El enemigo de mi enemigo es mi amigo

1571 Words
Los dos cuerpos se pudrían lentamente. El tiempo de agonizar fue nulo. La bala atravesó de manera certera el cráneo de la mujer que soñaba con arribar en Ciudad de México. La pobre Paola solo estuvo en el momento equivocado con la persona equivocada. Un demonio llamado Elisa regaló el pase directo al limbo para ambas. Destino para el cuál no estaban preparadas ni por asomo. La vida por delante que tenían era magnífica. Una culminando la carrera de negocios internacionales, que le había dado la distinción por mérito propio para salir de Colombia. La otra, a la mitad de administración de empresas, pues su plan a futuro era heredar la organización farmacéutica que sus padres habían construido durante toda su vida. Ahora, lo único que acompañaba los cadáveres, era un chorro colosal de líquido vital, que se extendía por el piso mezclándose con la tierra y la mugre. Una noche que había sido destinada para celebrar, rumbear y tomar entre amigas, terminó siendo su despedida de este plano terrenal.     — ¿Cómo putas se le ocurre hacer eso? — dijo la mujer, con sus ojos hinchados, con arrepentimiento latente. Lo agarró del cuello intentando estrangularle el cuello, aunque poco a poco se fue desplomando. Quedó de rodillas ante el asesino.     — Ellas no merecían esto. Mi intención nunca fue matarlas. Tenía el cochino dinero para salir lo más pronto posible de aquí. Solo… ¡Solo tenía que esperar hasta mañana! El hombre ni siquiera le regalaba la mirada.     — ¡Animal! ¡Eso es lo que eres! Una maldita bestia, igual de estúpido a su hermano, haciendo daño a las personas que lo rodean.     — Entonces — respondió Sebastián. ¿Qué vayan y la delaten? Sabe muy bien que su rastro es algo muy apetecido. Ella secó las lágrimas con su brazo.     — Yo sé… pero ellas no tenían velas en este asunto. Si hablaban después yo ya estaría muy lejos. ¡Animal!     — Vine a ayudarla. Tres palabras que cambiaron por completo el sentido de la situación. Desde que se conocieron, ambos habían sido enemigos. Cuando la tragedia tomó lugar en aquel hotel de Cundinamarca, lo único que retumbaba en la cabeza de Sebastián, era que su cuñada se había cometido asesinato y suicidio, debido a que se enteró de los pasos en los que su esposo andaba.     — Sé que te amenacé de muerte ese día. Pero vengo a reivindicarme contigo. Al menos, quiero escuchar tu historia.     — ¿Mi historia? Por dónde empiezo — habló mientras se perdía en su mente. Mario y Elisa se conocieron en un concierto de Metallica, en el hipódromo de los Andes, entre los límites de Bogotá y el municipio de Chía. Corría el año 2016. Tenían amigos en común y el gusto por el trash metal los había unido. Ese día, ambos intercambiaron números en lo que era posiblemente el comienzo de una gran amistad. Una semana después, el esposo de Sofía invitaría a salir a su supuesta amiga. Se vieron en el Chorro de Quevedo. Un lugar ubicado cerca a la calle 12 en el centro de Bogotá. Es considerado el corazón histórico de la ciudad. Distintos artistas se presentan en el lugar. Músicos, cuenteros, bailarines, pintores, en resumidas cuentas, un lugar poseído por la magia. En esos momentos, una orquesta de salsa tocaba un tributo al aclamado grupo Niche, fundada por el maestro Jairo Varela. Aquel día conectaron definitivamente. Para ambos, bailar era uno de sus planes favoritos. Tras horas intensas de azotar baldosa, intentando armar coreografías profesionales (que no les salían tan mal), decidieron seguir la fiesta en un motel ubicado a pocas calles del lugar. Quizás eran las nuevas sensaciones que ella despertaba en su interior lo que lo hacía pecar esa noche. La mujer soltera, no tenía idea de que la persona con la que se encontraba esa noche tenía un anillo de compromiso. Sutilmente había escondido el accesorio en una pequeña caja fuerte en su armario, de la que su esposa no poseía conocimiento.  Pocos fueron los minutos que pasaron para que la habitación ardiera en llamas. Con un par de caricias, el hombre se fue soltando y paso a paso la desvistió. Los besos eran intensos. La mujer, llevada por el éxtasis del momento, mordió su cuello, lo cual avivó aún más la llama. Cuando menos lo pensaron, ambos estaban desnudos, acariciando su piel de manera delicada, como si nunca hubieran tenido sexo en su vida. Quizás para ella, todo curaba los estragos de su última relación, que había resultado un total fracaso. Su pareja era un tipo veinte años mayor. Con otras prioridades. Tapado en plata sí, pero con la presión constante de que quería ser padre, algo que ella a sus 17 años no concebía. Sus vidas no compartían un solo objetivo en común. Se separaron de mala manera. La echó a la calle y tuvo que vivir tres meses pidiendo limosna, rebuscando en la basura. Eso sí, nunca probó las drogas y eso que se las ofrecían casi a diario. Bazuco, éxtasis, marihuana, incluso heroína. Siempre rechazó cualquier tipo de oferta. En el poco tiempo que duró como habitante de calle, aprendió los modus operandi que manejaban algunos delincuentes. La persuasión para poder drogar a las personas con burundanga y quedarse con sus pertenencias fue una de ellas. Tomó nota, pero nunca lo ejecutó. Solo veía como sus compañeras que habitaban en la avenida de los comuneros, llevaban hombres, muchos vestidos de manera elegante, a su perdición. Volvió a conocer el amor. En alguien que le demostraba seguridad, madurez y ayuda incondicional. En una sola semana no… en un solo día ¿Se puede amar a alguien? Su respuesta era un rotundo y contundente sí. Siguieron frecuentando los mismos bares con el paso de los meses. Mario incluso le pidió ser su novia de manera oficial. Aunque, para ella era sospechoso que no le presentara a su familia.     — Es gente complicada — explicaba. No quieres conocer a mi madre, seguramente te juzgará por la forma en que caminas, te vistes y hasta respiras. Es mejor que te vayas integrando poco a poco. Pasó un año y nunca se integró. En el hogar de Mario, las sospechas aumentaban. Sofía era una buena mujer, pero no era tonta. La ropa de su marido olía exageradamente a perfume cada vez que llegaba de sus “noches de trabajo” como si quisiera tapar otra colonia. Además, ella sabía muy bien donde provocaba las marcas en el cuerpo de su esposo.     — ¿Le puedes pedir a tu jefe al menos un aumento? — preguntó la mujer.     — ¿Cómo?     — Digo, si vas a llegar tarde casi cuatro días a la semana, ya no tienes tiempo ni para tu hija.     — Ahí vas de nuevo. ¿Te hace falta algo en esta casa? ¿Le hace falta algo a la niña? ¡No! ¿Porqué? No hace falta ni que te lo diga.     — ¡Dilo!     — Porque me mato el lomo trabajando, día y noche. Llego a esta casa y lo único con lo que me recibe mi señora esposa es pura cantaleta. ¡Estoy harto!     — Yo también trabajo, aporto a esta casa y no tengo necesidad de acostarme con otra persona — se le escapó.     — ¿Cómo? — su cara cambió totalmente.     — ¡Así como lo oye! ¿O no escuchó? Muéstreme algo. Quítese los guantes. La prueba de fuego. En el dedo angular de la mano derecha debía estar la argolla de matrimonio intacta. Mario tragó saliva. Respiró hondo. Llevó su mano izquierda hasta el guante derecho y lo retiró. El anillo estaba ubicado perfectamente.     — ¿Se le ofrece algo más? — demandó indignado.     — Pe… perdón — agachó la cabeza. La vergüenza que Sofía sentía hizo que la discusión terminara esa noche. Por otro lado, Elisa buscaba sin cesar información de su novio en internet. No encontraba mucho, hasta que un perfil que coincidía con el apellido saltó en recomendados. “Sebastián Hernández” En su foto de perfil en f*******: se encontraban tres personas, seguramente amigos y por supuesto su hermano. Se puso en contacto con su “cuñado”. Desearía nunca haberlo hecho. Bastaron diez minutos para que, en su primer encuentro, Sebastián la tratara de lo peor. Fue la gota que derramó el vaso. Lo siguiente es historia. Sofía se enteró de todo, la dinámica del matrimonio cambió para mal y posteriormente murió junto a su hija.     — En ese momento — comentó ella. Sentí que el mundo perfecto que me habían pintado se derrumbaba como la muralla de Berlín. Ahora respiraba por obligación. Mis pasos pesaban más en cada caminar. Deseaba cavar una tumba y enterrar mi humanidad. No sabes cuantas noches soñé con el diablo. Cómo se me acercaba y me proponía firmar un contrato para abrazar las llamas del infierno. Pero siempre le decía lo mismo. Quiero el alma de ese miserable también. Aunque caí me levanté, una y mil veces. Y juré que destruiría la vida de Mario. ¡Y lo voy a cumplir!     — ¿No crees que ya has hecho mucho?     — Nunca es suficiente.     — Entonces, te voy a ayudar.     — A ese era el punto que quería llegar ¿Qué pasó entre tú y él para que hoy estés aquí conmigo?     — Te contaré. Pero tenemos que irnos. Estas dos ya huelen fatal.
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