La bandera colombiana tiene tres colores: amarillo, azul y rojo. Desde pequeños, a los niños se les indica el significado de cada uno. El amarillo simboliza las riquezas encontradas en el suelo. El azul es por el mar, debido a que por su ubicación geográfica cuenta con el acceso a dos océanos: el Pacífico y el Atlántico. El rojo, último, pero no menos importante, representa la sangre, la que da vida, que alimenta todo el sistema circulatorio humano y nos hace experimentar la fuerza, el progreso y el amor. Ese rojo se quiere tomar toda la bandera, pero de mala manera. A través de la historia, el derramamiento de sangre ha sido brutal.
Data de los años de la conquista, cuando los españoles colonizaron y robaron las riquezas sin importar a quien mataban.
Los hechos más recientes, inician en el siglo pasado en el periodo de la violencia. Donde los miembros de conservadores y liberales, los partidos políticos más importantes en Colombia protagonizaron más de cincuenta guerras civiles. Si el vecino era godo (conservador) lo mataban los liberales, que portaban el rojo como su insignia. Si el carnicero era liberal, lo mataban los de azul.
Tras el asesinato del candidato a la presidencia liberal, Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril del año 1948, en el hecho conocido como el Bogotazo, disparó una ola de violencia que extendió ramas desde la capital, hasta el último rincón nacional.
Durante el fracasado frente nacional, un pacto al que habían llegado ambos partidos de alternarse los periodos presidenciales, grupos campesinos se alzaron en armas, creando las guerrillas. Las fuerzas armadas revolucionarias de Colombia (FARC), inician combates contra el ejército. A ellos, se sumarían el ELN, EPL por decir algunos nombres.
El negocio del narcotráfico creció desmesuradamente, provocando nuevas olas de violencia.
A su vez, los paramilitares en plena guerra con las guerrillas, desterraban, asesinaban y mutilaban campesinos para apoderarse de sus tierras.
Los guerrilleros del M-19 firmaron un acuerdo de paz con el gobierno para su desmovilización y participación política. Algunos de ellos crean la unión patriótica (UP) un movimiento político que sería exterminado, siendo víctimas más de 4000 militantes, ejecutados por paramilitares, narcotraficantes y miembros de las fuerzas de seguridad del estado.
El dinero que genera la exportación de cocaína a Norteamérica es exagerado y el poder del cartel de Medellín llega hasta el congreso de la república con Pablo Escobar, el mayor terrorista que ha parido la tierra del café. Carrobombas eran ubicados en ciudades como Medellín, Bogotá y Cali, sembrando terror entre los civiles, todo con el fin de acabar con la extradición. Hasta fueron capaces de explotar un avión en pleno movimiento.
Escobar cayó y el cartel de Cali también. Pero las personas que traficaban bajo la sombra de los hermanos Rodríguez Orejuela, Pacho Herrera y José Santacruz Londoño, continuaron la cadena. Así, el cartel del norte del valle creó una ola de violencia descomunal en la zona del Pacífico y el Valle del Cauca. Cuando atraparon o asesinaron a algunos capos, otros heredaron el imperio y se crearon las bandas criminales.
Paramilitares, guerrilla, narcotraficantes con ejércitos personales y la institucionalidad corrompida. Muchas guerras al mismo tiempo.
El problema en épocas pasadas, era que no se había desarrollado la tecnología necesaria. Los equipos de rastreo telefónico solo existían en Estados Unidos y era un problema completo traerlos al país cafetero.
Pero, gracias al avance en posteriores años, cayeron tantos capos de la droga. Posteriormente se bombardearon campamentos guerrilleros, y sin que nadie se diera cuenta, con una sola llamada cualquier persona podía ser interceptada.
Los datos y la información en la sociedad actual, dan pie para realizar operativos efectivos. Los algoritmos están lo suficientemente desarrollados como para que un click, una llamada o un mensaje revele el paradero de cualquier persona. Estamos globalmente conectados.
El contexto histórico dado no es casualidad. En muchas familias colombianas también se derrama sangre de inocentes. Esa sangre que se ondea en la bandera nacional. Sofía y Lucía sangraron. El padre de Mario también lo hizo, al igual que Darío. Hasta Valentina, una simple recepcionista que solo luchaba por sacar a su hijo adelante o las chicas de Villa de Leyva, que solo aspiraban a terminar su carrera profesional para escalar y algún día conocer el mundo. Todos formaban parte de la historia patria. Para bien o para mal, el color rojo se extiende en cada metro colombiano.
Aunque, en Colombia han encerrado a personas por robar algo para comer por más tiempo que a un delincuente verdadero. Así se sentían Mario y Arturo, perseguidos por un asesinato que no cometieron. Había pasado un mes desde el homicidio de Valentina. Se encontraban en el fondo de un camión de basura. El paisaje pintaba mal. Al lado del doctor se podía observar una cáscara de banano podrida. Su compañero no contó con tanta suerte. El condón usado que le rozaba la nariz le estaba provocando náuseas.
— Ya viste lo que pasó la semana pasada — comentó el hombre de dos metros. ¿Cómo se te ocurre volver a utilizar internet con ese cochino celular?
— ¡Ya le dije que perdón! Tenía urgencia de buscar algo.
— ¿Algo? ¡Usted no puede ser más bruto! le dije que quemara esa mierda. Le dije que un solo movimiento en falso con ese aparato y nos iban a encontrar.
En realidad, no era nada con urgencia, o quizás para él si. La única frase que adornaba el historial de búsqueda de Google de su cuenta era "¿Cómo se si mi celular está chuzado?
La inteligencia le fallaba en ciertas situaciones.
Habían pasado por dos escondites desde que salieron de Cajicá. En el primero, una llamada de Arturo a un compañero de trabajo en el hospital había sido rastreada. Por suerte lograron persuadir a la ley ocultándose en una alcantarilla que se encontraba tras una pared de yeso.
Duraron días sin comer ni poder dormir.
Cuando el peligro pasó, se dirigieron al municipio de Zipaquirá. Bueno, activar el Wi-Fi había sido una muy mala idea. Las autoridades fueron notificadas y no tuvieron más remedio que lanzarse a un camión de basura en movimiento.
Al llegar a la ciudad de Bogotá, se bajaron cerca de la localidad de Usme. Con su pinta de indigentes y su olor a mortecino, subieron a un taxi y se dirigieron al barrio Santafé. Arribaron a una casa de mala muerte, propiedad de Arturo. Y ahí estaban. El médico, hundiendo en un balde de agua los dos celulares que poseían.
Con los dispositivos móviles flotando, los hombres respiraban tranquilamente.
Las telarañas se mezclaban entre la mugre que desprendían las paredes del lugar.
La humedad carcomía toda evidencia de que ese edificio alguna vez lució presentable.
La llave del lavaplatos, arrojaba agua color marrón. Era más barro que líquido.
Los muebles se encontraban manchados. Algunos con sangre seca, otros con excremento.
En las esquinas se observaban jeringas amontonadas, con la aguja rota y algo de droga reposando.
— Heroína, seguramente — dijo Arturo.
— Lo que aun no entiendo, es que nos sigan buscando.
— Es lógico Mario. Si aparece una mujer muerta, y el último número telefónico que marcó fue el mío, varios vecinos aseguran haberme visto en el barrio y luego te recojo en el bar, es lógico que no tengan otro sospechoso.
— ¡Pero está claro quién es! Tenemos la evidencia en contra de mi hermano. Podemos buscar a las autoridades y declarar.
— ¡Ni lo sueñes! — gritó, firme. No eres un niño y sabes cómo funciona la justicia en este país. Si nos atrapan nos meten presos, así no hayamos hecho nada o ¿No se acuerda cuando mataron a Galán? Atraparon un montón de chivos expiatorios y el verdadero asesino paseando.
— En eso tienes razón — comentó Mario. Si vamos a seguir en esta búsqueda, es importante salir de esta ciudad. Pero no me voy a quedar con brazos cruzados mientras Sebastián mueve cielo y tierra para encontrarnos. Lo que no entiendo es… si me está buscando ¿Por qué no aprovechó en Cajicá?
— Es una amenaza. La mató para demostrarte que vigila tus pasos. Juega con tu mente y de paso con la mía. Nos está ganando la batalla.
— Pero… la guerra no — dijo alzando la mirada, con una ilusión profunda en su rostro.
— ¿Qué quieres decir?
— Podemos arriesgarnos buscando a alguien, pero todo depende de lo suelta que sea la boca de mi hermano.
— Te repito ¿Qué quieres decir?
— Hay una chica. Vive en Choachí. Fue la pareja del hombre en sus años mozos. Sé que siguen frecuentándose. Si ya le habló de lo que pasó entre nosotros, lo más probable es que cuando nos asomemos, ya tengamos diez patrullas rodeándonos. Sino… podemos aprovecharnos para atraparlo.
— En el hospital me deben estar extrañando — comentó de manera sarcástica, pasando por alto lo que su compañero platicaba. Untado el dedo, untada la mano. Hemos cometido errores y este puede ser uno más de ellos. Pero si sale bien, lo tenemos. Pero… dime una cosa ¿En serio crees que tu hermano fue el asesino de las dos?
— No. Eso está descartado para mí. Pero sé que está ayudando a quien lo hizo. No puede ser casualidad que la única testigo clave haya sido exterminada.
Las nubes grises competían en una carrera. Por momentos, relámpagos destellaban su luz en el cielo. Pronto, una lluvia ligera empapó la ciudad o al menos su zona central.
Con el paso de los minutos, las gotas de agua golpeaban muy fuerte los tejados. Ya no era líquido, era granizo.
Cada fragmento congelado, debilitaba el techo del escondite.
— Creo que lo mejor es aprovechar esto, mucha gente se habrá refugiado en esta granizada — planteó el rubio. Usted me dirá el camino y arrancamos.
En el parqueadero de la casa, se encontraba un Renault 4. El nuevo vehículo había sido pintado con un gris metálico. La placa ahora indicaba la secuencia DRO-716.
Ambos ingresaron, tomando rumbo hacia la circunvalar.
El destino era el municipio de Choachí, al menos una hora y media conduciendo.
— Oye te noto más tranquilo — habló Santafé entre dientes, nuevamente con el vicio en la boca. ¿No has vuelto a tener pesadillas? O ya sabes ¿a escucharlo?
— No por ahora. Está calmado, pero no tardará en volver.
— ¿Nos sigue? O se cansó de acecharnos en esos lugares asquerosos donde hemos estado.
— No lo sé. El silbón no es el único de mis problemas, pero si el más constante.
— No quiero que te ofendas con lo que te voy a preguntar, pero… ¿Existe alguna posibilidad de que le hayas dado vida a ese ser?
La ausencia de ruido tomó el protagonismo en el ambiente.
De pronto, Mario inhaló profundamente.
— Todos los que osan cuestionarme — dijo, exhalando el aire. Nunca han escuchado esas melodías. Parece reproducida desde la flauta del mismísimo infierno. Pero si tanto quiere saber, le daré ese premio.
Arturo miraba de reojo, confuso, aunque curioso.
— Si usted cree, que todos los cuentos o como llaman leyendas son mentiras, está grave. Muchos pueden decir que la candileja, el Sombrerón, la pata sola y demás cuentos solo son invenciones para cautivar crédulos. Pero… ¿Le muestro algo?
El hombre empezó a desabotonarse la camisa. Botón por botón su compañero se intrigaba aún más.
Cuando destapó su torso desnudo, debajo del pectoral derecho, tres garras se encontraban marcadas, al rojo vivo, como si hubiera estado luchando en un ring con un puma.
— Y eso que se supone que indica — comentó confundido, mirando de arriba abajo cada cicatriz.
— Son sus marcas. Cada línea representa un deseo que ya me ha cumplido.
— Ahora sí lo he visto todo en esta vida. ¿Cómo que deseos?
— Es el premio.
— ¿El premio por qué?
— Por venderle mi alma. Ahora quiere reclamarla — finalizó.