Era un municipio con mucha gente como para toparse dos veces con la misma persona en menos de un día, pero la vida nos conduce por los caminos más insólitos.
El queso se deshacía en la boca de Lizeth, quién estaba fascinada con el sabor de la comida. Bebió un poco de agua.
A propósito — pronunció su compañera. ¿Recuerdas la cara de la tipa? Algún detalle sobresaliente que nos diga quién demonios era esa tipa.
— La verdad es que no. Era de noche y no identifiqué muy bien el rostro. Además, estaba super maquillada, ¿Acaso no la viste cuando estábamos rumbeando en la chiva?
La mesera de repuesto tenía el oído atento.
— El tipo parece que tampoco se acuerda de qué le pasó. Entonces yo veo como grave que puedan atraparla.
— Pfff… ese viejo no sabía ni donde estaba parado. También le digo, que esperaba, la quería violar.
— Yo sé Lizeth, pero — bajó un poco la voz. ¿Te has enterado de que es el tercero de esta semana?
— ¿Cómo?
— Sí, pero me contaron y me consta, el de ayer es el único que ha sobrevivido.
— ¿Qué? — preguntó exaltada.
— Sí, así como le cuento, los otros dos amanecieron como que envenenados o algo así.
— Pues lo que le digo, yo apenas vi a esa vieja de frente me quedé helada. No supe que decirle y la otra va y me saca un filo en medio de la nada. Si no llegas tú y las demás, no la estaría contando.
— Disculpen — interrumpió quien las atendía. ¿Están bien? ¿Desean algo de tomar?
— Está todo bien, muchas gracias.
Volvió la mesera oficial y quien la había reemplazado regresó a la cocina. Maldecía porque no seguiría escuchando.
Se sentía más tranquila, al parecer no había ni una sola prueba en su contra.
La doble vida que llevaba robando de noche y encerrada en una pizzería de día no combinaban, en absoluto. Siguió cocinando.
Afuera continuaba la conversación.
— Es muy raro que esté pasando esto, hace unos meses sonaría demasiado loco lo que está pasando aquí — dijo Lizeth, después tomó un sorbo de su botella con agua.
— ¿Será que a la vieja se le está pasando la mano con la droga?
— No creo, de pronto los demás opusieron resistencia al robo. Aunque… — bajó la voz dubitativa.
— ¿Qué fue?
— Si me dice que no tenían heridas de armas blancas, es raro. Porque a mí me quería matar con eso.
— Bueno, ya lo sabremos. Vaya más bien y pague que nos vamos — comentó mientras extendía su mano con un billete de diez mil pesos.
Lizeth caminó hasta la caja.
— ¡Buenas!
Al fondo de la cocina la ladrona escuchaba.
— ¡Buenas! ¿Cuánto sería?
Nadie respondía.
— ¿Sí buenas? — seguía gritando.
Entonces, la mujer castaña, suspendió sus funciones como cocinera. Se dirigió a la caja.
— Sí señorita serían diez mil pesitos, por favor si tiene en suelto se lo agradezco.
— Claro, mira.
Cuando las dos mujeres cruzaron sus manos en la entrega del dinero, por menos de un segundo, las miradas hablaron. Los ojos de Lizeth no pudieron disimular la sorpresa. Como en las caricaturas, cuando se cruzan y disparan rayos. Para ellas, esa pequeña interacción duró una eternidad.
— ¡Muchas gracias! Que vuelva pronto — musitó de manera calmada.
La otra chica se encaminó a la salida.
— ¿Qué pasó? ¿Qué es ese afán? — preguntó su amiga en medio de la confusión.
— Acompáñeme a mi casa ¡Pero ya Paula!
Adentro ya solo quedaban dos trabajadoras. Doña Teresa estaba extrañada porque esa chica nunca había abandonado el puesto sin razón aparente.
Las dos amigas se perdían entre la muchedumbre de la plaza central. Sin percatarse que habían agregado a su lista de problemas una acosadora.
La mujer estaba tras ellas y se guiaba fácil. Paula vestía un moño rojo que resaltaba en medio de tantas prendas descoloridas.
Cuando los investigadores privados, persiguen a su objetivo en vehículo, generalmente se hacen atrás con dos carros de diferencia, para no levantar sospecha. La ladrona lo había escuchado en alguna película quizás. Ahora, el dato de la distancia que debe mantener a pie, se le escapaba.
Doblaron hacia la izquierda, pasando por los mejores restaurantes de la sección. Su perseguidora se camuflaba leyendo el menú de un importante restaurante de pasta.
— ¡Bienvenida! Nuestro menú de hoy es un espagueti delicioso, fundido en queso, te hacen el espectáculo y todo de cómo se derrite.
— Gracias, solo estoy viendo por ahora.
Giró los ojos. Habían desaparecido de su vista. Corrió unos pasos hacia el cruce. Su cabeza fue hacia la derecha, pero no había nadie. A su izquierda, tampoco.
Observó de frente, ahí iba saltando la moña roja en el cabello de la otra chica.
La operación de espionaje se había tornado pesada. En la siguiente calle no había una sola alma. No podía dar papaya, si se enteraban de que las estaba siguiendo, gritarían enseguida.
«A estas dos, va a tocar es agarrarlas en la siguiente» pensó. De manera inmediata, corrió hacia la derecha, pensando en sacarles ventaja por la siguiente calle, así no se darían cuenta de su presencia y las podía esperar en un gran matorral que se encontraba antes de finalizar la calle.
Corrió, como nunca lo había hecho en la vida. ¡La habían descubierto! Y tenía que cuidar su fachada. No podía darse el lujo de caer en la cárcel.
Sus zapatillas eran cómodas, así que cuando apenas las otras chicas iban a mitad de calle, ella ya se había escondido tras las hojas.
— ¿Está segura de que era esa vieja?
— Hágame caso, corra mejor que tenemos que buscar a mi papá.
— Pero ¿No me había dicho que tenía el cabello corto como con un lamido de vaca algo así?
— Amiga, de verdad confía. Sus ojos la delataron. Yo no sé qué se hizo, pero es ella. Mona, pelirroja, castaña, la reconozco.
— Debimos haber ido entonces a la policía. Qué tal se haya dado cuenta y nos agarre por aquí desprevenidas.
La escena se interrumpió. Al frente de ellas un metal frío las amenazaba. Volvía a mostrarle la navaja que la noche anterior no pudo clavarle.
— Oigan par de malparidas. Están como muy habladoras ¿será que las tengo que callar a las malas?
— Entonces si era ella — Dijo Lizeth algo decepcionada de aceptar la realidad.
Su amiga solo pudo darse un fuerte golpe en la cara. Quizás para saber si en realidad seguía dormida y nunca había ido a esa pizzería.
— Las dos princesitas van a hacer exactamente lo que yo les diga. Van a seguir derecho y en la otra cuadra giran hacia la izquierda. Siguen por dos cuadras y luego bajan. Me obedecen o yo les voy clavando un balazo con el fierro que cargo en estos momentos.
Aunque era mentira, las dos no cuestionaron ni por un segundo las órdenes que habían recibido. Sus piernas temblaban, sus brazos también. Temían lo peor.
— Y si… — interrumpió el silencio la chica que una noche anterior había sido testigo de los hechos. ¿Hacemos de cuenta que nadie vio nada? Seguimos cada uno con su vida, usted sigue haciendo lo que le gusta y nosotros calladas. Si los policías llegan a mi casa, soy una tumba.
— Pero me convendría más que fuera una tumba de verdad. Así que van a seguir por donde les dije y no quiero que hagan ningún movimiento raro porque las quemo — ordenó.
Siguieron caminando. Cada paso hacía crujir el piso. La mujer amagaba con introducir su mano en su cartera, donde supuestamente tenía el arma. Giraron a la izquierda y quedaba el último tramo del camino.
Lizeth tenía ganas de orinarse del miedo. Ella toda su vida había sido una niña de bien. Algo presumida, pero nunca hería a nadie con sus palabras. No sabía que karma estaba pagando.
Faltaba una semana para dejar el país, quería conocer nuevos horizontes. Estaba emocionada por ir a México, a probar la gastronomía que tanto llevaba deseando. Era fan de los chilaquiles, las enchiladas, los tacos, flautas, pero nunca había probado una original preparada en la tierra del tequila. Sus sueños se hundían a cada paso.
Quería llorar. Quería correr cambiando direcciones rápidamente, por si tenía una pistola de verdad lograr esquivar las balas (un poco soñadora).
Su amiga estaba peor, pagando las consecuencias por una situación que no tenía que ver con ella. Tampoco quería dejar sola a su amiga, pero no tenía la culpa.
Giraron hacia abajo, llegando a la ubicación de la casa de la delincuente, quien se apresuró a sacar las llaves de su casa. Siempre intimidando con esa mirada muerta que arrastraba. Abrió la puerta y les indicó que pasaran. Dentro, con el cuchillo en alto, les indicó que se ubicaran al fondo del pasillo.
Al llegar, no las dejó ni hablar.
— ¡Mis amores! Como es que vamos a arreglar aquí — dijo.
El reflejo de la mujer se podía observar en la hoja del cuchillo.
— Respóndanme señoritas, que si no llegamos a un acuerdo rápido las tengo que volver abono para las maticas.
Una palabra más y Lizeth se desmayaba.
No había retroalimentación.
Ante la negativa de sus víctimas para cooperar, comenzó a asustarlas. Se acercó lentamente con la mano rozando el cuchillo. Agarraba con fuerza la cacha del arma. Posó la punta en el abdomen de Paula. Hundió un poco.
— ¡No! — gritó mientras sufría de manera inmensurable.
— Y usted que es la menos bienvenida acá. Si mira, le pasa por sapa.
— Yo… no tengo nada que ver con ustedes, lo que pasó ayer olvídenlo. Usted siga matando, siga robando, pero no nos haga nada, tenemos una vida por delante. Mi amiga se va a ir del país. Se va a estudiar y por aquí no vuelve. Si quiere convencemos al papá para que viajen mañana mismo si es necesario. ¡Le garantizo que nosotras no vamos a escupir una sola palabra!
— ¡Suficiente por hoy! — respondió alterada. Bla, bla, bla ¿A mi quién me garantiza que esa geta toda divertida que se cargan no se van a abrir apenas las deje salir? ¡No me crean tan pendeja!
— Es verdad, no tengo cómo comprobarte eso. Es más, lo más sensato es que no me tengas una pizca de confianza — dijo Lizeth. Pero tenemos mucho que perder. Tengo una familia que me está esperando en casa, sé que tú también tienes familia. Déjanos vivir, por favor.
El silencio incómodo abordó la sala.
— A mí hablarme de familia es como nombrarle maldad al diablo. Hace rato que perdí lo único que me importaba en el mundo. Unas vidas miserables como ustedes dos no me importan. Pero… vamos a hacer una cosa. Se quedarán aquí conmigo hasta mañana, que cuadre unas vueltas y me vaya de este pueblo. No les haré nada, solo no se lo busquen.
Las dos asintieron.
Sin apartar la mirada, duraron las tres acurrucadas durante una hora.
De repente, tres golpes se escucharon en la puerta.
«¡Mierda!» pensó la dueña de la casa.
Seguido, una llave empezó a sacudir el cerrojo y el corazón de la ladrona latía a pulsaciones exageradas.
Se abrió la puerta y entró un tipo con una gabardina café. En su mano, llevaba una pistola, con un silenciador conectado al cañón. En un movimiento que tomó apenas segundos, apuntó hacia la cabeza de Lizeth. Disparó. La mujer cayó estrepitosamente.
Giró en dirección a Paula y accionó el gatillo.
Las dos ya no formaban parte de este mundo.
— ¿Qué demonios? ¿Es usted malparido? — gritó la única mujer con vida en la casa. ¡Lo voy a matar!
— ¡Elisa! Cálmate de una vez.
Los ojos de la chica dejaron de fabricar lágrimas.
Cruzaron sus miradas.
— ¿Sebastián? — preguntó.