillón, sudada y con el cabello enredado en una horrible coleta. Mi cabello es ondulado y suave. Mi pequeña, Zoe es pelinegra, Nathan el pequeño de un año y medio es pelirrojo igual que yo e igual que mamá. Mi madre se levanta corriendo para entrar al cuarto de baño y vomitar. Cierro la puerta del baño para que los niños no la vean. La abstinencia la sobrepasa, pero es solo cuestión de tiempo hasta que consiga más droga. —Zoe, voy a trabajar, cuida a Nate y a mamá—le pido. Ella me hace un gesto. —. De acuerdo, hermana. Cierro la puerta y meto mis manos dentro de mi abrigo grande y n***o. El clima en la cuidad a esta altura del año es fresco, a penas se puede salir de la casa, pero para mí mala suerte, tengo que trabajar. Camino hasta el portón de encuentro una pila de sobres. Agarro el de la renta. Me entra el pánico, el corazón se me sale del pecho cuando la palabra “desalojo” figura grande y roja en la parte inferior de la hoja. Con la mano echo un puño camino hasta la entrada de los Wisley, las personas que nos han alquilado la casa desde hace años. —. Joey, hola—me dice la señorita Dorothy, hija mayor de los Wisley, ella los cuida ahora que están viejos. Es alta, de cabello rubio y figura de reloj, es hermosa.—. Veo que ya viste el papel. —. ¿Nos van a desalojar?—le pregunto escondiendo mi dolor—. Hemos vivido en esa casa toda nuestra vida. —. Lo siento, Joey, pero no han podido pagar la renta hace cinco meses—me explica. —. Lo sé, estoy juntando, solo que la escuela de Zoe me ha…—la miro y sé que ella sabe todo lo que me he esforzado toda la vida, no hace falta que le explique nada. —. No quiero ser insensible, Joey, pero… —. ¿Insensible? ¿Enviar un sobre con la palabra desalojo en rojo gigante no es ser insensible? ¿Hace cuánto me conoce? ¿Es como si fuéramos familia? —. Sí, pero no lo somos, cariño. Y mis padres te aprecian, pero no puedes vivir aquí sin pagar. Se hunde de hombros.—. Además—dice intentando buscar las palabras justas—. Tu madre trae todo el tiempo gente indeseable y el vecindario ya considera que nuestra casa es una zona insegura, no quiero que sigan pensando mal de nosotros, es por eso también que te pido que, sin escándalos, te vayas. —. ¿Y si logrará conseguir el dinero, Dorothy? —. Lo siento, Joe, no quiero que vivan aquí más. Es esa la verdad. Te doy cincos días, si quieres, mientras tu madre esté sobria sino los echaré antes del plazo—dice con la voz seca sin inmutarse en un segundo en pensar en los niños. —. Pero, tengo a los niños… —. No es mi problema. Miro el reloj—. Ve, llegas tarde al café. Arrugo el papel y se lo tiro el suelo. Ella se hunde de hombros, me doy vuelta para salir de la entrada de la casa y escucho la puerta cerrarse. Entonces, me desmorono, ¿a dónde vamos a vivir ahora? Camino hasta el café mientras marco el número de mis tías. La tía Romma, tiene una casa hermosa cerca de la escuela de Zoe. —. Hola tía, soy Joey—le habló angustiada, ella se pone contenta de inmediato. —. Hola, cariño ¿cómo están? —. No muy bien, de hecho, pésimo, nos han pedido que desalojemos la casa…quería saber si…podríamos quedarnos un tiempo contigo—me animo a decir, esperando una respuesta positiva. —. Lo siento, Joey…no creo que Ricky le agrade la idea, lo siento cariño. —. ¿No vas a preguntarle si quiera?—inquiero dolida. —. No, Joey, ya sé cual será su respuesta. Cuelgo. Conteniendo mis ganas de mandar a la mierda marcó el número de mi tía Theo. —. ¿Qué le sucedió a tu madre ahora?—me responde del otro lado de la línea. La tía Theo, no ha sido muy buena con nosotros, pero en mi experiencia no es buena con nadie. Es una coraza fría, inquebrantable. —. Nada, tía…pero nos han desalojado y… —. ¿Tu madre sigue metiéndose mierdas? —. En este momento no. —. ¿Por voluntad propia o falta de dinero?—me quedo en silencio y toma eso como una respuesta.—. No puedo ayudarlos, Joey…no mientras ella siga siendo un maldito desastre. Me largo a llorar.—. pero, avísame donde se quedarán, los voy a visitar… —. ¿Eso en que ayudará?—le pregunto secándome las lágrimas—. Te estoy pidiendo ayuda, ahora. —. No puedo, Joey. —. ¿No puedes o no quieres?—le grito enojada con el corazón en la mano. —. Ambas. Lo siento. Cuelga. Me quedo parada en mitad de la nada con los ojos llenándose de lágrimas, y dejo salir un grito ahogado de mi garganta, que se funde con la bocina de un auto. Recuerdo estar parada en mitad de la calle y retrocedo para dejarlo pasar. Lo que me faltaba, no solo no puedo conseguirle un lugar donde dormir, sino que aparte casi muero y lo voy a dejar con gastos de funeral. Comienzo a patear un bote de basura con bronca mientras la rabia se apodera de mí. ¡Odio a mis tías! ¡Odio a mi madre por ser una maldita carga para todos! El auto que casi me atropella estaciona. Me seco las lágrimas y me preparo para salir a correr, no quiero que me secuestren a esta altura de mi vida. Comienzo a caminar con apuro, el hombre me chita, pero hago oído sordo. —. Oye, ¿estás bien?—me grita, pero camino más rápido—. Solo quiero saber si te ocurrió algo. Siento que me sigue y salgo a correr. —. ¡Aléjate pervertido!—le grito corriendo hasta que entro en el café. Pongo mi mano en las rodillas recuperando el aire. —. ¿Joey estás bien?—me pregunta mi jefe. Asiento.—. Llegas un poco tarde, ya sabes que eso será… —. Descontado—lo interrumpo y camino hacía atrás para cambiarme la ropa. Mi jefe me sigue atrás. Estoy apunto de quitarme la blusa cuando él entra. Siempre la misma situación tiene algo que decirme cuando me estoy por cambiar.—. ¿Sucede algo? —. No, yo solo quería saber si estás bien, entraste corriendo. —. Sí, estoy bien. —. Si necesitas algo, sabes que puedes decirme a mí—me dice sonriendo. Me da nauseas de solo ver sonrisa, pero le sonrío—. ¿Necesitas que te preste dinero? —. Yo…—me quedo esperando que me diga que es una broma—. ¿dinero? —. Sí, me dijiste que la escuela de tu hermana estaba pidiendo mucho dinero. —. Ah, si…yo puedo solucionarlo. —. ¿Estás segura que yo no puedo ayudar?—se acerca a mí. El corazón está por salir de mi pecho, cuando la puerta de la entrada del café hace un ruido indicando que un cliente entro. Él se da la vuelta y se dirige hacía afuera del vestuario. Dejo escapar el aire y termino de cambiarme. Después me paso a la parte de adelante y me mantengo detrás del mostrador, el auto que intento atropellarme esta estacionado enfrente, miro a los clientes y me pregunto si alguno será ese pervertido. Trago saliva, «quizás solo es un auto que se le parece» me intento calmar. Después de aproximadamente una hora, el auto sigue ahí y las personas del café también, pues se ha largado una tormenta horrible afuera. Me imagino que mi madre, por lo menos, no tendrá como salir de la casa hoy, entonces es probable que ella haga la cena, si se siente bien. Cuando no está con toda esa mierda encima, y la abstinencia la deja levantarse en una buena madre. La luz comienza a parpadear.—. Ve por velas y linternas atrás—le ordeno a Lucca, el otro chico que trabaja conmigo. De mi edad, nos llevamos sumamente bien, aunque él, solo trabajar parcialmente porque él si asiste a la Universidad. Me obedece. —. ¿Me darías la cuenta?—se acerca un chico apuesto al mostrador. Está vestido de traje y tiene el cabello rubio dorado bien peinado y una sonrisa intimidante, y su voz me es familiar. Me fijo el número de su mesa, y busco el recibo. Solo se tomó un café, un café estuvo tomando durante una hora. Le entrego la cuenta y él el efectivo. —. Disculpe—le digo—. ¿Usted ha venido por aquí antes? —. No—me responde. —. Con razón la lluvia—digo al parecer en voz alta, y le sonrío arrepentida—. Gracias—le digo abriendo la caja registradora para guardar el dinero. —. ¿Dice que hice llover?—me pregunta. —. No, es una pequeña broma, es que aquí casi siempre vienen las mismas personas, es raro alguien tan…elegante—me muerdo la boca arrepentida de seguir hablando—. Venga por aquí. —. Supongo que es el destino. Me río leve—. No creo es el destino, creo que cada quien elige y los que no podemos elegir pagamos los platos rotos de quien sí. —. Traje las velas y las linternas—me dice Lucca y las pone arriba del mostrador, y entonces las luces se cortan—. A tiempo. Agarro una linterna y alumbro para lograr poner velas, en las esquinas del café y prender aquellas que tiene cada mesa. Él hombre del mostrador se queda mirándome moverme de una mesa a otra prendiendo las velas de las mesas. Finalmente, el café se ilumina y vuelvo detrás del mostrador. Prendo la vela del mostrador y me quedo ahí sentada. —. ¡Se cae el cielo! ¡Está horrible!—comento sintiéndome algo invadida porque el sujeto sigue ahí. Él asiente—. ¿En que vino?—le pregunto no intrigada sino perturbada, quiero que hable sino se siente muy incómodo. —. En mi auto—apunta hacía afuera y se ve el auto estacionado enfrente. Me quedo pálida en seguida, no digo nada. Con razón podía reconocer su voz, si me siguió hoy camino al trabajo.—. ¿Estás bien? Parece como si hubieras visto un fantasma. —. Sí, estoy bien…¿busca algo?—le pregunto preocupada—. Es que…¿Qué quiere? ¿por qué me siguió?—hablo más bajo para que nadie escuche. Él se ríe—. Solo quería saber si estaba bien, no parecía bien cuando se lanzo a la calle y después grito, pateo el tacho de basura y después me grito pervertido. —. En mi defensa no me lance a la calle, solo fue un momento de demencia. Eso hace que vuelva a reírse—. Quería aclarar que no soy un pervertido y que cuando baje del auto en serio quería saber si estaba bien, si le había ocurrido algo. Cubro mi cara con la mano y froto mis ojos con los dedos—. Estaba mal, si tiene razón. —. ¿Es algo que se pueda solucionar rápido? —. No, al menos que fuera millonaria—me río—. Pero, como ve no lo soy y sabe que… ¡Estoy harta!—exclamo—. Es frustrante venir a trabajar a la noche a un café, a la mañana en una casa de familia y que aun así no te alcance el dinero para pagarle a la hija creída de unos ancianos el alquiler. Y ninguna de tus tías quieran recibirte en su casa porque tu madre es una maldita alcohólica—me desahogo con aquel desconocido como nunca antes lo hice con nadie. Él parpadea un par de veces impactado, pero luego su cara se inmuta—. ¿Necesitan donde quedarse?—dice indiferente a mi conmovedora historia de vida. Asiento—. Pueden quedarse conmigo.
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