Todo lo que se divisaba por el parabrisas delantero era una selva de cemento. Kilómetros extensos de vehículos, algunos con la mala costumbre de no bajar las luces cuando otro carro se asomaba por el otro carril.
Por momentos, Sebastián perdía la lucidez conduciendo. Se encontraba demasiado cansado y su cuerpo quería apagarse en cualquier momento.
Generalmente eso no pasa cuando el copiloto es buen conversador, mantiene entretenido a su acompañante previniendo algún accidente causado por el sueño. Pues bien, aproximadamente 3 horas de recorrido y ni una sola sílaba había sido pronunciada. Ni el radio se encontraba encendido.
Es natural que dos personas que se han llevado mal desde que se conocieron estuvieran tan incómodos. Pero a veces, un objetivo en común suele juntarnos con las personas más indeseables.
Elisa, que aún no se había ajustado el cinturón de seguridad, procedió a ubicarlo. Lo arrastró con su mano y conectó la hebilla de cierre.
Un chasquido del metal era el único sonido provocado a propósito.
El hombre quería dirigirle la palabra, pero no tenía idea de cómo empezar. Para romper el hielo hacía falta algo más.
Ese coche, era modelo KIA Rio, color azul oscuro. Avanzaba en la penumbra en dirección a la ciudad de Bogotá. Los neumáticos rugían cada vez que se pisaba a fondo el acelerador. En la noche, la entrada a la capital suele ser un sitio infernal. Los coches se acumulan formando un tráfico de espanto. Además, el hecho de que estuvieran realizando obras para ampliarla, retrasaba aún más todo. Para evitar ese trancón, muchos toman un retorno que existe antes del peaje Bogotá-Chía, por la carrera séptima. El tiempo de recorrido es mayor, pero se compensa con la espera de la vía principal.
El carro rodó por la curva y siguió su trayecto hasta el cruce que conducía hacia la séptima.
Por fin alguien tomó valentía para matar el silencio.
— Me puedes decir — habló ella. ¿Dónde piensas dejar los cuerpos acostados en el maletero? ¿Qué pasa si un policía nos detiene?
— Tranquila. Lo tengo todo controlado, no te desesperes por cosas insignificantes. Aún nos queda tiempo en la carretera.
— No me digas que coleccionas cadáveres o vendes órganos.
— Nada de eso, pronto solucionaré tus dudas. Además, a este punto ningún órgano debe tener utilidad.
— Ya que lo dices, aclárame la pregunta de una vez por todas. ¿Qué pasó entre tú y él para que hoy estés aquí conmigo?
El hombre tosió de manera drástica.
— Eso ya suena mal — dijo ella, mientras se reía. Recuerdo que tu hermano odiaba el cigarrillo. Al menos son diferentes en una cosa.
— No me compares con ese monstruo — aseguró él, con un ligero tono de voz amenazante. Ya sé que no te lo he contado, pero quiero que te prepares porque es una historia larga.
— Soy toda oídos — ladeó su cara para verlo mejor.
— Quizás tu consideras que Mario es un tipo de monstruo por lo que te hizo. Yo también tengo mis razones para creer que lo es y por algo aún mucho peor. Aclaro, tú no eres mejor que él.
La mujer se extrañó, pero no emitió ni una sola palabra.
— Tras lo que causaste, nuestro padre, mi hermano y yo quisimos ayudarlo. Estaba muy inestable mentalmente y se intentó suicidar de varias maneras. Primero, tomó un tarro de pastillas para dormir que consiguió por internet. Afortunadamente… no, desafortunadamente los médicos lograron salvarlo. Maldigo el momento en el que lo descubrí boca arriba, tirado en la bañera con espuma en su boca.
Hubo una pausa. El hombre sacó un cigarrillo de la guantera y lo posó entre sus labios. Finamente raspó con su dedo la rueda dentada del encendedor. Solo olía a gas. Nuevamente lo intentó y una mecha azul, que luego se mezcló con amarillo iluminó el interior del KIA.
— ¿Estás loco? Llevamos dos muertas y ¿tú quieres que nos detengan por fumar en un vehículo? — cuestionó la mujer, intentando detener la acción con sus manos.
— Calla — respondió, llevando el fuego a la punta del Marlboro.
Aspiró, contuvo en sus pulmones y expulsó una bocarada de humo.
— Como te decía — continuó. Después lo descubrimos intentando cortar sus venas con un cuchillo de mantequilla.
Una carcajada salió como volador sin palo.
— Lo sé ¡Fue patético! La tercera fue aún más lamentable. El tipo intentó inyectarse heroína. Una cantidad absurda, como para mantener contento a todo el Bronx de Bogotá cuando aún existía. Pero con su inteligencia tan limitada no fue capaz ni de encontrarse la vena. Aún peor, acudió a Darío para que le ayudara. Obviamente llamó a todos los que estábamos en la casa.
A lo lejos, un retén de policía se encontraba parqueado, deteniendo vehículos cuando pasaban por su lado.
Es muy común que los oficiales de tránsito prefieran parar a las motos porque son más fáciles de multar. A menudo los conductores transitan con licencia vencida e incluso sin ella. Aunque, en ese momento, dos automóviles estaban quietos por obra y gracia de la autoridad.
Al avanzar y tenerlos de frente, el hombre con el apellido Ramírez visible en el pecho, observó el vehículo azul.
Ambos apretaron donde el sol no llega.
Indicó con sus manos que podían continuar el viaje tranquilamente.
Respiraron. Ella oxígeno, él veneno.
— Mira que querer tomar esta vía — exclamó Elisa. Pero bueno, me estabas platicando del aficionado a los cuchillos sin filo.
— ¡Ah sí! Los siguientes meses transcurrieron con normalidad. Lo internamos algunos días en un centro psiquiátrico para que la depresión fuera más llevadera, pero para nosotros. Nos tenía enfermos. No paraba de escuchar ruidos en la noche, diciendo que habían llegado por su alma. Que la música había vuelto. No entendíamos nada.
— Alguna vez me dijo — interrumpió ella. Que ustedes no habían sido muy amables con él cuando era pequeño. Cuando narraba sus historias de terror, el epicentro de todo era un silbido. Tú crees que se refería a…
— ¿El silbón? Sí, pero por todos los cielos, es simplemente un mito que se cuenta en los llanos orientales. Una leyenda que existe para alejar a los ladrones de ganado y a los que vagan solos en la noche intentando asaltar propiedades. Eso nos decía mi padre.
— ¿Y tú le crees?
— Mejor creerle a él que a un loco.
Los párpados de luz que se asomaban en el camino, indicaban la bienvenida a la ciudad. Edificios de tamaño gigante buscando resaltar en la ciudad gris.
— Como decía — prosiguió Sebastián, agarrando el filtro del cigarrillo que era lo único que sobrevivía y arrojándolo por la ventana. Regresó a casa más calmado. Sin esos ataques de histeria que nos robaban el sueño, sin esas historias disparatadas. En el fondo lo entiendo, perder a un ser querido, en este caso dos, no es nada fácil de sobrellevar. Sentí que la locura ya no lo estaba consumiendo, que podía volver a reanudar su vida sin ningún problema. Papá solía encargarle trabajos en la finca como ordeñar vacas, arriar el ganado, montar los caballos, para mantenerlo distraído.
— Espera un momento. No es por matarte el recuerdo, pero ¿qué haremos con las chicas que coleccionan balas en su cráneo?
— Es fácil. Voy a ir a mi carnicería, las pico y luego muelo su carne. Tengo un amigo que la compra para su restaurante en la calera.
— No estarás hablando enserio.
— Es broma — musitó mientras sus dientes chuecos se mostraban.
Se acarició su barba, llena de canas prematuras y siguió con su relato.
— Aunque creo que las leyendas y los cuentos paranormales son mera invención, hay algo en lo que sí creo.
La mujer solo escuchaba atenta.
— Cuando un caballo va a pastar en la mañana, no pasa muy a menudo, pero suele regresar con unas trenzas hechas en su pelo.
— ¿Por qué pasa esto?
— Duendes — afirmó seriamente. Dicen que ellos disfrutan jugando con los animales y la forma más común es con su pelaje. Estas trenzas son muy difíciles de deshacer, pero se hace el intento. Se suele decir en la región que cuando ellos habitan en la zona, es porque están cuidando una guaca.
— ¿Qué es eso?
— En resumidas cuentas, un botín enterrado, puede ser con billete, puede ser con oro, pero lo que es seguro es que guarda muchas riquezas. Mi padre daba fe de ello, porque relataba como un indígena que aparecía esporádicamente, como por arte de magia, caminaba por la zona escondiéndola para que no cayera en manos equivocadas. Porque estas riquezas solo están destinadas para personas de buen corazón.
— ¿Por qué relatas todo esto?
— Bueno, en su desespero por tener algo en que pensar, Mario se obsesionó con una. Realizó búsquedas día y noche. Hasta compró uno de esos aparatos que detectan metales, pero fue un gasto innecesario. También tengo que decir, que tanto mi hermano como yo le ayudamos en su locura. Plantábamos pistas falsas, cosas que lo llevaran a pasear el terreno todo el día para que su mente estuviera trabajando.
El auto se encontraba atrapado en medio de la autopista norte, por la estación de prado. No alcanzaba a pisar el acelerador cuando ya tenía que frenar o se chocaba con el carro de en frente.
— Se me ocurrió la brillante idea de plantar una cubeta con algunos ahorros que teníamos guardados. Creía que, si la búsqueda era fructífera, él iba a dejar su obsesión de una vez por todas y se iba a reintegrar a la sociedad. Fallé. Cuando iba al pueblo solo, se emborrachaba y buscaba problemas con cualquiera. No importaba la edad, si le sacaban ventaja en estatura y músculos, él peleaba. Perdía, la mayoría de las veces.
— ¿Cuánto tiempo estuvo con ustedes?
— Unos meses, quizás ocho, quizás nueve, no lo recuerdo exactamente. Pero cuando encontró la guaca que habíamos plantado, algo se alteró nuevamente en su mente y corazón. Vivía con temor constante. Abrazaba los fajos de billetes y decía que el silbón había vuelto. El viejo trataba de explicarle, que todo estaba en su imaginación, pero a Mario no parecía importarle.
La fila de tráfico avanzaba ya con normalidad absoluta.
— Se despertaba a las dos de la mañana, irrumpía en nuestros cuartos gritando: ¡Llegó! ¡Llegó! ¡Y esta vez sí es enserio!.
— Vaya… menudo cuento me estás contando, pero aún no lo comprendo del todo.
— Lo sé, no he llegado a esa parte aún. Pero como decía, nos colmó la paciencia nuevamente. Creo que todos queríamos arrancarle la cabeza para que se callara de una vez. Una noche escuchamos un ruido extraño. Una tonada musical que provenía de su habitación. Sonaba algo así: ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu!¡Fiu fiu fiu!¡Fiu fiu!
— ¿Se acercaron para ver que era?
— Claro y lo único que nos topamos fue a nuestro hermano en cuclillas, silbando, con la mirada perdida en dirección a la basta llanura que se extendía en su ventana. Perdí de vista al viejo por un momento y cuando apareció, estaba armado. Su escopeta vieja, que usaba únicamente para cazar animales reposaba en sus brazos. Seguido le apuntó. Por la mira del arma se podía ver su alma, perdida entre un millón de dudas. Enserio lo pensó… pensó en matarlo.
— ¡No lo puedo creer! — exclamó la chica sorprendida, sin apartarle la vista en ningún momento. ¿Qué paso por tu mente en ese momento?
— ¿Qué no puedes creer? Ya has matado a sangre fría, no eres ninguna virgen entre los pecadores. Pero tienes razón, es una locura. Lógicamente creí que mi padre también había perdido la razón. Pero, tras unos segundos de reflexión, la apartó y la dejó tirada. Puso de pie a su hijo y se fundieron en un abrazo fraternal. Fue tan puro, tan sincero. La lástima de ver a uno de tus herederos en tan mal estado.
Un claxon emitió un ruido violento. Sebastián sacó su cabeza por la ventana y soltó algunos improperios. El otro conductor respondió con la misma moneda. Regresó al auto.
— Papá se retiró, dio la espalda. Cuando menos lo esperamos, Mario dio un paso al frente. Se agachó, recogió el arma y le disparó sin contemplación — su voz se desgarró, las palabras se atoraban en una tormenta de tristeza absoluta.
— Acaso…
— Sí, es por eso por lo que voy a ir tras ese animal. Sin que nos diéramos cuenta, en el ataúd de Sofía entraron muchas personas.
Los siguientes veinte minutos del trayecto imitaron el viaje desde Villa de Leyva a la entrada de la capital colombiana. Ni un ruido, ni un cruce de palabras, ni una sola alma en paz dentro de ese KIA azul.
Arribaron a una pequeña carnicería, y el coche se detuvo. El hombre bajó e inspeccionó el área, verificando que nadie se encontrara en la zona. Bajaron las bolsas con los cuerpos inertes y entraron.
Allí dentro, un festín de sangre los acompañó en todo momento mientras Sebastián se deshacía completamente de las chicas.
— ¿Qué hizo Mario después? — preguntó la mujer intrigada.
— Lo desterré, volvió a Bogotá a intentar rehacer su vida. Y sólo por el amor que mi difunto padre le tenía, no lo delatamos. Pero creo que es hora de enjuiciarlo.
— ¿Cómo seguiste con tu vida después de eso?
— Enterré a mi padre en el cementerio central de Restrepo… a Darío, mi hermano no lo pude enterrar… porque no encontré nunca su cuerpo, maldita asesina.